El entusiasmo contra todo pronóstico

La democracia es una conquista que no se sostiene por sí misma.

Como todo lo que no se riega o se cuida con suficiente esmero, se marchita, se desgasta, pierde su brillo y decae. En España, sobre todo a raíz de la crisis financiera que aún sufrimos, existe una conciencia generalizada de que algo no funciona, de que la política es más un problema que una solución. La sensación prevalente es que hemos recibido una herencia valiosa que no estamos sabiendo administrar. También hay una conciencia bastante generalizada de que el poder político carece de autoridad moral para cambiar el rumbo – y por tanto su voluntad es endeble y su proceder indolente – y que las alternativas que se presentan son una aventura poco consistente e incierta. Si no, no se explica que PP y PSOE sigan siendo las dos fuerzas más votadas después de lo que ha llovido.

Pero el tiempo sigue transcurriendo sin un viraje firme, sin una alternativa rotunda que muestre un camino claro y despejado para salir de este atolladero turbio en el que vivimos.

El problema – y la oportunidad – de base es que hemos perdido la esperanza de tener una vida, una sociedad feliz, extraordinaria, guiada por los valores más elevados, por la solidaridad, en la que cada detalle esté permeado por las mejores intenciones y todo brille. Las más altas metas son absolutamente necesarias para que el transcurrir de nuestro día a día merezca la pena, para que podamos educar a nuestros hijos con la satisfacción de que les estamos facilitando la mejor de las vidas posibles. Esto no es una utopía, esto no es una quimera. Esto es lo único que se debe mantener en el horizonte como objetivo real, como aspiración legítima, como derecho de nacimiento. Si nos derriban una y mil veces en este cometido, una y mil veces debemos levantarnos y seguir, porque invariablemente, todos los grandes logros de la humanidad se han cimentado en una tarea inicial, en una lucha original imposible a todas luces. Esta soledad pionera, este entusiasmo contra todo pronóstico, es lo que hace saltar nuestras lágrimas emocionadas en el cine, en un libro, en el arte. Por Dios bendito, esto es lo más grande que da la vida: el entusiasmo contra todo pronóstico.

castillo en el aire

Es por ello que hay que tener valor para descartar todos los espejismos, para no conformarnos en la tibieza, en la mediocridad, en el infierno de la falta de amor y respeto. Es por ello que hay que denunciar lo falso, la mentira interesada, a los profetas impostados, esta política barata que nos inunda de mensajes infectos, en la que la sinceridad, la honestidad, la nobleza, no tienen lugar.

¿Hemos tenido alguna vez en la historia de nuestra civilización una sociedad ideal? No lo parece. No tenemos constancia de ello, crónicas que revelen algo así. ¿Quiere decir esto que no es posible? En ningún caso. Decir que algo es imposible es un acto de envidia proyectada.

El espíritu del Quijote sigue vivo entre nosotros. Sigamos construyendo castillos en el aire; llegará un día en que lleguen al suelo y se disuelva la pesadilla.

 

jaime trabuchelli

 

jaime trabuchelli

 

Victoria

Jugamos a controlar el mundo, nuestro mundo, fracasando una y otra vez, porque no hacemos uso de la paciencia necesaria para observarlo.

Observamos a otros, los acontecimientos, las cosas, pero nos da terror observarnos a nosotros mismos. Nos da terror comprobar que el personaje que hemos construido y llamado “yo”, es patéticamente efímero. En el horror vacui de la necesidad de identidad, en la duda fundamental sobre nuestra esencia, atrapamos con urgencia un mix de etiquetas, sentires y recuerdos y construimos un muñeco de nieve en pleno verano, conservado en el congelador de la invisibilidad, de la ignorancia, del inútil huir de la conciencia.

Estamos a merced de impulsos y emociones porque el competidor que hemos creado es manifiestamente mejorable, gris e incompleto, erróneo. ¡Qué necesidad! El mundo es de los valientes. ¿Sufren? Más que nadie. ¿Gozan? Más que nadie. ¿Viven? Sin descanso.

La opción que hemos tomado de grises espectadores, comedores de migajas, reservistas de la nada, es la peor. Sobrevivir por las sobras, latir en la agonía sorda, melancolía infinitamente lejana del recuerdo de una difuminada esperanza. Y de repente, de manera insospechada, el fogonazo.

La tabla de salvación podrida y decadente salta por los aires y el sol luce tanto que duele, descoloca. El dolor duele más que nunca y el gozo nos sobrepasa. Es el rescate y no lo comprendemos. Al poco volvemos a buscar los trozos estallados de la podredumbre y reconstruimos con manos temblorosas, como simios asustados mirando de reojo, hacia atrás, de rodillas, una amenaza inconcreta de luz y de memoria. Sangra la luz y la sombra rabia, aprieta los dientes y el alma, clavando en el aire el mapa del olvido.

Hemos heredado una libertad que nos cabalga, que jamás cabalgaremos, que sólo fuéremos ícaros de la conciencia. Las puertas al infinito se abren de par en par, infinitamente grandes, infinitamente pequeñas, sin condiciones ante el espejo. La semilla de la vida está vacía, y el vacío lo es todo. El uno no es lo que parece.

Somos perfectos.

