Leadercare

A menudo, en los tiempos antiguos, los líderes de la tribu eran elegidos por haber demostrado a lo largo de un tiempo prolongado un espíritu de servicio constante, un deseo de beneficiar a la comunidad a prueba de intereses personales. Este liderazgo es, como todas las cosas grandes y benéficas, algo sencillo y difícil de encontrar en las comunidades humanas.

Pero cada vez más nos encontramos una sensibilidad  creciente hacia este tipo de actitudes y un número cada vez mayor de personas que desde sus puestos de responsabilidad buscan nutrir, apoyar y acompañar a las personas que dirigen hacia una plenitud mayor en lo personal y en lo profesional. Está ocurriendo.

Es un efecto positivo de la ley de la competencia – alguno tenía que tener en términos estrictamente humanistas – el hecho de que al final se busque con ahínco un mejor resultado a largo plazo. Y es que no queda más remedio que tratar bien a un ser humano para conseguir que dé lo mejor de sí. El quid de la cuestión es en qué consiste “tratar bien a un ser humano”, cómo se materializan en el ámbito del trabajo en el que ahora nos centramos, los principios de respeto, amor, apoyo y fortalecimiento.

Las exigencias del trabajo son muchas. Invertimos muchas horas, muchos esfuerzos, ponemos nuestras capacidades en juego y renunciamos a muchas cosas en nuestra vida en pos de entregarnos a la tarea laboral. De todas estas cosas, el nuevo líder que emerge, es consciente en cierta medida, y partiendo de esta visión de la persona como ser inteligente y sensible, como un igual en todos los términos esenciales, es capaz de establecer una relación auténtica y de crecimiento, un compromiso de colaboración real, que supera a todas las formas tradicionales si no desde el punto de vista personal, sí desde el profesional y formal. Y es que cuando se conjugan todos los ceros de las nuevas tecnologías de la información y el conocimiento acumulado en las últimas décadas con el uno primordial de la ética profunda e intemporal del corazón, obtenemos un escenario en el que los frutos son exponencialmente superiores a los obtenidos de cualquier otra manera vista antes. Todos esos ceros del avance en el conocimiento científico quedan inútiles, sin valor real, si no incorporamos, a su izquierda el gran uno del respeto básico, enraizado en la sublime conciencia de igualdad entre los seres humanos. Los complejos de superioridad en inferioridad, la sensación de alienación y separación que vienen de abandonar esta conciencia de igualdad, están en la base de toda infelicidad, y en el ámbito laboral, de toda ineficiencia.

Es por eso que la espiritualidad, la filosofía más elevada, son lo más importante también en el mundo de la empresa y las organizaciones. No hay cultura empresarial, clima laboral que prosperen y sean genuinamente buenos sin unos principios básicos enfocados a nutrir a la persona de manera integral. Todo esto tiene un sinfín de implicaciones estratégicas en el mundo de las organizaciones y se materializa en “artefactos” que a la larga se convierten en símbolos de una nueva cultura empresarial que regirá la vida laboral de muchas generaciones futuras.

leadercare

Lo que se consigue finalmente es que los productos y servicios de una compañía u organización que se rija por los principios de leadercare, serán productos y servicios con un valor añadido irresistible de calidad holística: productos y servicios buenos en todos los sentidos, surgidos de una compañía buena en todos los sentidos.

¿Líderes y empleados? Básicamente no. Evidentemente funciones distintas serán llevadas a cabo por personas distintas, con etiquetas diferentes. Pero lo más importante serán los principios y valores que inspiren a todos y cada uno de los trabajadores de tan loable organización.

Está ocurriendo.

 

jaime trabuchelli

Cinco meses después

“Qué alegría vivir, sintiéndose vivido”  Pedro Salinas

 

Fue sobre todo la ilusión política con mayúsculas lo que me impulsó a comenzar esta serie de artículos ya de años, bajo el título “Sin pensarlo demasiado”, que era una declaración de principios de frescura y no tanto, puesto que suponía también un compartir de lo posado y meditado durante décadas.

Después pasé por la molienda de la cloaca política, transitando las alcantarillas infectas del ansia de poder a cualquier precio, irrespirables. La catarsis de todo aquello requería de una heroicidad a la que mi espíritu no se veía inclinado. Sólo unos esfuerzos, no pequeños, acompañaron a mi irrelevancia personal. Sin embargo, hubo gran belleza en aquel impulso, aquella iniciativa colectiva de los que creímos – y aún creemos, al menos algunos todavía – en la bondad del hombre y los paraísos aterrizados. A eso no voy, no vamos a renunciar nunca.

