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Donald Trump o el gilipollas

Más allá de sus acepciones académicas -tonto, idiota, necio, estúpido -, el gilipollas es aquella persona que ha logrado instalarse en una forma de ser y hacer que sólo, en el mejor de los casos, resulta agradable o divertida a otros gilipollas.

Donald Trump es un gilipollas de libro. Técnicamente cumple todos los requisitos: inoportuno, desagradable, encantado de conocerse a sí mismo mientras los demás le huyen – evidentemente muchos se acercan al presidente, no a la persona -, ajeno a toda sutileza y desprovisto de toda tendencia a la profundización – excepto en su propia gilipollez -. Los gilipollas son olvidados tan pronto como resulta posible, ya que nada de valor se puede extraer de su legado.

Lo extraordinario es que millones de estadounidenses han creído oportuno votar al gilipollas. Y no es que se halla camuflado en la campaña, puesto que se ha mostrado tal cual en todo momento. Esta es otra cualidad de un gilipollas, el ejercicio constante, invariable, del arte de molestar a las personas de bien, a los bien educados. Colegir que millones de estadounidenses son igualmente gilipollas es una tarea harto difícil, pues se hace necesario conocerlos a todos; dicho lo cual, si la hipótesis se confirmase tras tan hercúlea tarea, el heróico investigador sólo conservaría las ganas de morir, si es que no hubiera muerto ya sin ganas tras el último ciudadano analizado. Uno no se hace antropólogo ni sociólogo para esto. Pero es que la democracia tiene estas cosas: la capacidad de llevarnos al desastre de forma metodológicamente impecable.

A veces el gilipollas prospera rápidamente. No tiene los frenos, los filtros o los escrúpulos de los no gilipollas, y eso hace que camine a menudo por una especie de vía rápida, de radial que le permite llegar antes – si no se estrella por el camino, claro está -. Seguro que todos conocemos a muchos gilipollas en las calles y carreteras de nuestras ciudades.

La vergüenza por la que están pasando millones de estadounidenses educados, corteses, amables, bien cultivados y de buenos sentimientos, no tiene precedentes. El ejemplar es único: un gilipollas perfecto. Empujar, insultar, importunar, despreciar, discriminar, fanfarronear, pavonearse, amenazar, vociferar, abusar, hacer trampas – ¿estaremos ante una etimología perenne? -, no queda ninguna característica por manifestar. Es más, seguramente podremos encontrar nuevas revelaciones en los atributos de la categoría observando en acción al ideal.

Se podría llegar a pensar que la imagen que la prensa traslada del individuo es premeditadamente la de un gilipollas. Pero lo cierto es que no podemos otorgar este mérito a la prensa, por mucho que les gustase, que seguro les gustaría, ya que ese aroma, ese algo indescriptible que define a los de su especie, impregna cada gesto, cada ademán de este Austin Powers newyorquino, nada newyorquino por otra parte – todos sabemos que los gilipollas son de un único sitio, aunque no sabemos bien dónde está -.

Evidentemente, debe haber un puñado de cosas que haga bien. Pero de entre ellas, sin duda, lo que mejor hace es el gilipollas.

La posverdad es mentira: el gatopardismo de Ciudadanos y Podemos

paradigma

Albert Rivera y su camarilla ostentan el indudable mérito de haber convertido Ciudadanos en el ejemplo perfecto de la posverdad. Este término tan de moda no es más un oxímoron que no necesita más que una palabra para configurarse, es decir, un término que alberga una contradicción en su propia semántica.

Lampedusa ya nos adelantó un gatopardismo que desglosaba aún el árbol genealógico de la mentira, para mostrarnos que el cambio podía evitarse vistiéndose de cambio.

No puedo dejar de sonreír cuando leo en las portadas de los diarios los titulares sobre el “Congreso” que ha tenido lugar el pasado sábado 4 de febrero de 2017 en Madrid – habrá muchos que lean este post mucho más tarde – y que ha constituido el apuntalamiento, en la base, manos y pies, y la transformación de lo que fue un proyecto lúcido y esperanzador, en otro oportunista, profundamente anti democrático y sobre todo, exento de valores desde su numen. Unas cabeceras destacan el giro hacia el liberalismo, otras el desmarque de la socialdemocracia y aún otras, un viraje al liberalismo progresista. Ratones.