Si estás dispuesto a morir por un instante de felicidad pura, el momento es ahora. Siempre. Nada volverá a ser lo mismo.

 

El arte de la rueda

Los españoles aún no estamos en paz con nosotros mismos, de manera muy mayoritaria.

Los partidos políticos no están en paz consigo mismos, porque no se respetan las reglas de juego. La ciudadanía no está en paz consigo misma, porque no se compromete políticamente. Y así, sucesivamente, nos encontramos con un déficit en lo colectivo tan grande que orquestar las voluntades, armonizar los egos, requiere de una iniciativa tan fuerte como valiente, tan honesta como confluyente y tan innovadora como respetuosa con lo mejor de nuestra tradición.

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Pero hemos parido una colección de líderes que resultan incompletos. Lo que tiene uno le falta a otro, y así. Es decir, nos encontramos ante la vida misma, ante la necesidad de entendernos, de ceder hasta el límite y mantenernos firmes en lo principal. Un país hay que gobernarlo con un rumbo claro y con una hoja de ruta que no deje lugar a dudas, sobre la base de unos consensos tan amplios como se pueda y que sirvan de punto de apoyo para deliberar, debatir acerca de todo aquello que necesita ser sometido a debate político.

El gran vacío ahora lo encontramos en la sociedad civil, en el pobre asociacionismo que nuestro país, nosotros como ciudadanos, hemos sido capaces de construir. Se echan de menos las voces de los colectivos pronunciándose al respecto, proponiendo fórmulas, posturas, actitudes, ejercicio de responsabilidad y creatividad. Siéntense, señores, y confeccionen un programa entre todos, fírmenlo, comprometanse, hagan política por Dios.

No pueden decir que no se viera venir. Yo lo vi venir, una persona muy normal, y los líderes debieran tener ya muy preparada la maquinaria del acuerdo, de la res-pon-sa-bi-li-dad, aparcar el sectarismo partidista de los intereses espurios y trabajar de manera concienzuda y honorable por marcar el rumbo de los próximos cuatro años. Para que una legislatura ruede, hace falta pulir, hace falta humildad, hace falta grandeza, convertir un trapezoide anguloso e irregular en una circunferencia capaz de rodar. Hace falta aparcar la mezquindad cortoplacista y elevar la vista hacia el interés común. No es fácil. Seguramente acabe con la carrera política de todos los que intervengan en este necesario sacrificio, y lo saben. Por mucho que brilles en medio de la catarsis, acabarás recordándole a todos un tiempo que habrá de ser superado. Suárez pagó el precio y Churchill también.

Esto convencería a la sociedad, a nuestros socios europeos y mundiales, a los llamados mercados de capitales, de que somos una democracia madura, de que nos importa más el país que nuestros 47 milones de ombligos y de que tenemos algo que presentarle al mundo: unos valores capaces de mejorar el mundo del S XXI.

Cualquier otra cosa será mediocre, decepcionante y un craso error. Pidámoslo, cada uno con nuestra voz, ya sea grande o pequeña, débil o fuerte, de corto o largo alcance.

 

jaime trabuchelli

 

La biblioteca de Alejandría

Este post está dedicado a mi amigo David Felipe Arranz, una persona extraordinaria, un profesor sublime y un maestro de la risa: un sabio contemporáneo.

Me educaron en la excelencia y la piedad. Llegar al límite de uno mismo y escuchar humildemente en la frontera para dar al mundo la flor pionera del propio afán. Esto le niega a uno toda concesión frívola aunque lo la impide por completo, y aporta una sensación de peregrinaje permanente, de candil en permanente combustión.

Estamos de paso, huéspedes breves de un cuerpo milagroso y efímero. El día a día se empeña en hacernos olvidar la fugacidad del tránsito, y cubre la realidad con una pátina engañosa de permanencia, una fascia burda y artrítica que envuelve nuestra consciencia del color mate del olvido.

Pero sobre todo me educaron en el amor a la cultura, a la ética de la sensibilidad. Me educaron, quizá, en la necesidad excesiva del esfuerzo, en la mesura de todas las cosas y en el respeto a la verdad.

Ahora veo lo afortunado que fui, que soy. Ahora entiendo que heredé un camino estrecho y bien trazado, que me ha llevado a tomar decisiones importantes; no acertadas ni equivocadas: importantes. Ahora soy capaz de comprender que heredé la disciplina para mantener un objeto en mi mente y observarlo detenidamente, noblemente, antes de emitir un juicio sobre él. He heredado tántas cosas importantes que prefiero olvidar mi condición de eslabón y sentirme cadena, profundamente encadenado a un corazón que late de manera inmemorial.

biblioteca de alejandría

Esta cultura vasta, maravillosa, poliédrica, colosal, se nos ha entregado no sin un esfuerzo ímprobo, secular, absolutamente coral. Es sobrecogedor comprender el afán con el que se compuso la malograda biblioteca de Alejandría hace veinticuatro siglos, reuniendo casi un millón de manuscritos, y cómo el fuego destruyó, implacable, en unas horas todo lo logrado.

Pero si es triste y desgarrador ver el fin de los grandes centros y obras culturales, es mucho peor observar cómo el ser humano renuncia a cultivarse, corroyendo y desvirtuando el hilo de oro que le une a lo más valioso de su naturaleza.