Escribo hoy de nuevo movido por el afecto a esta fe, por el amor extraordinario que siento por todos aquellos que florecen en el estiércol de la inconmensurable mediocridad que arriba a nuestras costas y que pringa los diarios y telediarios. Allí andamos guarecidos, implícitos, en estas costas digo, filtrando como la arena, atravesados, una y otra vez, ese pringue que dije y me recorre, pero que nunca al fin alojamos.

Porque nada al fin y al cabo puede con la necesidad de lo bueno. Así que sigamos negando que lo vulgar sea irremediable, necesario, porque no hay mayor perversión que la pretensión de inmortalidad de la inmundicia.

Las mayorías sobrecogidas por la inercia y la pereza, por el desánimo, necesitan siempre minorías que abanderen, que lideren un ánimo incorruptible, unos valores resplandecientes que restauren la dignidad del día a día. Este es un discurso antiguo pero siempre nuevo, desgraciadamente muchas veces manipulado por odiosos fascismos, comunismos y extremismos sectarios en general. Pero al final uno se da cuenta de que en origen, sólo el verdadero deseo del bien común, que no cae jamás en la tentación de utilizar medios contrarios a los fines perseguidos, es legítimo portador de los valores perennes.

Puesto en palabras sencillas, que nunca consigan hacernos creer que el egoísmo pseudo político, que la incapacidad para la grandeza que hoy día muestran nuestros políticos – por mucho que el desfile de payasos internacional los hagan medio buenos a veces – sea la única alternativa posible. Estamos germinando.

Y es por eso que, contra todo pronóstico, proclamo mi absoluto optimismo en la resistencia. Como vosotr@s, de los que tanto aprendo.

Abrazos.

 

jaime trabuchelli

 

Elogio del cero

cero

Se da una diferencia sustancial entre los números romanos y los árabes. En los números romanos no existe el cero. Y el paso de Grecia a Roma supone una desconexión con las raíces de la filosofía, bien representada por un Pilatos inoperante frente al abandono de lo bueno, del valor evidente. En Nazaret nacía la referencia de lo que aún hoy acontece: la tortura, el eclipse de la Verdad a manos de la ignorancia.

Ocurre que lo más obvio es a menudo lo más valioso. Ocurre que lo más valioso es a menudo lo mas ignorado. Y ocurre, que lo más ignorado, es, casi invariablemente, lo más necesario.

No hay paz si no se profundiza suficientemente en el significado esencial del cero. El cero es el espejo.

La necesidad de profundizar es el cero. Lo que anima al explorador es el cero. Lo que no se puede conceptualizar, lo que escapa a la acción, es el cero.

El cero es inútil a cualquier propósito encaminado a añadir algo. Pero, indefectiblemente, todo valor acaba revirtiendo en el cero, puesto que cualquier existencia es mutable por naturaleza.

Einstein habló de la energía como algo que no se crea ni se destruye, sino que sólamente se transforma. Y todo es energía. A medida que vamos profundizando y ahondando en las sutilezas de esta energía, vamos eliminando hipótesis, restando. Sócrates hizo lo propio en su “sólo sé que no sé nada”. Sankaracharya, en su Viveka Suda Mani – La joya suprema del discernimiento -, llevo el “neti neti” – esto no, esto no – del Vedanta, a la limpieza más absoluta.

El cero. Encierra la grandeza de la humildad total. La evidencia del Ser. El esplendor de la Conciencia. Naturalmente supone la muerte del ego, la evidencia de su irrealidad. De hecho, a la luz de la Conciencia la dualidad, la identidad separada, se revela como una broma infantil, algo que jamás tuvo la condición de realidad. Un mero reflejo tomado por real a causa de la ignorancia.

Pero occidente huye del cero como de la peste, enferma de horror vacui, henchida del “Ego de la civilización” tan brillantemente descrito por Swami Chidvilasananda en una de sus magníficas conferencias.

¿Es feliz nuestra civilización?

Ni de lejos. Huímos de nosotros mismos. En occidente el cero se traduce como carencia, ya que sólo lo manifiesto se ha convenido en considerar valor. Observable, objetivo, real. Todo ello condena al Ser, a lo trascendente, al universo de lo despreciable. Realmente, esto es un paradigma despreciable en sí mismo, carente de todo valor y generador de todo sufrimiento y miseria. Vivimos en una aparente opulencia – muy desigual -, en la ilusión del progreso, llevando de atracción en atracción el infierno interior como inseparable compañía. Innecesariamente. Somos la alegría ignorada.

Poner rumbo al cero con valor, adentrarnos en el universo interior que pulsa incesantemente, abandonando toda pretensión e impostura, trascendiendo una mente que ha creado un laberinto con los mimbres del tesoro. Aquí una puerta.

