El preludio interminable

minion

 

A muchos de ellos les parece emocionante. El foco de atención, reunión aquí, reunión allá, sin parar de cobrar hagan lo que hagan. Políticamente hablando, es un paradigma. Digo la frase, “políticamente hablando”.

Porque políticamente hablando engloba todo aquello que no sigue la lógica común de las cosas sencillas. Alude a esa complejidad que sólo está al alcance de los que se entienden, políticamente hablando. Son las leyes de la levitación, de la bula para obviar lo importante, lo que es de cajón, para entrar en el reino de lo que no es de cajón sino de pliegue, de faltriquera, de escondrijo y bajo piedra.

La aberración que vivimos, la falta de generosidad que nos inunda, sólo se entiende políticamente hablando. Esta expresión es la desconexión segura de lo que está vivo y el seguro de vida de lo parasitario. “Políticamente hablando” configura el espacio insondable del preludio interminable, esa antesala del aire fresco de los optimistas, ese purgatorio de los que querrían querer creer, analogizando a Sabina, o ese infierno de los que piensan que el preludio no es tal, sino una condición permanente.

La expresión “políticamente hablando” es la que amputa el sentido de urgencia que mueve una vocación genuinamente política, de servicio público, y forra de moqueta la conciencia hasta insonorizarla por completo. Es lo que te lleva al Candy Crash en cualquier lugar de trabajo, ya sea la cámara baja, el chiscón, la mesa o el coche patrulla. Porque cuando uno esgrime la razón “políticamente hablando”, la relatividad absoluta valida lo invalidable y uniformiza lo más sublime con la máxima vileza.

“Políticamente hablando” nos lleva a unas terceras elecciones que prorrogan una recuperación urgente del maltrecho tejido social español. Pero al señor Sánchez no le parece que aporte nada positivo su abstención. Esa sobredosis política que ciega por completo al señor Sánchez y le aleja por completo de la realidad, es la que perpetúa una situación francamente indeseable para el conjunto de la ciudadanía.

Miren, Napoleón no era un demócrata como tampoco lo fue Lincoln. Tampoco creo que lo sea Rajoy, ni Rivera, ni Iglesias, ni Sánchez. Porque ser demócrata implica aceptar tu disconformidad con la mayoría con elegancia y generosidad, llegado el caso. Y hay muy poquitos seres humanos que estén en disposición de afirmar la cosa. No es nada fácil ser demócrata. Por tanto, asumimos ‘democráticamente’ una representación en el ejercicio de lo público sobre la que tenemos poquísimo control. Pero oigan, ni aceptando pulpo como animal de compañía podemos evitar que un bebé encorbatado se permita el lujo de ponerse cabezón, mientras millones de españoles sueñan con tener un trabajo que les permita llevar una vida digna.

 

jaime trabuchelli

Elecciones en España: el bufet del infierno

A medida que uno reflexiona sobre el tiempo político que nos ha tocado vivir en este país maravilloso que habitamos, se da cuenta de que lo que ve es exactamente lo que parece: una danza infernal de personajes desorientadísimos acerca de lo que está bien y lo que está mal. Y eso en el mejor de los casos; muchos ni siquiera consideran que haya unas cosas que estén bien y otras que estén mal, sino que se limitan a considerar lo que sirve a sus intereses y lo que no, sin plantearse siquiera la conveniencia de analizar si esos sus intereses son éticamente limpios o no.

Bienvenidos al bufet del infierno. Pueden ustedes elegir cuatro menús diferentes, principalmente. Lo siento, pero no podemos atender especialidades alimentarias, ni alimentos sin gluten ni siquiera exentos de alérgenos según. Verán, son menús cerrados y los alimentos vienen sin etiqueta, sin denominaciones de origen ni trazabilidad alguna.

Menú número 1: Pollo con Patatas (PP)

El pollo esta pasado de fecha, lo sentimos. Muchas de las papas están podridas. Es decir, sabemos que le va a sentar mal, que le va a producir vómitos, diarrea, fiebre y erupciones cutáneas. Pero en fin, lo más probable es que sobreviva; al fin y al cabo ya lo ha comido tantas veces que se ha familiarizado con los síntomas y hasta los ha llegado a considerar normales. Es un menú muy popular, por extraño que parezca.

Menú número 2: Pizza de Salami con Orégano y Espárragos (PSOE)

Es un menú raro. Los ingredientes de esta pizza no pegan ni con cola. Al principio parece que tiene buena pinta pero cuando le vas a hincar el diente está cruda, insípida y te quedas con hambre. El chef está muy orgulloso de su pizza, pero ni el maitre, ni los camareros ni la mayoría de los cocineros lo entienden. Cada vez lo piden menos.