La responsabilidad del cuidado de la cultura y la educación corresponde a toda la sociedad, pero la clase política tiene una especial responsabilidad en su impulso, su preservación y su fomento. Pero para que los políticos asuman esta tarea con el entusiasmo que merece, para que sean capaces de situar a la cultura en el lugar privilegiado que le corresponde, han de haber vivido en primera persona la transformación que ésta ejerce en el espíritu de una persona. Pero esto, yo, hoy, no lo veo.

Hoy día imperan los autómatas. Profesores sin real interés ni motivación en lo que enseñan, padres sin verdadero respeto por la sabiduría y el conocimiento y abuelos ausentes de las casas, desbordando las lúgubres mansiones del olvido, llamadas residencias. El ansia de tener nos está cegando y, como escuchaba hoy al gran Rielo en Onda Cero, olvidamos que lo importante es ser: somos seres humanos, no teneres humanos. Una minoría lucha en solitario, y a ella acuden los jóvenes – y no tan jóvenes – sedientos.

La sabiduría se está extinguiendo, y ese es el verdadero drama de nuestro tiempo. Corremos como estúpidos detrás de una ilusión, corremos en las carreteras y nos matamos como chinches, para llegar a casa tensos, sin sonreír, cansados.

Respiremos, sintamos el placer de un corazón tranquilo. Abramos un buen libro, contemplemos el cielo, hablemos con la familia y los amigos con la simple intención de que todos se sientan bien. Disfrutemos el silencio, saboreemos nuestra simple atención y sonriamos sin motivo. Esa es la raíz de la cultura: el placer de ser. De ahí surgen las obras más prodigiosas, la alegría de vivir.

Comparemos los presupuestos de los ministerios de cultura y defensa: ochocientos millones frente a siete mil ochocientos. Una diferencia de siete mil millones. Jamás podrá un misil transformar a un ser humano – quizá en cenizas -, pero un libro puede cambiar una vida de manera completa. Un político – al parecer Julio César – incendió con sus armas la biblioteca de Alejandría, que conservaba los saberes que le permitieron ser quien fue. Este es el drama.

La sabiduría ha de ser la prioridad de una civilización, si no, morirá. Hoy día, no es la prioridad de nuestra civilización. Hablamos de bienestar pero en realidad, sólo hablamos de tener. Y tener no es bienestar, es bientener.

¿Es tan difícil, amigos míos?

 

jaime trabuchelli

 

 

El Doctor Hell y el Barón Ashler

Lo peor del ego es la asfixia que genera. La obsesión porque todo gire alrededor de él y sus limitaciones produce invariablemente el colapso del sistema que rige.

Todo sistema sostenible, dinámico, generador y armónico, pasa invariablemente por ser abierto, por ventilarse, por permitir el movimiento más allá de sus propios dogmas y mejorar así de manera continua, que es la única manera de sobrevivir con salud.

El ejemplo del UPyD de Rosa Díez, espejo de valor incalculable para la ejecutiva de Ciudadanos regida por Albert Rivera, no ha sabido ser leída por estos últimos con sabiduría. Y cuando uno no aprende de las lecciones que la vida le presenta ante sus narices, acaba cometiendo los mismos errores que denuncia. La vida es un libro que siempre habla de nosotros.

Como pasa con todos los malos malísimos de las películas de superhéroes, la figura es un personaje oscuro, perverso, egoísta y ansioso de poder que jamás muestra piedad por nadie y todos son instrumentos para lograr sus propios fines. Este malo malísimo suele tener siempre un ejecutor, un líder materializador de sus fechorías. Palpatine tenía a Darth Vader, Sauron a Saruman y el Doctor Hell al Barón Ashler.

Estos últimos son personajes menos conocidos. Personajes de una serie de animación japonesa desarrollada a partir de un cómic nipón de principios de los años setenta, icono de la Generación X, eran los malvados enemigos de Koji Kabuto y su Mazinger Z, robot que daba nombre a la serie. El Barón Ashler me llamaba especialmente la atención, por ser un servidor hermafrodita del mal – el ego encarnado en el Doctor Hell – con su lado femenino y su lado masculino. Toda una novedad.

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Evidentemente ni Rosa Díez ni Albert Rivera son encarnaciones del mal, hasta ahí podíamos llegar. Sin embargo, curiosamente han reproducido y reproducen, respectivamente, unos males muy parecidos. La tentación de creerse la encarnación de la verdad y la razón en perjuicio de todos los demás, es una tentación ante la que sucumben, frecuentemente en política, las personalidades que no han tenido a bien asumir su grandeza. Confundir la delegación con la iluminación, la representación con la encarnación y aún más, ir modificando paulatinamente las reglas de juego para convertir lo que debiera ser un pantano en un estanque, constituye un proceso de tumoración en toda regla.

Este secuestro llevó al partido magenta a una parálisis que ha significado virtualmente su fin. La torpe manera que tuvo Rosa Díez de conectar con el electorado y transmitir de manera limpia un mensaje muy rescatable, su infumable trato a la afiliación y a las voces discordantes, su soberbia a la hora de interpretar unos resultados electorales que fueron castigando sus torpezas de manera progresiva supusieron la demonización de su sombra, que es lo que ocurre cuando haces lo propio con los que no te aplauden por respirar. Esta sombra le engulló, y por ende al partido que fundó, incapaz de sobrevivir a su infiltración linfática.