 

jaime trabuchelli

Usted se va a morir

Es una obviedad. Una obviedad huída por muchos y una lección de nacimiento de indudable valía.

La muerte es benéfica y necesaria. El sistema colapsaría si no muriésemos – está a punto de hacerlo de cualquier manera -. El equilibrio da la bienvenida a la muerte.

Todas las preguntas importantes de la vida surgen de esta realidad inamovible, la más democrática de todas. Todos vamos a morir. Es más: con el tiempo, nadie se acordará de nosotros. ¿Sabe usted el nombre de sus 16 tatarabuelos? Ni siquiera tras unas pocas generaciones nuestra propia familia se acuerda de nosotros.

Esta realidad demuestra lo poco trascendente que es todo lo material, incluído el cuerpo, por supuesto. La conservación del patrimonio cultural y artístico es el intento de conectarnos a la sabiduría de las generaciones anteriores, aprender de su experiencia. Pero lo primero es la reflexión sobre nuestra propia existencia, sobre lo que es importante y lo que es secundario en la vida y en la muerte.

La primera cuestión que me viene a la mente cuando pienso en la muerte es: ¿para qué vivir? Y después de la muerte, ¿qué? A la segunda pregunta que cada uno encuentre su respuesta, yo ya tengo la mía, pues no tengo ninguna duda de la trascendencia del alma. En cuanto a la primera, para mí resulta bastante ilustrativo observar las vidas de aquellos que han dejado un legado sustancial, importante. Aquellos que lograron mejorar la vida de las generaciones contemporáneas y las futuras. Sin duda Gandhi reflexionaba a menudo sobre el hecho de la muerte propia, y su vida fue un ejemplo de labor desinteresada, de búsqueda de sentido. Hizo cosas muy grandes anclándose en cosas muy sencillas.

Si usted es capaz de sostener en su mente el hecho de que va a morir, va a despertar de nuevo, en plena vigilia. Esta conciencia es como el fuego en la fragua: elimina la escoria y mantiene el metal puro, sin mezcla. Lo superfluo es visto como tal, y por tanto, es deshechado. Lo importante brilla con más fuerza, dotando a la vida de un sentido mucho más claro, una alegría mucho más viva y acciones más valientes y nobles.

La muerte, la gran incomprendida, es una magnífica maestra.

 

jaime trabuchelli

 

Una fe sin fronteras

Campos de Trigo

“Dejad que el trigo crezca en las fronteras, porque una flor no puede ser hermosa si no dejáis que el trigo crezca en las fronteras”

Carlos Oroza

Somos hombres y mujeres de fe. La mayoría, de manera inconsciente, por eso de que el ego intelectual exige razones serias – que no son más que cadenas circulares que parten de una fe – y luego algunos, que aceptamos el hecho de que creemos en una intuición primera, en una experiencia interior que asociamos a determinadas cosas. No he sabido explicarlo con mayor sencillez, y seguro que se puede. Para eso sirven los ejemplos: yo creo en Dios porque todo lo que veo y siento me parece admirable, inconmensurable, obra de una inteligencia y una sensibilidad fuera del entendimiento de mi mente. Por tanto, Dios. Y creo en la bondad fundamental de ese Dios, en la unidad de todo, en la felicidad básica de la existencia consciente porque quiero. Y porque me parece lo único sostenible. Y porque deseo ser feliz por encima de todo, y sin esta creencia no sería posible. A partir de ahí, razono lo que queráis. Pero la razón no es la base: la base es la fe, la experiencia, la existencia, la conciencia, la dicha.

Bien, ahora la política. Ahora Cataluña. Ahora este experimento vital que es el movimiento independentista que no es más que una creencia, una fe, una emoción arraigada en un convencimiento irracional – como todo – para la búsqueda de un sentido, para el alivio del aburrimiento y para enriquecerse algunos. Como todos los fanatismos, el sectarismo es la seña de identidad fundamental de la cosa. Y como todo sectarismo, la cadena de razones justificatorias para tales postulados, es pueril y radicalmente fracturadora. El enemigo es creado de manera irreflexiva, quimérica, sin repeto alguno por los hechos, una especie de sumidero al que confluye todo líquido inflamable, un magneto imperial al que vuelan todos los férreos males. Simple y efectivo, para mentes simples y perezosas, prontas a la solución rápida y chapucera que satisfaga las urgencias de la cojera intelectual, de la pobreza emocional y del hambre del odio proyectivo.