Menú número 3: Potemos

Aquí no se trata de comer, sino de purgarse. En esta parte del bufet te dicen que este menú es para curarte si todos los demás menús te sientan mal, si eres intolerante a todo lo demás. Todos los alimentos son amargos a más no poder o muy picantes. Muchos están podridos pero como pican tanto no te das cuenta de entrada. Luego, cuando vas al baño, no sabes si te estás purgando o te has intoxicado nuevamente. El caso es que al final pierdes peso. Te ofrecen un postre – un final dulce lo llaman – pero lo cierto es que nunca queda.

Menú número 4: Castañas (C´s)

Muy completo el menú: de primero, sopa de castañas. De segundo, pollo con castañas – el pollo es del mismo proveedor que el primero -. De tercero, pizza de castañas – el secreto está en la masa -. De postre, un marrón glacé. Por cierto, son todas pilongas. Las buenas las esconden o las tiran a la basura.

Para beber, agua del manantial de antate, conocida como Agua Antate, distribuida por Esloquehay S.A.

Y eso que de la Escuela de Cocina patria salen unos cocineros magníficos. Pero en el lobby cerrado de los restaurantes del bufet, sólo llegan a chef los que no saben cocinar. Es extraño.

Los mejores doctores recetan resilientil, positivina y esperantina. La verdad es que a mí me van muy bien los tres. Conservo mi energía, mi mente está lúcida y no me siento pesado. Y, por cierto, desde que me llevo mi taper al restaurante me siento mucho mejor. Es lo que tiene haber trabajado ya en esas cocinas…

 

jaime trabuchelli

 

Identidad e igualdad

Kabir Sahib

Kabir Sahib con un discípulo

No hay filosofía más certera, más elevada y más sabia que la que propugna la conciencia de igualdad entre todos los seres humanos y en general, entre todo lo creado.

La igualdad trae paz, felicidad, solidaridad. Conlleva toda virtud, toda prosperidad, todo equilibrio. Muchos contradecirán este planteamiento argumentando que la igualdad puede traer miseria, abuso e infortunio. Aducirán que los totalitarismos han propugnado la igualdad en la miseria, acumulando unos pocos jerifaltes desprovistos de escrúpulos el bien que pertenece a todos. Otros dirán que la igualdad va contra la justicia, contra el beneficio del mérito, y que uno merece lo que su esfuerzo bien ha ganado, mientras que otros, arrastrados por la pereza no merecen más que lo que su inercia trae consigo: infortunio. Aun así, ¿quién no desea  benevolencia cuando comete errores, cosa de la que ninguno estamos exentos? ¿Qué sentido tiene toda tarea, todo progreso, si no va encaminado a enmendar todo posible error? Y, ¿qué tarea está al alcance de cada uno si no es la de mejorarse a uno mismo, dejando para todos los demás esa misma tarea? Conciencia de igualdad. No quieras para nadie lo que no quieras para ti mismo. La generosidad está en la raíz de todo progreso verdadero: nada es susceptible de verse transformado para bien si su impulso inicial no está impregnado hasta el tuétano de la maravillosa virtud de la generosidad. Todo ser humano posee esta capacidad, este tesoro, que es muy real y no una entelequia de la boca de charlatanes.

Armados de esta base sólida, que aporta confianza, convicción y claridad al discurso de la igualdad, podemos afirmar que todo movimiento identitario restrictivo y excluyente no hace sino ir contra la naturaleza más benéfica del ser humano. Transitan estos movimientos las sendas de la desconfianza, de la crítica indiscriminada, del enfrentamiento, del odio y del egoísmo más ciego. Se visten de esperanza, proyectando siempre en un futuro lejano e idílico todas las supuestas virtudes y beneficios que jamás llegarán, puesto que el miedo, parte consustancial de su génesis, siempre acompaña, como el hedor a la putrefacción, a toda empresa que necesite el rechazo al otro como fuente de energía.

Sin embargo, ¿no es cierto que en la crianza y educación de los hijos, la renuncia al egoísmo y el aprendizaje de la generosidad, del respeto y el amor al otro, la convivencia y el espíritu de servicio son los cimientos fundacionales de la familia y la comunidad? Del mismo modo, combatir todo movimiento identitario excluyente no debe ser jamás una tarea movida por el odio y el desprecio, sino una lucha cimentada en el diálogo, la firmeza, la pedagogía y la profunda confianza en que lo benéfico acaba convenciendo por sí mismo cuando no se cae en la tentación de utilizar medios de distinta naturaleza a los fines que se persiguen. Jamás nadie limpió una encimera con una bayeta sucia, por mucho que gritase a los cuatro vientos que nadie limpia con más ahínco y constancia que él.