La misma zafiedad, el mismo método nutrido por el miedo y los complejos inundan desde hace tiempo Ciudadanos. Su ejecutiva, principalmente la tétrada, no suelta la presa naranja. Pero ocurre que a casi nadie le importa cómo se llega, qué hay detrás, de qué están hechos los cimientos. Sólo se presta atención a la cara externa; pero claro, cuando surgen las inevitables grietas, las naturales flaquezas y el macho alfa cojea, la manada muestra un rostro de perplejidad y desamparo que no es más que la lógica de la inconsistencia.

Esta lógica de la inconsistencia es implacable. Lo llevo diciendo mucho tiempo: cuando utilizas medios de naturaleza distinta a los fines que dices perseguir, estos últimos acaban resultando de la misma naturaleza que los medios, la traición primera marcó el camino.

Ahora vendrá el discurso de que Podemos no es uno sino muchos, de que Ciudadanos es la tercera fuerza más votada según eso, y todas esas falacias, esos trucos dialécticos que tanto gustan al barcelonés, para esconder la gran decepción, el gran fracaso que ha supuesto imaginar la posibilidad de ganar las elecciones y afrontar la realidad de quedar bastante por debajo de la formación morada, ya no digamos de un PSOE en bajísimas horas, en una cuarta posición que sabe a triste desconcierto.

Si hablamos de una segunda transición, a estas alturas apenas un partido o dos conservan las siglas de aquellos tiempos en los que la primera eclosionaba. Aun así, seguimos comportándonos como si todo fuera a ser eterno, con un déficit de autocrítica mórbido que anticipa una catarsis necesaria. En cualquier caso no creo que nos hallemos ante una segunda transición sino en la fase final de una decadencia que ha de traer aún los cambios más sustanciales a nuestra sociedad. Eso sí, sin atravesar primero no pocas dificultades.

La bolsa ha amanecido hoy con una caída sustancial, que se suma a la que lleva acumulada en un año negro. Y lo peor de esta caída es lo que la genera: una desconfianza generalizada en la capacidad de la clase política para entenderse, para sumar en una visión enfocada al bien común que permita poner en marcha las reformas imprescindibles para convertir España en un país adaptado a las necesidades del mundo actual, en el que las instituciones respondan al interés del conjunto de la ciudadanía y que no estén secuestradas por hordas de medradores aprovechados que sólo buscan engordar a costa de los presupuestos generales del estado.

Todo tiene su proceso. El juego que desarrollan el vicio y la virtud, el egoísmo y el altruismo, la sabiduría y la ingnorancia, forman parte de la naturaleza humana. La manera de andar el camino lo dice todo.

 

jaime trabuchelli

Neti neti: el sobre vacío

luna llena

En la sublime filosofía del advaita vedanta, se utiliza la expresión neti neti – ni esto ni aquello -para expresar el rechazo hacia todo lo que no es real, en beneficio de lo real, en un ejercicio supremo de discernimiento. El resultado final es una mente pura, capaz de entender la naturaleza esencial de todo lo que la rodea, interna y externamente. Me parece un magnífico ejercicio de cara a tomar una decisión el próximo veinte de diciembre de dos mil quince, este año caudaloso en acontecimientos y extremadamente caliente y seco en lo climático, que se nos está acabando.

Con todos los respetos, ninguno de los candidatos a presidir el gobierno de España me parece, ni de lejos, adecuado: neti neti.

Creo que esta es la sensación de una inmensa mayoría de los españoles, que sigue sin ver color en la política. Elocuente resulta la puntuación que otorga la sociedad a los candidatos: el mejor valorado según una encuesta de diciembre es Albert Rivera con un cuatro coma noventa y ocho sobre diez. De los demás ni hablamos. Es decir, ninguno aprueba, en rigor.

Que un candidato a la presidencia obtenga menos de un siete debiera ser signo de alta inadecuación, por el tamaño de la responsabilidad.  Digamos que tan notable delegación debe ir acompañada de una valoración y confianza notables, y eso, de toda la vida, lo marca el siete. Pues no: nuestra cima se halla en el cuatro coma noventa y ocho.

El problema de base es que todos acaban cayendo en la tentación de decir lo que creen que los ciudadanos queremos escuchar, y eso canta más que el queso picón santanderino. Están con el zapatófono de mortadelo, en la época del iPhone. Todos. ¿Qué valor se puede aportar desde una filosofía política que busca el favor de la sociedad en lugar de aportar y explicar, con TODAS sus dificultades, el plan previsto para su progreso? Falta la más mínima decencia para retirarse si el plan no es aceptado. En su lugar, prima el deshonor de cambiar el plan para que lo compren y acceder a las poltronas.

Los medios de comunicación y una buena parte de la sociedad quiere creer que ha llegado la nueva política que va a cambiar las cosas, ya sea en naranja o en morado, porque tienen ilusión, son positivos y no unos cenizos como todos los demás, que protestamos sin aportar. Pues bien, se equivocan. A mí todo me parece maravilloso, no tengo ningún problema con ello. La vida me parece algo extraordinario que supera mi entendimiento y arrasa mi ignorancia. Eso sí, sin perjuicio de mantener mi juicio despejado: hoy por hoy, en España, cambios profundos ninguno.