Ni un águila a la vista que dé cuenta de lo que realmente ocurre, quizá porque a las que hay no les interese tal menudencia llamada Ciudadanos, que no es más que un nuevo decorado para una obra que se sigue escenificando con idéntico guión desde que este muchacho de Barcelona accedió a la presidencia de la formación por gracia del alfabeto.

Muy lejos quedan los aromas del espíritu fundacional, muy atrás los Azúa, los Espada, los Boadella; personalmente, doy por muerto el proyecto.

Y no por los giros que apuntan, muy ingenuamente, los diarios. Porque, como muy bien dijo Pablo Iglesias, Rivera no es de izquierdas ni de derechas, sino de lo que haga falta. Y él lo sabe muy bien, porque es exactamente igual. Tanto Rivera como Iglesias, uno desde el discurso de la sensatez y el otro desde el de la ruptura y la revolución, representan un paradigma idéntico: todo por el poder. Y por eso son la viva imagen de la posverdad, los mismos acuñadores del término y los dignos herederos de un PP y un PSOE que han venido a ser pioneros en el guión, mas ya caducos en el formato.

No señores, no. Ni liberales, ni socialdemócratas, ni progresistas los unos;  ni revolucionarios, ni izquierdistas, ni comunistas los otros. Ambos, oportunistas. Ambos, lampedusianos. Ambos, imagen viva de la posverdad. Y abandono ya un término que es como un ojo de cristal, que nunca fue ojo aunque quiera parecerlo.

Todos ellos saben a qué juegan, todos tienen muy bien interiorizada la consciencia de escenario y ahogan su conciencia en el pútrido estanque de la relatividad. Sólo en la confusión prospera la mentira. Un único paradigma imperante: la ausencia de integridad.

Todo el que se sitúe al margen del paradigma se encontrará ante la fuerza centrífuga de este status quo, que más tarde o más temprano acabará por derribar con tanta más fuerza cuanto mayor sea su ímpetu. Pero no para siempre. A su debido momento madurará el nuevo paradigma y caerá el teatro de la vergüenza. Quién sabe cuando.

América está inmersa en su nuevo lema: In God we Trump. Nadie está exento. Quizá estemos en el culmen de este paradigma de la perversión, del desprecio a los valores, al bien fundamental. Esto supondría un punto de inflexión que daría un nuevo brillo a nuestros ojos y un nuevo ímpetu a nuestra moral. Yo creo que ahí estamos. No puede quedar lejos el momento en que quede en evidencia la locura a la que hemos llegado, después de tantas lecciones que debimos aprender de la historia.

Giro liberal, progresista, socialdemócrata, revolucionario, reformista…. No se crean nada. La posverdad es mentira.

 

jaime trabuchelli

 

El charlatán

Afirmar que hay una sola manera de ser libre es toda una declaración de intenciones.

Albert Rivera no fundó Ciudadanos, ni tampoco redactó, ni siquiera ayudó a redactar, el manifiesto fundacional. Fue un conjunto de circunstancias, azarosas en buena medida – también acepto que fue el destino – las que le llevaron a la presidencia del partido al que se afilió allá por 2006.

Si mostró desde el principio buenas dotes de combatividad dialéctica; una gran facilidad para ordenar ideas y plantearlas de manera clara, prístina, con poco papel y una gran capacidad para defenderlas. Muchos le seguimos, convencidos de que encarnaba aquello a lo que daba forma con su discurso.

El último congreso de Ciudadanos no vino sino a ratificar formalmente aquello que Rivera escondía tras su discurso: una regeneración de bonsai.

El bonsai es un árbol al que se jibariza, al que no se le deja crecer sometiéndole a una disciplina férrea de podado y exigencias de forma, al que día a día se le da un aspecto a la medida de la imaginación del que lo fuerza.