Sin reflexión, sin contemplar en profundidad cuáles son las raíces de nuestras acciones, las motivaciones de todo lo que emprendemos, vamos como pollos sin cabeza. Por este camino despreciaremos la autoindagación puesto que nos confrontará con el hecho de que todos nuestros esfuerzos podrían ser en vano, y que todos los kilómetros recorridos eran en la dirección incorrecta. La confianza ciega, irracional, en los caminos del ego, no hacen sino aumentar irresistiblemente el volumen de nuestro sufrimiento. Varias guerras mundiales muy recientes ilustran de manera trágica esta verdad. Pero no son sólo los hechos los que aportan sabiduría al que los contempla, sino la reflexión profunda y sincera en su significado, sin dar por hecho jamás su comprensión.

Así que no bastan, jamás bastaron los titulares para entender una noticia, jamás basto el título para entender un libro, y jamás bastó mirar alguien a la cara para conocer quién es y cómo siente. Tampoco basta un pensamiento aquí y otro allá para conocernos a nosotros mismos.

Viene a mi mente y a mi corazón la figura inmensa de Kabir Sahib, el poeta místico más venerado en la India, que vivió en el S XV. Criado en una familia musulmana, siempre huyó de la adscripción a una religión en concreto. Toda su vida fue una alabanza a la naturaleza perfecta de todo ser humano, a la igualdad más sublime, y el rechazo a todo sectarismo de cualquier signo. Cantó sin descanso la unidad esencial de todo y todos, con gran belleza. El pone el foco en la tarea esencial, aquella que constituye el mayor reto de todo ser humano:

“Sé fuerte y vuélvete a ti mismo. Ahí te hallarás en tierra firme. Considera esto, ¡oh, corazón mío! No te vayas a ninguna otra parte”.

Poner freno a la mente y ver con claridad el propio corazón es verdadero conocimiento. A nadie le está vedada esta tarea. Esto es reflexión, sabiduría. Si no, nos quedamos anclados en titulares sin sentido, en caras sin alma, en una vida vacía y desprovista de sentido. ¿Que no está de moda, que esto es una utopía? Craso error.

La moda tiene un irresistible atractivo por transmitir una sensación de novedad, de viveza, de belleza recién nacida. Eso está bien. Pero el origen de la moda, de la creatividad, está en el corazón de cada ser humano. Una vez que eliminas todo prejuicio de tu mente y te estableces en su pureza original – un derecho de todos y cada uno de nosotros – te conviertes en el creador más original: tú eres la moda. Tu opinión tiene valor, tus propuestas son genuinas y tu vida adquiere un brillo único, inefable, maravilloso. Esta limpieza de tu mente hace que el respeto a todo y a todos surja de manera espontánea, natural, de ti. En realidad es algo muy natural y sencillo, que puedes ver a diario en un bebé, en las personas que te rodean cuando tienen un buen gesto hacia ti, en la naturaleza, en las nubes que dejan caer la lluvia de manera desinteresada, nutriendo nuestra existencia.

La conciencia de igualdad, un maravilloso antídoto contra la estupidez.

Que tenga usted un día maravilloso.

 

jaime trabuchelli

 

Leadercare

A menudo, en los tiempos antiguos, los líderes de la tribu eran elegidos por haber demostrado a lo largo de un tiempo prolongado un espíritu de servicio constante, un deseo de beneficiar a la comunidad a prueba de intereses personales. Este liderazgo es, como todas las cosas grandes y benéficas, algo sencillo y difícil de encontrar en las comunidades humanas.

Pero cada vez más nos encontramos una sensibilidad  creciente hacia este tipo de actitudes y un número cada vez mayor de personas que desde sus puestos de responsabilidad buscan nutrir, apoyar y acompañar a las personas que dirigen hacia una plenitud mayor en lo personal y en lo profesional. Está ocurriendo.

Es un efecto positivo de la ley de la competencia – alguno tenía que tener en términos estrictamente humanistas – el hecho de que al final se busque con ahínco un mejor resultado a largo plazo. Y es que no queda más remedio que tratar bien a un ser humano para conseguir que dé lo mejor de sí. El quid de la cuestión es en qué consiste “tratar bien a un ser humano”, cómo se materializan en el ámbito del trabajo en el que ahora nos centramos, los principios de respeto, amor, apoyo y fortalecimiento.