Pero no les quepa duda que la bandera de esta transformación regeneradora – que sembrará copiosas decepciones – es agitada con fuerza, con pretensión de inocencia y limpieza, por los autodenominados representantes de la misma. Tengo tantas dudas de que mejoraren la nefasta gestión de los partidos tradicionales como esperanzas puestas en que el cambio en España es posible y está por venir.

Pero para que este cambio se produzca debemos madurar aún mucho como sociedad, en prácticamente todos los sectores. El conformismo, el regodeo en la mediocridad pudre las almas con tanta rapidez como el gélido viento ártico congela todo lo que toca. Y, naturalmente, este conformismo viene – en una paradoja aparente pero nada real – de no aceptar la realidad tal y como es.

En la magnífica disciplina del coaching se destaca el conocimiento de la realidad presente como la toma de conciencia de dónde se está respecto al objetivo elegido, para no perder de vista el punto de partida. Esto, que parece una obviedad, corre la suerte de todas las obviedades aparentes: se tiende a obviarlas. Y en este acto de ninguneo inconsciente, se procede a confundir la realidad con los deseos e imaginar lo que no existe. La consecuencia lógica es la frustración en la consecución de las metas por incapacidad para describir una ruta fiable.

La realidad en España es que tenemos un problema extraordinario con la verdad. El presidente del gobierno, Mariano Rajoy, nos ha mentido tantas veces que ya me resulta difícil recordarlo. Negó la contabilidad B de su partido en sede parlamentaria y posteriormente ha quedado demostrada. Envió un SMS vergonzante al ex-tesorero de su partido a sabiendas de sus sobresalientes irregularidades y no le dio ninguna vergüenza seguir en el cargo. La más reciente, su defensa de las posturas del ex embajador en la India y el diputado que se enriquecieron presuntamente a costa de su posición política privilegiada, y el mensaje posterior al partido para darles un empujón al vacío. No tiene fin.

Pedro Sánchez se presenta como el ángel exterminador de la corrupción en el PSOE obviando el puesto que ocupó en el consejo de la difunta Cajamadrid renacida en Bankia sobre el estiércol. Su desconocimiento de temas fundamentales de la política nacional e internacional y su colección de ocurrencias y meteduras de pata le convierten en un candidato perfecto como becario atractivo en cualquiera de los viveros de chupópteros que mantienen los grandes partidos, pero nunca a la presidencia del gobierno de nuestro país.

Pablo Iglesias, en un país normal, no debería aspirar más que a liderar algún movimiento estudiantil que requiriese cierto empuje y cierta labia, pero por Dios, ¡jamás a la presidencia del gobierno de un país que quiere considerarse del primer mundo! Madre de mi vida, qué colección de episodios han quedado registrados de barbaridades, descalificaciones ignominiosas, chulerías y contradicciones. Y es un fenómeno mediático. Qué país…

Y por fin, Albert Rivera, el “gran representante de la democracia interna y la sociedad civil”, que ha construido un partido sectario en el que los militantes son piezas desechables, que ha demolido la democracia interna con una bien tramada red de ejecutores que purgan a todo aquel no apto para el aparato de amiguetes – metáfora perfecta del capitalismo de amiguetes tan garicanamente definido -, y cuya distancia entre lo que dice y lo que hace en el seno de su partido es tan larga como la que separa Ponferrada de Melbourne. Eso sí, a nadie le interesa esto porque en este país la prevención brilla por su ausencia. Es inteligente, rápido, hábil, lleno de inconsistencias y sobrado de arrogancia. ¿Es lo máximo a lo que aspiramos?

Así que me perdonen, pero no pienso votar a ninguno. Votaré en blanco, como hice toda mi vida hasta que creí ver en Ciudadanos lo que me hicieron creer ver, para manifestar mi preferencia por la democracia y poner un suspenso rotundo a todas las alternativas que se me presentan. No pienso abstenerme para que me confundan con vagos, despistados y anti demócratas.

Alguno me dice que gracias a mi voto en blanco ganará el PP. Es maravilloso; hoy en día uno puede decir cualquier estupidez que se le pase por la cabeza y no sentir vergüenza alguna. Será la falta de contraste.

 

jaime trabuchelli

 

 

Aquiles, Prometeo y los ágrafos

Es sumamente interesante observar el baile de los posicionamientos políticos de los principales periódicos españoles en estos últimos compases de la campaña electoral.

Recuerdo cómo hace ya treinta años un buen profesor de filosofía de mi colegio, El Pilar, nos explicaba cómo la verdadera naturaleza de las personas se observaba en las situaciones límite, cuando la tensión a la que estaban sometidas era máxima. Cuando las circunstancias eran cómodas y favorables, nos contaba, era muy fácil pasar por lo que no eran. Esto se me quedó grabado a fuego y es una enseñanza que se ha ido revelando como cierta ante mis ojos en más ocasiones de las que puedo contar. Me sonreía muchos años después al escuchar por primera vez, de la voz de Carlos Herrera, la expresión “los cojones en Despeñaperros”, en una variante interesante de la cosa.