Para Albert Rivera el militante es un proyecto de bonsai. Una mente que debe ser sometida al rigor de sus exigencias, al seguidismo más absoluto, al arte de aplaudir sin excepción. Las ideas que el barcelonés sostiene en su interior deben ser adoradas con ritos precisos, meticulosos e insoslayables. Del mismo modo, las mudanzas ideológicas deben también ser asumidas con naturalidad, pero eso sí, nunca antes de ser establecidas por el mutante primigenio. En definitiva, Albert, nunca se logró la libertad con un ejército de esclavos. Gandhi no logró la independencia de la India atemorizando a sus seguidores, sino inspirando un movimiento colectivo de dignidad individual, apelando a los valores que nunca franquició, sino que transmitió con franqueza y coherencia. Para beneficiar a la comunidad, uno puede ser el principio de algo, pero nunca su fin. Las grandes transformaciones son siempre una obra abierta, colectiva. Cuando uno representa el espíritu de una generación, aceptar la diferencia no lleva nunca al caos, sino a gravitar ordenadamente en torno una armonía de valores que confluyen en beneficio de todos.

Este chico hizo una foto de la Sagrada Familia y la confundió con la realidad. La mente tiene estas cosas: es la gran fábrica de espejismos, la gran artífice de la infatuación. Nos muestra el objeto de deseo con colores vívidos y toda suerte de detalles… y creemos haber hallado la felicidad. Cuánto lloramos después nuestro error, es la historia de todos los días.

Teníamos, tenemos, muchas ganas vivir en una sociedad amiga, construida en virtud. Queremos que nuestros hijos crezcan en una comunidad que sirva de alimento para todas sus necesidades, que conspire con todo aquello que deseamos desde lo más profundo de nuestra alma: solidaridad, prosperidad, honestidad, valentía, generosidad, y en fin, todos los valores que hacen a la vida digna de ser vivida. Para ello confiamos en la política como piedra angular del cambio, como canal que diera curso, cauce, a toda una corriente entusiasta de seres humanos dispuestos a trabajar, a entregar lo mejor de sí para el beneficio de la comunidad. Qué intención tan noble, tan grande, tan loable. Pero la sociedad no estaba preparada, ni nosotros tampoco supimos leer el signo de los tiempos. Por no saber, no supimos siquiera distinguir si nuestro líder representaba todo aquello a lo que aspirábamos. Y así nos fue.

Albert Rivera se engaña a sí mismo todos los días, construyendo castillos en el aire, sosteniéndolos con su soplido. Mientras tanto, una pequeña legión de porteadores pasean la imagen por las calles de los medios, barriendo sin contemplaciones a todo aquel que señale la artificialidad de la figura. Para ello evitan que los curiosos se acerquen más de lo necesario, ya que en la proximidad es inevitable desvelar el engaño.

El rey sigue desnudo, desde aquel cartel que lo anunciaba. Nunca ganamos el mundial del 82.

 

jaime trabuchelli

Los fundamentos de la civilización

ser-azul

Parece como si nos agarráramos a la democracia como si fuera la base de toda convivencia, la primera piedra del edificio de la civilización, el suelo que sustenta la evolución de la humanidad. Craso error.

Fiarlo todo a la democracia es como andar hipnotizados por el pentagrama, embelesados con la paleta, arrobados por la pluma, ignorando a la vez al artista y a la obra, al compositor y a la sinfonía, al pintor y al cuadro, al poeta y a la poesía.

La democracia per se no nos salvó del nazismo, sino que le sirvió de andamio. Tampoco nos ha protegido de los populismos perniciosos, empobrecedores de espíritu y  cosechas. Mucho menos nos ha protegido de la tiranía de las burocracias, de los arquitectos de una ley calculada para revertir el beneficio hacia sus propios canales de riego, y aún menos nos defiende de la tiranía de la justicia ineficiente y de los medios de comunicación secuestrados por sus mantenedores.