Todos estos ingredientes conjugan el caldo de cultivo del ébola social, de la contaminación de la convivencia. Pero es lo que toca. Es la lección contemporánea, la prueba de que no hemos aprendido aún como sociedad las lecciones que de manera tan terrible se nos mostraron en el S XX. La sabiduría no acaba de cuajar, no acaba de permear en una mayoría, igual que la caligrafía se pierde por las alcantarillas del S XXI, igual que la filosofía se institucionaliza como tomos molestos y preguntas incómodas para la pragmática clase política, igual que el materialismo atroz se come la calma de la ciudadanía, igual que la poesía se está convirtiendo en un mito lejano, aislado, con cara de premio nonagenario y discursos para tres.

Pero no. No cuela. Y no cuela porque la humanidad tiene hambre. Tiene hambre de sentido, tiene hambre de verdad, tiene hambre de paz, de amor. Hambre de libertad, porque no ha sido conquistada. Ni de lejos. La humanidad está presa de un paradigma constrictor, alienante, que no da solución alguna a lo que verdaderamente importa, y que a lo único que lleva es establecer reglas al pillaje. Reglas urdidas para un lobo socializado, con piel de cordero, depredador a oscuras. Cárceles, rejas, cerrojos, policía, guardas de seguridad, ejércitos y armas. Estos elementos no forman parte de la normalidad, porque nuestra civilización está enferma. A todo esto, sobre esta base, la misión del salvapatrias, del “iluminado” de pacotilla, del sacaduros, está servida. Empezamos por esquilmar la Banca Catalana, por intimidar a los Obiols, y vía libre. Luego vamos construyendo sin descanso el edificio de la ignominia, viralizando, clonando los gérmenes de la satanización, elevando a los altares de las túnicas blancas de forro negro a las deidades delirantes de la religión tumoral.

Pero no podemos quedarnos anclados en el análisis del síntoma, en la pústula, sin recorrer el camino etiológico, sin apuntar al origen, al clima que hace posible tales gérmenes. Y son el egoismo y la ignorancia que invaden nuestra civilización. Y es la falta de valor para aceptar esta realidad lo que impide de manera primera abordar las soluciones con firmeza, con determinación y anclar las raíces de una verdadera convivencia en la que el miedo al otro no tenga lugar. Es aquí donde la filosofía, donde las semillas pioneras del conocimiento humano, donde el ecumenismo espiritual – ¡qué redundancia, pero lamentablemente qué necesaria aclaración! – adquieren un protagonismo, un liderazgo esencial. Pero vivimos en la sociedad del camino fácil, simple, de la imagen sin más, de las urgencias sensuales, y todo esto se desprecia con un manotazo: “¡Menudo coñazo!”.

Pero el sufrimiento y los desequilibrios crecen, la población crece sin cesar aumentando el estrés en la misma medida, la escasez, el equilibrio del planeta se rompe y los extremismos germinan, mientras la armonía, la paz, los entornos favorables se resienten. Insostenible. Cuestión de tiempo. Vivimos cien años, en el mejor de los casos. No nos pertenece el cuerpo que habitamos ni la tierra que pisamos. Todo es en usufructo y el estado de la cosa es nuestro legado. Pero no asumimos nuestra responsabilidad. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

Soy profundamente optimista porque veo con claridad las razones del sufrimiento y creo en las soluciones. Creo que las soluciones se van a imponer por pura necesidad. En la medida en que utilicemos el conocimiento ampliamente disponible para tomar cartas en el asunto disminuiremos, geométricamente, el sufrimiento del aprendizaje. En caso contrario, mucho más dolor, mucho más caos, mucha más desarmonía y llanto. Pero al final, el equilibrio se impondrá, porque es una necesidad vital tan profunda, tan incuestionable, que encuentra el camino como el agua de un glaciar encuentra el océano tras galopar en lo que parecía un camino interminable.

¿Mas? ¿Puigdemont? ¿Ratoncillos en Hamelin? Sólo me producen compasión. El sufrimiento que produce volcar todas las esperanzas en una quimera e ir dejando cadáveres por el camino, es inefable. Es como el que construye su fortuna arrebatándosela a los demás, esclavizando a otros. Estás preparando un lecho de escorpiones para tu descanso.

El paradigma no sirve. El crecimiento económico se ha convertido en una religión, los beneficios empresariales en las bienaventuranzas, la productividad en el sustituto del servicio desinteresado. Así no hay cielo, queridos míos. Sólo la garantía del infierno social. Porque nadie se la juega para denunciar una injusticia, por denunciar al jefe que abusa, al diputado que roba. Porque si pierdes tu trabajo te vas al averno. Yo no quiero volver a las religiones de dogmas vacíos, sino vivir en un mundo bueno donde no tenga que temer al prójimo, sino celebrar su compañía.

Como canta el maravilloso poeta de Vivero, Carlos Oroza, dejad que el trigo crezca en las fronteras.