En esto, los medios parece que, al calor de las elecciones más decisivas y significativas en nuestro país desde hace cuarenta años, están realizando movimientos estratégicos en su lenguaje, que es una versión estratégica y táctica del politiqués al modo impresionista.

El País, que desde las navidades de 2014 inició una descarada campaña de apoyo y promoción a Ciudadanos, fotos y entrevistas en portada incluidas, de un tiempo a esta parte – un par de meses y progresivamente – está añadiendo manzanas a la cesta de un Pedro Sánchez en horas bajas, una aquí y otra allá, hasta culminar hoy mismo – minuto y resultado – en un significativo titular que advierte un viraje hacia la derecha del partido nananja, amén de un especial sobre el Sr Sánchez y su plan para España, retrato cool incluído. A mi entender, este equilibrio inesperado responde a un doble motivo: el contentamiento de un Felipe González volcado con Kent y de una Soraya Sánchez que sube enteros muy dePrisa.

La campaña “salvar al soldado Sánchez” esgrimida por Rivera es un reproche de megáfono a sus efímeros pero muy efectivos mecenas, inédito por otra parte en la historia de sus discursos.

Por otra parte, desde El Mundo, mucho más reacio a dar crédito explícito a C´s en su etapa García – Abadillo – ruinoso mayordomo -, está virando de manera significativa, en fondo y forma, en su nueva y en mi opinión, muy acertada etapa de David Jiménez. En el gremio se comenta que no tiene capacidad de maniobra, pero yo no estoy de acuerdo. Notas desde Aquilea me parece un bautismo iniciático y toda una declaración de intenciones desde su tribuna: promete morir de pie antes que sobrevivir de rodillas. Esperemos que no caiga de ese sendero difícil e ingrato que emprende, y si lo hace, que recupere el norte rápidamente. El nuevo El Mundo ha optado decididamente por desmarcarse del bipartidismo, o así me lo parece, realizando un apoyo de supervivencia a Ciudadanos, en el sentido de ser muy conscientes de que no es lo que dice ser pero que no puede ser peor de lo que hay. Un idealista de corazón como David Jiménez ve las cosas rápido, tiene una intuición de tan largo alcance que no puede traer de sus viajes del entendimiento más que diamantes. Se sabe extemporáneo y se aferra a la épica de Aquiles, desde su ensordecedora calma, exigiendo la dignidad de lo sublimemente inútil. Tiene más mundo dentro de lo que El Mundo podrá soportar.

Aquiles

 

Aquiles

El naranjismo confeso de Pedro J, romántico irredento – a Dios gracias, Prometeo liberado – no va a impedir lo que ya está ocurriendo en el flamante desempapelado: el desenmascaramiento de un partido que puede ser una transición hacia otra cosa pero que está muy lejos de ser representante de los aires limpios. Elocuente es el estudio publicado hace pocos días por la asociación +Democracia – que cuenta entre sus valedores a Jordi Sevilla y Josep Piqué – en el que apenas supera un dos sobre diez – en cuanto a regeneración democrática – el partido que se dice representante máximo de la sociedad civil y de dicha regeneración. Varios periodistas de  El Español conocen ya de primera mano lo que está ocurriendo tras el decorado de cartón piedra con el que nos golpeamos en cadena los Truman del show naranja.

Prometeo

Prometeo

Ya veremos qué sucede en esta semana que nos queda de estertores, de mensajes ad hoc, con un Rivera algo desfondado, un Sánchez coleccionista de clavos ardientes, un Pablo Iglesias cómodo en su vuelta al relax de la soberbia y un Rajoy más cómodo aún en su infame estrategia de sentarse a la puerta de su casa para ver pasar el cadáver de su enemigo.

Ninguno es lo que queremos, pero son lo que necesitamos para conocernos como sociedad y asumir, de una vez por todas, nuestra responsabilidad individual. Gustavo Bueno lo dijo sin ambages: “En España tenemos el cerebro hecho polvo”.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

 

Ser

Si hay algo que ha impulsado la evolución del hombre a través de los siglos ha sido nuestra autoconciencia, nuestra capacidad de observarnos y romper los límites que un concepto estrecho de la identidad imponen a nuestra creatividad, nuestro conocimiento de la realidad y nuestra felicidad.

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La gran cantidad de información disponible gracias a los avances tecnológicos está enterrando nuestra capacidad de respirar, nuestra confianza en nosotros mismos más allá de todo contenido informativo externo. Si sumamos que la información que circula en su mayoría no nos aporta nada en nuestro desarrollo personal, la dificultad es aún mayor.

Los transtornos relacionados con la ansiedad y el vacío existencial se han agudizado enormemente en las últimas décadas, y no es de extrañar. Aquello que no se cultiva, que no se cuida, se marchita; y a la larga, muere.

El ser humano tiene un potencial extraordinario; es una maravilla de la naturaleza, capaz de los más asombrosos prodigios. La fascinación por sus creaciones, por el mundo externo, hasta el extremo de despreciar de manera insólita la soledad y la contemplación de uno mismo, muestra la profunda desconexión a la que hemos llegado con la fuente original de la felicidad. Afortunadamente la biología nos exige dormir, y en esas horas recuperamos nuestro cuerpo y nuestra mente, para de nuevo llegar exhaustos a la noche.