Las exigencias del trabajo son muchas. Invertimos muchas horas, muchos esfuerzos, ponemos nuestras capacidades en juego y renunciamos a muchas cosas en nuestra vida en pos de entregarnos a la tarea laboral. De todas estas cosas, el nuevo líder que emerge, es consciente en cierta medida, y partiendo de esta visión de la persona como ser inteligente y sensible, como un igual en todos los términos esenciales, es capaz de establecer una relación auténtica y de crecimiento, un compromiso de colaboración real, que supera a todas las formas tradicionales si no desde el punto de vista personal, sí desde el profesional y formal. Y es que cuando se conjugan todos los ceros de las nuevas tecnologías de la información y el conocimiento acumulado en las últimas décadas con el uno primordial de la ética profunda e intemporal del corazón, obtenemos un escenario en el que los frutos son exponencialmente superiores a los obtenidos de cualquier otra manera vista antes. Todos esos ceros del avance en el conocimiento científico quedan inútiles, sin valor real, si no incorporamos, a su izquierda el gran uno del respeto básico, enraizado en la sublime conciencia de igualdad entre los seres humanos. Los complejos de superioridad en inferioridad, la sensación de alienación y separación que vienen de abandonar esta conciencia de igualdad, están en la base de toda infelicidad, y en el ámbito laboral, de toda ineficiencia.

Es por eso que la espiritualidad, la filosofía más elevada, son lo más importante también en el mundo de la empresa y las organizaciones. No hay cultura empresarial, clima laboral que prosperen y sean genuinamente buenos sin unos principios básicos enfocados a nutrir a la persona de manera integral. Todo esto tiene un sinfín de implicaciones estratégicas en el mundo de las organizaciones y se materializa en “artefactos” que a la larga se convierten en símbolos de una nueva cultura empresarial que regirá la vida laboral de muchas generaciones futuras.

leadercare

Lo que se consigue finalmente es que los productos y servicios de una compañía u organización que se rija por los principios de leadercare, serán productos y servicios con un valor añadido irresistible de calidad holística: productos y servicios buenos en todos los sentidos, surgidos de una compañía buena en todos los sentidos.

¿Líderes y empleados? Básicamente no. Evidentemente funciones distintas serán llevadas a cabo por personas distintas, con etiquetas diferentes. Pero lo más importante serán los principios y valores que inspiren a todos y cada uno de los trabajadores de tan loable organización.

Está ocurriendo.

 

jaime trabuchelli

Cinco meses después

“Qué alegría vivir, sintiéndose vivido”  Pedro Salinas

 

Fue sobre todo la ilusión política con mayúsculas lo que me impulsó a comenzar esta serie de artículos ya de años, bajo el título “Sin pensarlo demasiado”, que era una declaración de principios de frescura y no tanto, puesto que suponía también un compartir de lo posado y meditado durante décadas.

Después pasé por la molienda de la cloaca política, transitando las alcantarillas infectas del ansia de poder a cualquier precio, irrespirables. La catarsis de todo aquello requería de una heroicidad a la que mi espíritu no se veía inclinado. Sólo unos esfuerzos, no pequeños, acompañaron a mi irrelevancia personal. Sin embargo, hubo gran belleza en aquel impulso, aquella iniciativa colectiva de los que creímos – y aún creemos, al menos algunos todavía – en la bondad del hombre y los paraísos aterrizados. A eso no voy, no vamos a renunciar nunca.

Escribo hoy de nuevo movido por el afecto a esta fe, por el amor extraordinario que siento por todos aquellos que florecen en el estiércol de la inconmensurable mediocridad que arriba a nuestras costas y que pringa los diarios y telediarios. Allí andamos guarecidos, implícitos, en estas costas digo, filtrando como la arena, atravesados, una y otra vez, ese pringue que dije y me recorre, pero que nunca al fin alojamos.

Porque nada al fin y al cabo puede con la necesidad de lo bueno. Así que sigamos negando que lo vulgar sea irremediable, necesario, porque no hay mayor perversión que la pretensión de inmortalidad de la inmundicia.

Las mayorías sobrecogidas por la inercia y la pereza, por el desánimo, necesitan siempre minorías que abanderen, que lideren un ánimo incorruptible, unos valores resplandecientes que restauren la dignidad del día a día. Este es un discurso antiguo pero siempre nuevo, desgraciadamente muchas veces manipulado por odiosos fascismos, comunismos y extremismos sectarios en general. Pero al final uno se da cuenta de que en origen, sólo el verdadero deseo del bien común, que no cae jamás en la tentación de utilizar medios contrarios a los fines perseguidos, es legítimo portador de los valores perennes.