 

jaime trabuchelli

 

El entusiasmo contra todo pronóstico

La democracia es una conquista que no se sostiene por sí misma.

Como todo lo que no se riega o se cuida con suficiente esmero, se marchita, se desgasta, pierde su brillo y decae. En España, sobre todo a raíz de la crisis financiera que aún sufrimos, existe una conciencia generalizada de que algo no funciona, de que la política es más un problema que una solución. La sensación prevalente es que hemos recibido una herencia valiosa que no estamos sabiendo administrar. También hay una conciencia bastante generalizada de que el poder político carece de autoridad moral para cambiar el rumbo – y por tanto su voluntad es endeble y su proceder indolente – y que las alternativas que se presentan son una aventura poco consistente e incierta. Si no, no se explica que PP y PSOE sigan siendo las dos fuerzas más votadas después de lo que ha llovido.

Pero el tiempo sigue transcurriendo sin un viraje firme, sin una alternativa rotunda que muestre un camino claro y despejado para salir de este atolladero turbio en el que vivimos.

El problema – y la oportunidad – de base es que hemos perdido la esperanza de tener una vida, una sociedad feliz, extraordinaria, guiada por los valores más elevados, por la solidaridad, en la que cada detalle esté permeado por las mejores intenciones y todo brille. Las más altas metas son absolutamente necesarias para que el transcurrir de nuestro día a día merezca la pena, para que podamos educar a nuestros hijos con la satisfacción de que les estamos facilitando la mejor de las vidas posibles. Esto no es una utopía, esto no es una quimera. Esto es lo único que se debe mantener en el horizonte como objetivo real, como aspiración legítima, como derecho de nacimiento. Si nos derriban una y mil veces en este cometido, una y mil veces debemos levantarnos y seguir, porque invariablemente, todos los grandes logros de la humanidad se han cimentado en una tarea inicial, en una lucha original imposible a todas luces. Esta soledad pionera, este entusiasmo contra todo pronóstico, es lo que hace saltar nuestras lágrimas emocionadas en el cine, en un libro, en el arte. Por Dios bendito, esto es lo más grande que da la vida: el entusiasmo contra todo pronóstico.

castillo en el aire

Es por ello que hay que tener valor para descartar todos los espejismos, para no conformarnos en la tibieza, en la mediocridad, en el infierno de la falta de amor y respeto. Es por ello que hay que denunciar lo falso, la mentira interesada, a los profetas impostados, esta política barata que nos inunda de mensajes infectos, en la que la sinceridad, la honestidad, la nobleza, no tienen lugar.

¿Hemos tenido alguna vez en la historia de nuestra civilización una sociedad ideal? No lo parece. No tenemos constancia de ello, crónicas que revelen algo así. ¿Quiere decir esto que no es posible? En ningún caso. Decir que algo es imposible es un acto de envidia proyectada.

El espíritu del Quijote sigue vivo entre nosotros. Sigamos construyendo castillos en el aire; llegará un día en que lleguen al suelo y se disuelva la pesadilla.

 

jaime trabuchelli

 

jaime trabuchelli

 

Victoria

Jugamos a controlar el mundo, nuestro mundo, fracasando una y otra vez, porque no hacemos uso de la paciencia necesaria para observarlo.

Observamos a otros, los acontecimientos, las cosas, pero nos da terror observarnos a nosotros mismos. Nos da terror comprobar que el personaje que hemos construido y llamado “yo”, es patéticamente efímero. En el horror vacui de la necesidad de identidad, en la duda fundamental sobre nuestra esencia, atrapamos con urgencia un mix de etiquetas, sentires y recuerdos y construimos un muñeco de nieve en pleno verano, conservado en el congelador de la invisibilidad, de la ignorancia, del inútil huir de la conciencia.

Estamos a merced de impulsos y emociones porque el competidor que hemos creado es manifiestamente mejorable, gris e incompleto, erróneo. ¡Qué necesidad! El mundo es de los valientes. ¿Sufren? Más que nadie. ¿Gozan? Más que nadie. ¿Viven? Sin descanso.

La opción que hemos tomado de grises espectadores, comedores de migajas, reservistas de la nada, es la peor. Sobrevivir por las sobras, latir en la agonía sorda, melancolía infinitamente lejana del recuerdo de una difuminada esperanza. Y de repente, de manera insospechada, el fogonazo.

La tabla de salvación podrida y decadente salta por los aires y el sol luce tanto que duele, descoloca. El dolor duele más que nunca y el gozo nos sobrepasa. Es el rescate y no lo comprendemos. Al poco volvemos a buscar los trozos estallados de la podredumbre y reconstruimos con manos temblorosas, como simios asustados mirando de reojo, hacia atrás, de rodillas, una amenaza inconcreta de luz y de memoria. Sangra la luz y la sombra rabia, aprieta los dientes y el alma, clavando en el aire el mapa del olvido.