Frenar la actividad, cerrar los ojos, contemplar nuestro interior, aquietar la mente y deleitarnos en la serenidad de nuestro ser, es una necesidad básica a la que no nos podemos permitir el lujo de renunciar.

Van a llegar los días en los que medir la ansiedad y el desgaste de nuestro sistema nervioso formarán parte imprescindible de los chequeos periódicos. Enfermedades galopantes como el Parkinson o el Alzheimer y los transtornos autoinmunes – alergias – están íntimamente ligados a la calidad de nuestros ritmos interiores.

Es fastuoso cómo la filosofía occidental se ha dedicado a lo largo de los siglos casi en exclusiva a la contemplación de las ideas para explicar el mundo exterior y sus interconexiones, estableciendo los conceptos finitos y parciales como deidades en el panteón del saber. Poco o nada ha ocupado en su empeño el infinito poder de la conciencia y su capacidad de trascender la dualidad y ser fuente de toda salud y dicha. Para beber de esas fuentes de sabiduría nos vemos obligados a acudir a la filosofía oriental, especialmente a la tradición espiritual, mística de la India, representada en la Tradición Yóguica, el Advaita Vedanta y muy en especial el Shaivismo de Cachemira.

Las obras de Patanjali, Sankara, Ksemaraja, Abhinavagupta, Somananda, Kallata, escrituras como el Vijñana Bhairava, la Bhagavad Gita, los Shiva Sutras o la más reciente y extensa obra de Swami Muktananda y Swami Chidvilasananda, la recopilación de conversaciones de Nisargadatta Maharaj o los escritos de Ramana Maharsi, suponen un legado de incalculables proporciones que más tarde o más temprano acabarán trascendiendo como parte irrenunciable del legado de la humanidad.

La sabiduría debe tener la capacidad transformadora, catártica necesaria para aportar felicidad duradera; si no, evidentemente no es sabiduría sino conocimiento estéril.

El fundador de la empresa más exitosa de la historia, Steve Jobs, tenía como libro de cabecera “Autobiografía de un Yogi” de Paramahamsa Yogananda, un libro absolutamente rompedor en occidente, heredero de una tradición milenaria y transmisor de la más genuina experiencia del Ser.

Por alguna misteriosa razón hemos heredado la enfermedad del olvido de nuestra auténtica naturaleza. Es hora de recuperar nuestro derecho de nacimiento. El mismo poder que nos lleva a pensar que es imposible ser feliz es el que nos lleva a serlo. Ahí radica el ejercicio más sublime de la libertad.

Por lo demás, nuestra vida puede seguir siendo exactamente la misma, aparentemente.

 

jaime trabuchelli

Carta abierta a mis amigos y ex compañeros de Ciudadanos

Queridos amigos:

Muchos nos conocemos bien. Hemos compartido muchas cosas, muchos esfuerzos, ilusiones, sueños. Hemos trabajado juntos por un proyecto llenos de entusiasmo, de alegría, con la esperanza de poder sembrar un futuro mejor para nuestros hijos y nietos. Algunos hemos trabajado codo con codo desde hace años, cuando ni siquiera Ciudadanos era un proyecto nacional consolidado, cuando el futuro era bastante incierto y las expectativas muy modestas. No ha pasado mucho tiempo, pero parece que han transcurrido lustros, casi décadas, por la intensidad de acontecimientos que se han sucedido.

Lealtad

Hace ya seis meses que dejé el partido – me parecen años -, y conmigo muchos de vosotros también lo hicisteis. Muchos más entrasteis y formáis parte ahora del proyecto. Otros, bastantes, habéis sido expulsados o revocados. Sé muy bien que en muchos de los casos ha sido de manera injusta, simplemente porque os interponíais entre las hienas y el poder, porque teníais mucha más preparación, experiencia y capacidad de influir en otros por vuestra credibilidad. Sé muy bien cómo os sentís, porque aunque a mí no me expulsaron, es lo que hubiera acabado ocurriendo con toda probabilidad si hubiera permanecido en el barco, hablando alto y claro.

Pero hoy me quiero dirigir a aquellos que seguís luchando, a los que sufrís día a día las contradicciones de servir a un proyecto tan magníficamente dibujado como pésimamente enfocado a la hora de tratar a los afiliados y a la hora de imprimir un estilo de dirección coherente con los valores del ideario. A los que dais la cara, asesoráis, trabajáis pasando frío, atendiendo a la gente con paciencia, cariño e inteligencia, a los que dais vida a ese proyecto que otros, desde dentro y con cargos de gran responsabilidad, clavan puñales sin cesar. Sé lo que sufrís, luchando dentro y fuera, cosechando el amargo fruto de la ingratitud en vuestras filas y defendiendo lealmente aquello en lo que creéis de puertas afuera, callando los golpes recibidos en casa. Vosotras y vosotros tenéis todo mi cariño y gratitud, todo mi afecto, porque es un sacrificio solitario, que compartís sólo con los íntimos y que no está pagado con nada. Ojalá yo pudiera aunque sólo fuera un poco, aliviar esa pesada carga que lleváis heróicamente.