Me gusta la democracia, claro que me gusta. Me gusta una democracia basada en los principios que nutren una humanidad solidaria, que prioriza el bien común, que protege la verdad y que jamás da la espalda a los indefensos, porque consigue que nadie quede establecido en tal condición. Pero esta democracia, este tronco fuerte y hermoso, no es, por sí mismo, la base de la civilización, el numen de la convivencia. Hemos de tornar nuestra mirada a las raíces, a los valores, al destilado esencial de lo mejor de la condición humana: el anhelo genuino de una sociedad feliz, la renuncia a la perversión de la codicia, el respeto y el amor a todos como suelo, como cimiento, como aire en el que respirar.

Es desde estos valores, a estos valores, virtudes, principios, como los queramos llamar, a los que tenemos que agarrarnos como primer resorte, como primer paso, como primer aliento. Y no sólo. El hilo conductor, el cemento, los eslabones de la civilización han de estar formados de estos elementos primordiales.

Demasiado sutiles, demasiado etéreos para algunos, para muchos; quizá demasiado difíciles de enarbolar para otros, para muchos; demasiado en desuso para una mayoría. A la hora de la verdad, la virtud marca la diferencia en todo. En los tiempos actuales esta diferencia está clara: lo peor de cada casa está en el puente de mando.

El individuo es la esencia de la civilización. Desde el corazón del individuo se teje el infierno o el paraíso de los mundos, como el sol hace visible toda la manifestación. Todo el trabajo se inicia en el íntimo silencio de la soledad, en la reflexión, en los resortes atávicos de la pura intención. El Conde de Buffon lo expresó de forma bellísima: “El estilo es el hombre mismo”. Del mismo modo la filosofía india del Yoga habla del karma yoga como el camino de la acción desinteresada, del amor a la acción por sí misma. La simple generosidad habla de que uno está nutrido por su propio corazón, y por tanto cualquier acción desde este punto es en beneficio de toda la humanidad.

Sí, debemos asumir una meta más alta, más elevada, más noble, porque si no la tensión de la vida no es suficiente y acabamos hundidos bajo el manto de la miseria, de la apatía inercial, de la falta de propósito, de la decepción crónica. Sólo depende de una decisión, y esta decisión no depende de nadie más que de uno mismo. Ser uno mismo resulta en ser independiente, firme, alegre, determinado a ser feliz y a hacer felices a los que tenemos a nuestro alrededor. Todo ser humano alberga una grandeza inigualable, que exige la valentía primera de abrirle la puerta. Todo lo demás viene después.

Y después viene la democracia, pero una democracia con médula en sus huesos, no la osteoporótica actual, que no se conoce a sí misma y es pasto de roedores. Una democracia sana no es un barco sin velas ni timonel, mero casco. El arte de la navegación y el propósito del navegante, eso da sentido, velas y timón al barco.

Lo más obvio es lo primero que se pierde, como con la presbicia se nubla lo cercano pero permanece claro lo más alejado. Es así como pasamos a considerar motores a las ruedas, botellas a las fuentes y seres a los cuerpos.

Esa fuerza centrífuga llamada ansiedad, el estrés de nuestros días, se ha constituido en una capa espesa, de inusitado grosor, que nos aleja del núcleo una y otra vez, que desvía nuestra mirada de la verdad evidente del ritmo natural del ser. Una capacidad inconmensurable para retornar a la unidad original, para dominar la compulsión de la mente, yace en todos y cada uno de nosotros.

Cada ser humano funciona como la bolsa, digamos, de Nueva York. Cada uno de nosotros utiliza su Dow Jones particular; muy influenciado, eso sí, por el paradigma actual, por las creencias compartidas por una cultura fruto de un legado pero que se cocina día a día de nuevo, en cada casa, en cada ciudad, país y continente. Y en cada mente individual. Cotizan las ideas, los valores, las creencias. Una de ellas, básica, esencial, es nuestro propio ser, nuestra identidad. Quién somos cotiza, no lo duden, en nuestro propio parquet. Y el precio jamás lo ponen los demás, a no ser que lo permitamos. Lo cierto es que el valor es máximo, incuestionable, y toda fluctuación a la baja es perversión.

Sí, claro, democracia. Pero no a la deriva.

Felicidades por Ser.