Hemos heredado una libertad que nos cabalga, que jamás cabalgaremos, que sólo fuéremos ícaros de la conciencia. Las puertas al infinito se abren de par en par, infinitamente grandes, infinitamente pequeñas, sin condiciones ante el espejo. La semilla de la vida está vacía, y el vacío lo es todo. El uno no es lo que parece.

Somos perfectos.

Si estás dispuesto a morir por un instante de felicidad pura, el momento es ahora. Siempre. Nada volverá a ser lo mismo.

 

El arte de la rueda

Los españoles aún no estamos en paz con nosotros mismos, de manera muy mayoritaria.

Los partidos políticos no están en paz consigo mismos, porque no se respetan las reglas de juego. La ciudadanía no está en paz consigo misma, porque no se compromete políticamente. Y así, sucesivamente, nos encontramos con un déficit en lo colectivo tan grande que orquestar las voluntades, armonizar los egos, requiere de una iniciativa tan fuerte como valiente, tan honesta como confluyente y tan innovadora como respetuosa con lo mejor de nuestra tradición.

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Pero hemos parido una colección de líderes que resultan incompletos. Lo que tiene uno le falta a otro, y así. Es decir, nos encontramos ante la vida misma, ante la necesidad de entendernos, de ceder hasta el límite y mantenernos firmes en lo principal. Un país hay que gobernarlo con un rumbo claro y con una hoja de ruta que no deje lugar a dudas, sobre la base de unos consensos tan amplios como se pueda y que sirvan de punto de apoyo para deliberar, debatir acerca de todo aquello que necesita ser sometido a debate político.

El gran vacío ahora lo encontramos en la sociedad civil, en el pobre asociacionismo que nuestro país, nosotros como ciudadanos, hemos sido capaces de construir. Se echan de menos las voces de los colectivos pronunciándose al respecto, proponiendo fórmulas, posturas, actitudes, ejercicio de responsabilidad y creatividad. Siéntense, señores, y confeccionen un programa entre todos, fírmenlo, comprometanse, hagan política por Dios.

No pueden decir que no se viera venir. Yo lo vi venir, una persona muy normal, y los líderes debieran tener ya muy preparada la maquinaria del acuerdo, de la res-pon-sa-bi-li-dad, aparcar el sectarismo partidista de los intereses espurios y trabajar de manera concienzuda y honorable por marcar el rumbo de los próximos cuatro años. Para que una legislatura ruede, hace falta pulir, hace falta humildad, hace falta grandeza, convertir un trapezoide anguloso e irregular en una circunferencia capaz de rodar. Hace falta aparcar la mezquindad cortoplacista y elevar la vista hacia el interés común. No es fácil. Seguramente acabe con la carrera política de todos los que intervengan en este necesario sacrificio, y lo saben. Por mucho que brilles en medio de la catarsis, acabarás recordándole a todos un tiempo que habrá de ser superado. Suárez pagó el precio y Churchill también.

Esto convencería a la sociedad, a nuestros socios europeos y mundiales, a los llamados mercados de capitales, de que somos una democracia madura, de que nos importa más el país que nuestros 47 milones de ombligos y de que tenemos algo que presentarle al mundo: unos valores capaces de mejorar el mundo del S XXI.

Cualquier otra cosa será mediocre, decepcionante y un craso error. Pidámoslo, cada uno con nuestra voz, ya sea grande o pequeña, débil o fuerte, de corto o largo alcance.

 

jaime trabuchelli

 

La biblioteca de Alejandría

Este post está dedicado a mi amigo David Felipe Arranz, una persona extraordinaria, un profesor sublime y un maestro de la risa: un sabio contemporáneo.

Me educaron en la excelencia y la piedad. Llegar al límite de uno mismo y escuchar humildemente en la frontera para dar al mundo la flor pionera del propio afán. Esto le niega a uno toda concesión frívola aunque lo la impide por completo, y aporta una sensación de peregrinaje permanente, de candil en permanente combustión.

Estamos de paso, huéspedes breves de un cuerpo milagroso y efímero. El día a día se empeña en hacernos olvidar la fugacidad del tránsito, y cubre la realidad con una pátina engañosa de permanencia, una fascia burda y artrítica que envuelve nuestra consciencia del color mate del olvido.

Pero sobre todo me educaron en el amor a la cultura, a la ética de la sensibilidad. Me educaron, quizá, en la necesidad excesiva del esfuerzo, en la mesura de todas las cosas y en el respeto a la verdad.