Vuestra ejecutiva no os merece. Yo lo sé bien. Pero no estáis solos. En todos los partidos sin excepción trabajan, casi siempre en silencio, personas muy grandes, nobles, con principios y capacidad de sacrificio. Personas que no están para figurar, sino de manera genuinamente altruista, siguiendo una vocación de servicio más allá de todo reconocimiento. Sí, ya lo sé; puede que no seamos perfectos y que busquemos un mínimo reconocimiento, al menos respeto al trabajo hecho, quizá que nos den una responsabilidad, un cargo como muestra de respeto a nuestra valía. Eso es humano; pero sé que nada de eso merecería la renuncia a ningún valor, ningún intercambio vergonzoso mediaría entre esa meta y vosotros, vosotras.

Algún día nuestro país merecerá que personas así estén en los gobiernos y en la oposición de manera mayoritaria, lo que significará que la calidad de nuestra democracia habrá alcanzado unos niveles extraordinarios y España tendrá un rumbo claro, firme y leal.

A todos vosotros, mi más profundo afecto, fuerza y gratitud.

 

jaime trabuchelli

El reinado de Juan Carlos I: el puente sobre aguas turbulentas

puente sobre aguas turbulentas

 

Hoy se cumplen cuarenta años desde la proclamación de Juan Carlos I como rey de España. El silencio institucional es ensordecedor: la jefatura del estado español no parece merecer la atención de nadie.

De nuevo me invade la sensación de que España es una mina de oro abandonada por sus dueños y gestores.

El veinte de noviembre acapara la conciencia colectiva, pero el veintidós, el hito que marca de manera indiscutible el comienzo de la nueva etapa, la verdadera génesis del relevo, de la era constitucional y democrática más larga y próspera de nuestra historia, no merece la más mínima atención en nuestro país. Si alguien busca un diagnóstico para esclarecer todo lo que debemos abandonar y todo lo que debemos abrazar, lo que ocurre hoy debería servir de manera completa e inequívoca. Nos obsesiona el fin de lo que fue y menospreciamos el inicio de lo que somos y seremos: todo es 20 N, nada es 22 N, porque sólo pensamos en el 20 D – elegía a la inmediatez miope -.

Casi nadie con un mínimo de lucidez, sensatez y gratitud, pasa por alto el papel fundamental que desempeñó Adolfo Suárez en todo el proceso de democratización y normalización institucional de España. Pero casi nadie, de nuevo, parece resaltar que un 3 de julio de 1976, el rey Juan Carlos I nombró presidente del gobierno a un joven de 43 años llamado Adolfo Suárez, desconocido por casi todos.

Ahora algunos ponen en duda el papel que un veintitrés de febrero de 1981 desempeñó el monarca, sin recordar como respiramos todos al presenciar su intervención en TVE 1 cerrando todas las puertas al golpismo reaccionario y anti democrático – este sí – que amenazaba con sumir a nuestro país en una nueva etapa de oscuridad, rencor y sangre. Yo no olvido.

La invisibilidad de su función como custodio de la normalidad de la alternancia democrática entre el centrismo, el socialismo y la derecha democrática, representando al defensa de los valores que nos unen a todos, significan a un hombre que, con todas sus debilidades bien conocidas y aireadas, ha dedicado su vida con indudable lealtad a la defensa de la democracia y la constitución mejor y con más éxito que ninguno de sus antecesores. No niego ninguno de sus defectos, carencias e irregularidades; en absoluto. Tampoco niego las que tenemos como sociedad ni las que existen en las instituciones. Pero un análisis sereno, leal y desde la conciencia histórica me lleva a afirmar, con total rotundidad, que hoy es un día que merecería una celebración por todo lo alto, un reconocimiento a todo lo que hemos logrado desde su génesis. Y no hay mayor hito en nuestra historia reciente para este origen que la proclamación del hoy rey emérito, Juan Carlos I. Todo lo demás, en mi opinión, es miopía, complejos y un superávit preocupante de paja ante un inexistente déficit de grano.

Si queremos saber adónde vamos, tenemos que saber de dónde venimos, lo que hemos logrado y gracias a qué. Si no, no hay luz ni sentido. No puedo dejar de recordar el famoso Bridge over troubled water de Paul Simon y Art Garfunkel para ilustrar lo que ha supuesto el reinado de Don Juan Carlos en nuestro país y llenarme de buenas sensaciones.

Yo veo luz, veo sentido y me siento muy contento y satisfecho por todo lo logrado por una generación que me supera en edad fundamentalmente, pero también de la mía y las siguientes, porque todos estamos en el mismo barco y seguimos remando.

Para seguir avanzando, para no caer en la complacencia y continuar aportando a las generaciones futuras, es obligado hacer un ejercicio de reconocimiento leal, honrar nuestro legado. Hoy es un día muy señalado en este sentido, y quiero, desde mi humilde tribuna, mostrar todo mi respeto y gratitud a estos cuarenta años extraordinarios de nuestra historia, en los que Don Juan Carlos ha desempeñado un papel sobresaliente, brillante en su imperfección y que trasciende a su persona. Persona que, nadie olvide, decidió abdicar en pro de un nuevo comienzo, cosa que es propia sólo de unos pocos que saben trascenderse por el bien común.

¿Defectos? Muchos. Yo también. ¿Virtudes? Muchas más.

Muchas gracias Don Juan Carlos, felicidades. Muchas gracias Felipe VI, felicidades. Enhorabuena a todos los españoles.

 

jaime trabuchelli