 

jaime trabuchelli

 

La fragua, la leña y el fuelle

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La era de mayor prosperidad material de la historia, con mayores medios físicos e intelectuales, con el mayor volumen de información disponible, inimaginable hace décadas, con el mayor conocimiento disponible sobre nuestro pasado reciente y lejano, está dando un fruto paradójico, desconcertante: el auge del populismo zafio y ramplón, con toda su cohorte racista, insolidaria, agresiva, mezquina y vil. Las tendencias más negativas de la humanidad han conseguido llevar al liderazgo de la primera potencia mundial a su representante perfecto: un wasp tan astuto como carente de escrúpulos, tan ávido de poder como firme en su voluntad de amputación. El maniqueísmo extremo en la base de toda demagogia, la nula voluntad de diálogo travestida de falsas buenas intenciones en el mejor – o peor – de los casos, ahora lidera el mundo – ¿civilizado? -.

No deja de llamar la atención que un país que marcó tendencia en el último siglo haya seguido actualmente la estela de  Europa de manera acentuada y multiplicada. Mientras en el viejo continente surgían con fuerza a raíz de la crisis fuerzas populistas de todo signo – Francia, Grecia, España, Gran Bretaña… – uno de los presidentes más benéficos de la historia de EEUU se hacía con la presidencia de un país azotado por la Gran Recesión. Es más, Obama deja un país infinitamente más saneado enconómica y socialmente de lo que encontró en 2008, aunque a la vista está que las grietas de una cultura que no se sostiene a sí misma han sido finalmente permeables al linimento de la corrupción ética, en la base de todo populismo excluyente con tufo totalitario. El sustrato cultural e ideológico, el modo de pensar interiorizado por las mayorías, suponen finalmente una corriente de fondo superior a la coyuntura económica, mostrando que los presupuestos marxistas carecían de la profundidad necesaria para interpretar la historia moderna y no sólo incapaces de sostenerse en la praxis como bien demuestra nuestra historia reciente.

Pero no sólo las ideologías del S XX han demostrado su incapacidad para dar respuesta a los retos de nuestro tiempo, sino que la propia democracia también muestra de nuevo signos de desprotección frente a sí misma. Los riesgos del relativismo extremo de una sociedad desespiritualizada – si me aceptan el ‘palabro’ – hacen que la paz social, la evolución ética de la sociedad esté expuesta a los ataques impulsivos y compulsivos de las masas más ignorantes, para las que, al parecer, nunca falta un líder de discurso hediondo. Así que Donald Trump ha encontrado suelo fértil en unos Estados Unidos borrachos de sí mismos que le han apoyado de forma masiva. Por supuesto, estados como California y Nueva York, mucho más abiertos y cosmopolitas no han apoyado la aberración; es curioso observar como los estados abiertos a los océanos, más abiertos al mundo por definición, se han opuesto de manera casi unánime a la corriente reaccionaria.

¿Y ahora qué? Pues mucho me temo que jarabe de palo. Es el momento de averiguar si la sociedad mundial se diferencia sustancialmente de la sociedad que en el S XX no fue capaz de evitar los desmanes de la locura, y somos capaces de activar los mecanismos necesarios para protegernos de nosotros mismos. Es momento de averiguar si nuestro intelecto colectivo está en condiciones de discernir entre la prudencia y el racismo, entre prójimo y enemigo, entre dictador y líder auténtico, entre remedio y enfermedad.

A veces la ignorancia sólo se cura a altas temperaturas, del mismo modo que hay que fundir el oro para eliminar la escoria. Donald Trump ha prometido encender el horno, y la sociedad establecerá cuanta leña hace falta para abrir los ojos. Mientras tanto, démosle al fuelle del conocimiento para que no haya más leña de la que arde.

 

jaime trabuchelli

La antesala del pensamiento

Nuestra mente es un espacio infinito de libertad. Es tanta la libertad – toda – de la que disponemos a la hora de sembrar en ella – la mente – lo que queramos, que nos resulta realmente difícil asumirla.

Un niño crea incesantemente a voluntad todo aquello que su deseo espontáneo va generando. Su conexión emocional con el mundo es tan intensa que apenas distingue entre lo que está a un lado y otro de su mirada. La potencia de la experiencia de un niño es tan grande como la inmensidad que percibe más allá de su alcance.