Ahora veo lo afortunado que fui, que soy. Ahora entiendo que heredé un camino estrecho y bien trazado, que me ha llevado a tomar decisiones importantes; no acertadas ni equivocadas: importantes. Ahora soy capaz de comprender que heredé la disciplina para mantener un objeto en mi mente y observarlo detenidamente, noblemente, antes de emitir un juicio sobre él. He heredado tántas cosas importantes que prefiero olvidar mi condición de eslabón y sentirme cadena, profundamente encadenado a un corazón que late de manera inmemorial.

biblioteca de alejandría

Esta cultura vasta, maravillosa, poliédrica, colosal, se nos ha entregado no sin un esfuerzo ímprobo, secular, absolutamente coral. Es sobrecogedor comprender el afán con el que se compuso la malograda biblioteca de Alejandría hace veinticuatro siglos, reuniendo casi un millón de manuscritos, y cómo el fuego destruyó, implacable, en unas horas todo lo logrado.

Pero si es triste y desgarrador ver el fin de los grandes centros y obras culturales, es mucho peor observar cómo el ser humano renuncia a cultivarse, corroyendo y desvirtuando el hilo de oro que le une a lo más valioso de su naturaleza.

La responsabilidad del cuidado de la cultura y la educación corresponde a toda la sociedad, pero la clase política tiene una especial responsabilidad en su impulso, su preservación y su fomento. Pero para que los políticos asuman esta tarea con el entusiasmo que merece, para que sean capaces de situar a la cultura en el lugar privilegiado que le corresponde, han de haber vivido en primera persona la transformación que ésta ejerce en el espíritu de una persona. Pero esto, yo, hoy, no lo veo.

Hoy día imperan los autómatas. Profesores sin real interés ni motivación en lo que enseñan, padres sin verdadero respeto por la sabiduría y el conocimiento y abuelos ausentes de las casas, desbordando las lúgubres mansiones del olvido, llamadas residencias. El ansia de tener nos está cegando y, como escuchaba hoy al gran Rielo en Onda Cero, olvidamos que lo importante es ser: somos seres humanos, no teneres humanos. Una minoría lucha en solitario, y a ella acuden los jóvenes – y no tan jóvenes – sedientos.

La sabiduría se está extinguiendo, y ese es el verdadero drama de nuestro tiempo. Corremos como estúpidos detrás de una ilusión, corremos en las carreteras y nos matamos como chinches, para llegar a casa tensos, sin sonreír, cansados.

Respiremos, sintamos el placer de un corazón tranquilo. Abramos un buen libro, contemplemos el cielo, hablemos con la familia y los amigos con la simple intención de que todos se sientan bien. Disfrutemos el silencio, saboreemos nuestra simple atención y sonriamos sin motivo. Esa es la raíz de la cultura: el placer de ser. De ahí surgen las obras más prodigiosas, la alegría de vivir.

Comparemos los presupuestos de los ministerios de cultura y defensa: ochocientos millones frente a siete mil ochocientos. Una diferencia de siete mil millones. Jamás podrá un misil transformar a un ser humano – quizá en cenizas -, pero un libro puede cambiar una vida de manera completa. Un político – al parecer Julio César – incendió con sus armas la biblioteca de Alejandría, que conservaba los saberes que le permitieron ser quien fue. Este es el drama.

La sabiduría ha de ser la prioridad de una civilización, si no, morirá. Hoy día, no es la prioridad de nuestra civilización. Hablamos de bienestar pero en realidad, sólo hablamos de tener. Y tener no es bienestar, es bientener.

¿Es tan difícil, amigos míos?

 

jaime trabuchelli

 

 

El Doctor Hell y el Barón Ashler

Lo peor del ego es la asfixia que genera. La obsesión porque todo gire alrededor de él y sus limitaciones produce invariablemente el colapso del sistema que rige.

Todo sistema sostenible, dinámico, generador y armónico, pasa invariablemente por ser abierto, por ventilarse, por permitir el movimiento más allá de sus propios dogmas y mejorar así de manera continua, que es la única manera de sobrevivir con salud.

El ejemplo del UPyD de Rosa Díez, espejo de valor incalculable para la ejecutiva de Ciudadanos regida por Albert Rivera, no ha sabido ser leída por estos últimos con sabiduría. Y cuando uno no aprende de las lecciones que la vida le presenta ante sus narices, acaba cometiendo los mismos errores que denuncia. La vida es un libro que siempre habla de nosotros.