Puesto en palabras sencillas, que nunca consigan hacernos creer que el egoísmo pseudo político, que la incapacidad para la grandeza que hoy día muestran nuestros políticos – por mucho que el desfile de payasos internacional los hagan medio buenos a veces – sea la única alternativa posible. Estamos germinando.

Y es por eso que, contra todo pronóstico, proclamo mi absoluto optimismo en la resistencia. Como vosotr@s, de los que tanto aprendo.

Abrazos.

 

jaime trabuchelli

 

Elogio del cero

cero

Se da una diferencia sustancial entre los números romanos y los árabes. En los números romanos no existe el cero. Y el paso de Grecia a Roma supone una desconexión con las raíces de la filosofía, bien representada por un Pilatos inoperante frente al abandono de lo bueno, del valor evidente. En Nazaret nacía la referencia de lo que aún hoy acontece: la tortura, el eclipse de la Verdad a manos de la ignorancia.

Ocurre que lo más obvio es a menudo lo más valioso. Ocurre que lo más valioso es a menudo lo mas ignorado. Y ocurre, que lo más ignorado, es, casi invariablemente, lo más necesario.

No hay paz si no se profundiza suficientemente en el significado esencial del cero. El cero es el espejo.

La necesidad de profundizar es el cero. Lo que anima al explorador es el cero. Lo que no se puede conceptualizar, lo que escapa a la acción, es el cero.

El cero es inútil a cualquier propósito encaminado a añadir algo. Pero, indefectiblemente, todo valor acaba revirtiendo en el cero, puesto que cualquier existencia es mutable por naturaleza.

Einstein habló de la energía como algo que no se crea ni se destruye, sino que sólamente se transforma. Y todo es energía. A medida que vamos profundizando y ahondando en las sutilezas de esta energía, vamos eliminando hipótesis, restando. Sócrates hizo lo propio en su “sólo sé que no sé nada”. Sankaracharya, en su Viveka Suda Mani – La joya suprema del discernimiento -, llevo el “neti neti” – esto no, esto no – del Vedanta, a la limpieza más absoluta.

El cero. Encierra la grandeza de la humildad total. La evidencia del Ser. El esplendor de la Conciencia. Naturalmente supone la muerte del ego, la evidencia de su irrealidad. De hecho, a la luz de la Conciencia la dualidad, la identidad separada, se revela como una broma infantil, algo que jamás tuvo la condición de realidad. Un mero reflejo tomado por real a causa de la ignorancia.

Pero occidente huye del cero como de la peste, enferma de horror vacui, henchida del “Ego de la civilización” tan brillantemente descrito por Swami Chidvilasananda en una de sus magníficas conferencias.

¿Es feliz nuestra civilización?

Ni de lejos. Huímos de nosotros mismos. En occidente el cero se traduce como carencia, ya que sólo lo manifiesto se ha convenido en considerar valor. Observable, objetivo, real. Todo ello condena al Ser, a lo trascendente, al universo de lo despreciable. Realmente, esto es un paradigma despreciable en sí mismo, carente de todo valor y generador de todo sufrimiento y miseria. Vivimos en una aparente opulencia – muy desigual -, en la ilusión del progreso, llevando de atracción en atracción el infierno interior como inseparable compañía. Innecesariamente. Somos la alegría ignorada.

Poner rumbo al cero con valor, adentrarnos en el universo interior que pulsa incesantemente, abandonando toda pretensión e impostura, trascendiendo una mente que ha creado un laberinto con los mimbres del tesoro. Aquí una puerta.

 

jaime trabuchelli

Usted se va a morir

Es una obviedad. Una obviedad huída por muchos y una lección de nacimiento de indudable valía.

La muerte es benéfica y necesaria. El sistema colapsaría si no muriésemos – está a punto de hacerlo de cualquier manera -. El equilibrio da la bienvenida a la muerte.

Todas las preguntas importantes de la vida surgen de esta realidad inamovible, la más democrática de todas. Todos vamos a morir. Es más: con el tiempo, nadie se acordará de nosotros. ¿Sabe usted el nombre de sus 16 tatarabuelos? Ni siquiera tras unas pocas generaciones nuestra propia familia se acuerda de nosotros.

Esta realidad demuestra lo poco trascendente que es todo lo material, incluído el cuerpo, por supuesto. La conservación del patrimonio cultural y artístico es el intento de conectarnos a la sabiduría de las generaciones anteriores, aprender de su experiencia. Pero lo primero es la reflexión sobre nuestra propia existencia, sobre lo que es importante y lo que es secundario en la vida y en la muerte.

La primera cuestión que me viene a la mente cuando pienso en la muerte es: ¿para qué vivir? Y después de la muerte, ¿qué? A la segunda pregunta que cada uno encuentre su respuesta, yo ya tengo la mía, pues no tengo ninguna duda de la trascendencia del alma. En cuanto a la primera, para mí resulta bastante ilustrativo observar las vidas de aquellos que han dejado un legado sustancial, importante. Aquellos que lograron mejorar la vida de las generaciones contemporáneas y las futuras. Sin duda Gandhi reflexionaba a menudo sobre el hecho de la muerte propia, y su vida fue un ejemplo de labor desinteresada, de búsqueda de sentido. Hizo cosas muy grandes anclándose en cosas muy sencillas.

Si usted es capaz de sostener en su mente el hecho de que va a morir, va a despertar de nuevo, en plena vigilia. Esta conciencia es como el fuego en la fragua: elimina la escoria y mantiene el metal puro, sin mezcla. Lo superfluo es visto como tal, y por tanto, es deshechado. Lo importante brilla con más fuerza, dotando a la vida de un sentido mucho más claro, una alegría mucho más viva y acciones más valientes y nobles.

La muerte, la gran incomprendida, es una magnífica maestra.

 

jaime trabuchelli

 

Una fe sin fronteras

Campos de Trigo

“Dejad que el trigo crezca en las fronteras, porque una flor no puede ser hermosa si no dejáis que el trigo crezca en las fronteras”

Carlos Oroza

Somos hombres y mujeres de fe. La mayoría, de manera inconsciente, por eso de que el ego intelectual exige razones serias – que no son más que cadenas circulares que parten de una fe – y luego algunos, que aceptamos el hecho de que creemos en una intuición primera, en una experiencia interior que asociamos a determinadas cosas. No he sabido explicarlo con mayor sencillez, y seguro que se puede. Para eso sirven los ejemplos: yo creo en Dios porque todo lo que veo y siento me parece admirable, inconmensurable, obra de una inteligencia y una sensibilidad fuera del entendimiento de mi mente. Por tanto, Dios. Y creo en la bondad fundamental de ese Dios, en la unidad de todo, en la felicidad básica de la existencia consciente porque quiero. Y porque me parece lo único sostenible. Y porque deseo ser feliz por encima de todo, y sin esta creencia no sería posible. A partir de ahí, razono lo que queráis. Pero la razón no es la base: la base es la fe, la experiencia, la existencia, la conciencia, la dicha.

Bien, ahora la política. Ahora Cataluña. Ahora este experimento vital que es el movimiento independentista que no es más que una creencia, una fe, una emoción arraigada en un convencimiento irracional – como todo – para la búsqueda de un sentido, para el alivio del aburrimiento y para enriquecerse algunos. Como todos los fanatismos, el sectarismo es la seña de identidad fundamental de la cosa. Y como todo sectarismo, la cadena de razones justificatorias para tales postulados, es pueril y radicalmente fracturadora. El enemigo es creado de manera irreflexiva, quimérica, sin repeto alguno por los hechos, una especie de sumidero al que confluye todo líquido inflamable, un magneto imperial al que vuelan todos los férreos males. Simple y efectivo, para mentes simples y perezosas, prontas a la solución rápida y chapucera que satisfaga las urgencias de la cojera intelectual, de la pobreza emocional y del hambre del odio proyectivo.

Todos estos ingredientes conjugan el caldo de cultivo del ébola social, de la contaminación de la convivencia. Pero es lo que toca. Es la lección contemporánea, la prueba de que no hemos aprendido aún como sociedad las lecciones que de manera tan terrible se nos mostraron en el S XX. La sabiduría no acaba de cuajar, no acaba de permear en una mayoría, igual que la caligrafía se pierde por las alcantarillas del S XXI, igual que la filosofía se institucionaliza como tomos molestos y preguntas incómodas para la pragmática clase política, igual que el materialismo atroz se come la calma de la ciudadanía, igual que la poesía se está convirtiendo en un mito lejano, aislado, con cara de premio nonagenario y discursos para tres.