Como pasa con todos los malos malísimos de las películas de superhéroes, la figura es un personaje oscuro, perverso, egoísta y ansioso de poder que jamás muestra piedad por nadie y todos son instrumentos para lograr sus propios fines. Este malo malísimo suele tener siempre un ejecutor, un líder materializador de sus fechorías. Palpatine tenía a Darth Vader, Sauron a Saruman y el Doctor Hell al Barón Ashler.

Estos últimos son personajes menos conocidos. Personajes de una serie de animación japonesa desarrollada a partir de un cómic nipón de principios de los años setenta, icono de la Generación X, eran los malvados enemigos de Koji Kabuto y su Mazinger Z, robot que daba nombre a la serie. El Barón Ashler me llamaba especialmente la atención, por ser un servidor hermafrodita del mal – el ego encarnado en el Doctor Hell – con su lado femenino y su lado masculino. Toda una novedad.

Barón_Ashler

Evidentemente ni Rosa Díez ni Albert Rivera son encarnaciones del mal, hasta ahí podíamos llegar. Sin embargo, curiosamente han reproducido y reproducen, respectivamente, unos males muy parecidos. La tentación de creerse la encarnación de la verdad y la razón en perjuicio de todos los demás, es una tentación ante la que sucumben, frecuentemente en política, las personalidades que no han tenido a bien asumir su grandeza. Confundir la delegación con la iluminación, la representación con la encarnación y aún más, ir modificando paulatinamente las reglas de juego para convertir lo que debiera ser un pantano en un estanque, constituye un proceso de tumoración en toda regla.

Este secuestro llevó al partido magenta a una parálisis que ha significado virtualmente su fin. La torpe manera que tuvo Rosa Díez de conectar con el electorado y transmitir de manera limpia un mensaje muy rescatable, su infumable trato a la afiliación y a las voces discordantes, su soberbia a la hora de interpretar unos resultados electorales que fueron castigando sus torpezas de manera progresiva supusieron la demonización de su sombra, que es lo que ocurre cuando haces lo propio con los que no te aplauden por respirar. Esta sombra le engulló, y por ende al partido que fundó, incapaz de sobrevivir a su infiltración linfática.

La misma zafiedad, el mismo método nutrido por el miedo y los complejos inundan desde hace tiempo Ciudadanos. Su ejecutiva, principalmente la tétrada, no suelta la presa naranja. Pero ocurre que a casi nadie le importa cómo se llega, qué hay detrás, de qué están hechos los cimientos. Sólo se presta atención a la cara externa; pero claro, cuando surgen las inevitables grietas, las naturales flaquezas y el macho alfa cojea, la manada muestra un rostro de perplejidad y desamparo que no es más que la lógica de la inconsistencia.

Esta lógica de la inconsistencia es implacable. Lo llevo diciendo mucho tiempo: cuando utilizas medios de naturaleza distinta a los fines que dices perseguir, estos últimos acaban resultando de la misma naturaleza que los medios, la traición primera marcó el camino.

Ahora vendrá el discurso de que Podemos no es uno sino muchos, de que Ciudadanos es la tercera fuerza más votada según eso, y todas esas falacias, esos trucos dialécticos que tanto gustan al barcelonés, para esconder la gran decepción, el gran fracaso que ha supuesto imaginar la posibilidad de ganar las elecciones y afrontar la realidad de quedar bastante por debajo de la formación morada, ya no digamos de un PSOE en bajísimas horas, en una cuarta posición que sabe a triste desconcierto.

Si hablamos de una segunda transición, a estas alturas apenas un partido o dos conservan las siglas de aquellos tiempos en los que la primera eclosionaba. Aun así, seguimos comportándonos como si todo fuera a ser eterno, con un déficit de autocrítica mórbido que anticipa una catarsis necesaria. En cualquier caso no creo que nos hallemos ante una segunda transición sino en la fase final de una decadencia que ha de traer aún los cambios más sustanciales a nuestra sociedad. Eso sí, sin atravesar primero no pocas dificultades.

La bolsa ha amanecido hoy con una caída sustancial, que se suma a la que lleva acumulada en un año negro. Y lo peor de esta caída es lo que la genera: una desconfianza generalizada en la capacidad de la clase política para entenderse, para sumar en una visión enfocada al bien común que permita poner en marcha las reformas imprescindibles para convertir España en un país adaptado a las necesidades del mundo actual, en el que las instituciones respondan al interés del conjunto de la ciudadanía y que no estén secuestradas por hordas de medradores aprovechados que sólo buscan engordar a costa de los presupuestos generales del estado.

Todo tiene su proceso. El juego que desarrollan el vicio y la virtud, el egoísmo y el altruismo, la sabiduría y la ingnorancia, forman parte de la naturaleza humana. La manera de andar el camino lo dice todo.

 

jaime trabuchelli