Pero no. No cuela. Y no cuela porque la humanidad tiene hambre. Tiene hambre de sentido, tiene hambre de verdad, tiene hambre de paz, de amor. Hambre de libertad, porque no ha sido conquistada. Ni de lejos. La humanidad está presa de un paradigma constrictor, alienante, que no da solución alguna a lo que verdaderamente importa, y que a lo único que lleva es establecer reglas al pillaje. Reglas urdidas para un lobo socializado, con piel de cordero, depredador a oscuras. Cárceles, rejas, cerrojos, policía, guardas de seguridad, ejércitos y armas. Estos elementos no forman parte de la normalidad, porque nuestra civilización está enferma. A todo esto, sobre esta base, la misión del salvapatrias, del “iluminado” de pacotilla, del sacaduros, está servida. Empezamos por esquilmar la Banca Catalana, por intimidar a los Obiols, y vía libre. Luego vamos construyendo sin descanso el edificio de la ignominia, viralizando, clonando los gérmenes de la satanización, elevando a los altares de las túnicas blancas de forro negro a las deidades delirantes de la religión tumoral.

Pero no podemos quedarnos anclados en el análisis del síntoma, en la pústula, sin recorrer el camino etiológico, sin apuntar al origen, al clima que hace posible tales gérmenes. Y son el egoismo y la ignorancia que invaden nuestra civilización. Y es la falta de valor para aceptar esta realidad lo que impide de manera primera abordar las soluciones con firmeza, con determinación y anclar las raíces de una verdadera convivencia en la que el miedo al otro no tenga lugar. Es aquí donde la filosofía, donde las semillas pioneras del conocimiento humano, donde el ecumenismo espiritual – ¡qué redundancia, pero lamentablemente qué necesaria aclaración! – adquieren un protagonismo, un liderazgo esencial. Pero vivimos en la sociedad del camino fácil, simple, de la imagen sin más, de las urgencias sensuales, y todo esto se desprecia con un manotazo: “¡Menudo coñazo!”.

Pero el sufrimiento y los desequilibrios crecen, la población crece sin cesar aumentando el estrés en la misma medida, la escasez, el equilibrio del planeta se rompe y los extremismos germinan, mientras la armonía, la paz, los entornos favorables se resienten. Insostenible. Cuestión de tiempo. Vivimos cien años, en el mejor de los casos. No nos pertenece el cuerpo que habitamos ni la tierra que pisamos. Todo es en usufructo y el estado de la cosa es nuestro legado. Pero no asumimos nuestra responsabilidad. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

Soy profundamente optimista porque veo con claridad las razones del sufrimiento y creo en las soluciones. Creo que las soluciones se van a imponer por pura necesidad. En la medida en que utilicemos el conocimiento ampliamente disponible para tomar cartas en el asunto disminuiremos, geométricamente, el sufrimiento del aprendizaje. En caso contrario, mucho más dolor, mucho más caos, mucha más desarmonía y llanto. Pero al final, el equilibrio se impondrá, porque es una necesidad vital tan profunda, tan incuestionable, que encuentra el camino como el agua de un glaciar encuentra el océano tras galopar en lo que parecía un camino interminable.

¿Mas? ¿Puigdemont? ¿Ratoncillos en Hamelin? Sólo me producen compasión. El sufrimiento que produce volcar todas las esperanzas en una quimera e ir dejando cadáveres por el camino, es inefable. Es como el que construye su fortuna arrebatándosela a los demás, esclavizando a otros. Estás preparando un lecho de escorpiones para tu descanso.

El paradigma no sirve. El crecimiento económico se ha convertido en una religión, los beneficios empresariales en las bienaventuranzas, la productividad en el sustituto del servicio desinteresado. Así no hay cielo, queridos míos. Sólo la garantía del infierno social. Porque nadie se la juega para denunciar una injusticia, por denunciar al jefe que abusa, al diputado que roba. Porque si pierdes tu trabajo te vas al averno. Yo no quiero volver a las religiones de dogmas vacíos, sino vivir en un mundo bueno donde no tenga que temer al prójimo, sino celebrar su compañía.

Como canta el maravilloso poeta de Vivero, Carlos Oroza, dejad que el trigo crezca en las fronteras.

 

jaime trabuchelli

 

El entusiasmo contra todo pronóstico

La democracia es una conquista que no se sostiene por sí misma.

Como todo lo que no se riega o se cuida con suficiente esmero, se marchita, se desgasta, pierde su brillo y decae. En España, sobre todo a raíz de la crisis financiera que aún sufrimos, existe una conciencia generalizada de que algo no funciona, de que la política es más un problema que una solución. La sensación prevalente es que hemos recibido una herencia valiosa que no estamos sabiendo administrar. También hay una conciencia bastante generalizada de que el poder político carece de autoridad moral para cambiar el rumbo – y por tanto su voluntad es endeble y su proceder indolente – y que las alternativas que se presentan son una aventura poco consistente e incierta. Si no, no se explica que PP y PSOE sigan siendo las dos fuerzas más votadas después de lo que ha llovido.

Pero el tiempo sigue transcurriendo sin un viraje firme, sin una alternativa rotunda que muestre un camino claro y despejado para salir de este atolladero turbio en el que vivimos.

El problema – y la oportunidad – de base es que hemos perdido la esperanza de tener una vida, una sociedad feliz, extraordinaria, guiada por los valores más elevados, por la solidaridad, en la que cada detalle esté permeado por las mejores intenciones y todo brille. Las más altas metas son absolutamente necesarias para que el transcurrir de nuestro día a día merezca la pena, para que podamos educar a nuestros hijos con la satisfacción de que les estamos facilitando la mejor de las vidas posibles. Esto no es una utopía, esto no es una quimera. Esto es lo único que se debe mantener en el horizonte como objetivo real, como aspiración legítima, como derecho de nacimiento. Si nos derriban una y mil veces en este cometido, una y mil veces debemos levantarnos y seguir, porque invariablemente, todos los grandes logros de la humanidad se han cimentado en una tarea inicial, en una lucha original imposible a todas luces. Esta soledad pionera, este entusiasmo contra todo pronóstico, es lo que hace saltar nuestras lágrimas emocionadas en el cine, en un libro, en el arte. Por Dios bendito, esto es lo más grande que da la vida: el entusiasmo contra todo pronóstico.

castillo en el aire

Es por ello que hay que tener valor para descartar todos los espejismos, para no conformarnos en la tibieza, en la mediocridad, en el infierno de la falta de amor y respeto. Es por ello que hay que denunciar lo falso, la mentira interesada, a los profetas impostados, esta política barata que nos inunda de mensajes infectos, en la que la sinceridad, la honestidad, la nobleza, no tienen lugar.

¿Hemos tenido alguna vez en la historia de nuestra civilización una sociedad ideal? No lo parece. No tenemos constancia de ello, crónicas que revelen algo así. ¿Quiere decir esto que no es posible? En ningún caso. Decir que algo es imposible es un acto de envidia proyectada.

El espíritu del Quijote sigue vivo entre nosotros. Sigamos construyendo castillos en el aire; llegará un día en que lleguen al suelo y se disuelva la pesadilla.

 

jaime trabuchelli

 

jaime trabuchelli

 

Victoria

Jugamos a controlar el mundo, nuestro mundo, fracasando una y otra vez, porque no hacemos uso de la paciencia necesaria para observarlo.

Observamos a otros, los acontecimientos, las cosas, pero nos da terror observarnos a nosotros mismos. Nos da terror comprobar que el personaje que hemos construido y llamado “yo”, es patéticamente efímero. En el horror vacui de la necesidad de identidad, en la duda fundamental sobre nuestra esencia, atrapamos con urgencia un mix de etiquetas, sentires y recuerdos y construimos un muñeco de nieve en pleno verano, conservado en el congelador de la invisibilidad, de la ignorancia, del inútil huir de la conciencia.

Estamos a merced de impulsos y emociones porque el competidor que hemos creado es manifiestamente mejorable, gris e incompleto, erróneo. ¡Qué necesidad! El mundo es de los valientes. ¿Sufren? Más que nadie. ¿Gozan? Más que nadie. ¿Viven? Sin descanso.

La opción que hemos tomado de grises espectadores, comedores de migajas, reservistas de la nada, es la peor. Sobrevivir por las sobras, latir en la agonía sorda, melancolía infinitamente lejana del recuerdo de una difuminada esperanza. Y de repente, de manera insospechada, el fogonazo.

La tabla de salvación podrida y decadente salta por los aires y el sol luce tanto que duele, descoloca. El dolor duele más que nunca y el gozo nos sobrepasa. Es el rescate y no lo comprendemos. Al poco volvemos a buscar los trozos estallados de la podredumbre y reconstruimos con manos temblorosas, como simios asustados mirando de reojo, hacia atrás, de rodillas, una amenaza inconcreta de luz y de memoria. Sangra la luz y la sombra rabia, aprieta los dientes y el alma, clavando en el aire el mapa del olvido.

Hemos heredado una libertad que nos cabalga, que jamás cabalgaremos, que sólo fuéremos ícaros de la conciencia. Las puertas al infinito se abren de par en par, infinitamente grandes, infinitamente pequeñas, sin condiciones ante el espejo. La semilla de la vida está vacía, y el vacío lo es todo. El uno no es lo que parece.

Somos perfectos.

Si estás dispuesto a morir por un instante de felicidad pura, el momento es ahora. Siempre. Nada volverá a ser lo mismo.