Hemos creado una jaula de férreos barrotes desde la que observamos un mundo al que hemos cedido la mayor parte de nuestro poder.  De manera prácticamente inadvertida, hemos ido dando por hecho una serie de presupuestos limitadores, heredados la mayoría de ellos, y hemos depositado ese poder que nos pertenece dentro de los mismos, como si utilizásemos la mano propia para abofetearnos sin remedio.

Nos hemos conformado con tan poco… Vamos corriendo de un lado a otro constantemente, olvidando hasta el placer simple de respirar. Vamos saltando de un entretenimiento a otro, del teléfono móvil a la televisión, de la televisión al periódico, de la cháchara constante al agotamiento. Si paras en un parque a observar los árboles o el cielo, es probable que te consideren un loco o que simplemente piensen que esperas a alguien. No está de moda disfrutar de uno mismo.

Porque el mensaje subliminal que este mundo loco por consumir, por entretenerse, por huír del horror vacui, es que uno mismo no es suficiente. No basta ser. Poseer, tener, consumir, devorar, correr… La locura se ha normalizado.

Este es el problema, no hay otro. La falsa idea de que no basta con ser. La felicidad eternamente secuestrada.

La buena noticia es que esto es una gran mentira. Sólo ser es suficiente para la felicidad. El sabio del Tao Te Ching hace una poderosa pregunta: “¿Puedes disuadir a tu mente de su extravío y sostenerte en la unidad original?”. Una invitación en toda regla a recuperar tu propio poder y liberarte de las cadenas que uno mismo se pone.

La mente es un motor que funciona impulsado por ti mismo, guiado por ti mismo. El pensamiento es un poder que se nos otorga de nacimiento  y con el que jugamos la inmensa mayoría del tiempo como un bebé con un misil.

A lo largo de la historia ha habido millones de seres que han utilizado su pensamiento para liberarse de las cadenas, para sacudirse la limitación de sentirse pequeños y miserables. Casi sin excepción han sido tomados por locos.

Ciertamente la felicidad es nuestro estado natural. Detrás de cualquier atisbo de infelicidad se halla una noción limitante sobre nosotros mismos y el mundo. Y detrás de cualquier noción se halla nuestra libertad de elección, de pensamiento y acción. No hay excusa. Y es una grandísima noticia. Es un reto extraordinario que merece siempre la pena afrontar, día a día, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo.

La experiencia de cualquier fenómeno no radica en el fenómeno en sí, sino en la interpretación que hagamos del mismo.

Desde lo más profundo de mi corazón, te deseo la felicidad más plena.

 

jaime trabuchelli

A fuego lento

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Desde que dejé Ciudadanos me faltan dedos en las manos para contar las veces que me han pedido sumarme a nuevos proyectos políticos. Nuevos proyectos bien intencionados que buscan dar una alternativa potable dentro de estos infectos humedales en los que se han convertido las formaciones políticas actuales.

Pero lo cierto es que me chocan las prisas en todos los casos. Siempre comento, además, que fundar un partido es como tener un hijo. Le das todo, te vuelcas, entregas lo mejor de ti para que prospere, crezca, se nutra, adquiera conocimiento y sabiduría y pueda enfrentar la vida con las mayores garantías, para que enriquezca el mundo en el que vive, pero no puedes esperar un retorno. No debes esperar que te corresponda, que te restituya lo dado, ni siquiera que te reconozca el esfuerzo, el amor. Porque lo que tiene valor en tu entrega es precisamente eso: lo entregas. Encuentras satisfacción en el mismo hecho, en el momento en el que lo haces, sin proyectar a futuro ningún deseo de retorno.

De modo que si fundas un partido, debes estar dispuesto a que te dé la espalda en cualquier momento. Este punto cero de generosidad no es algo a lo que el común de la gente, por muy bienintencionada que sea, esté dispuesta a aceptar. Aceptar esto significa que te entregas a un proyecto porque tienes algo que dar, que ofrecer, de manera genuina, y no porque tengas una necesidad de recibir, de ser reconocido o de cualquier otro tipo. Esto, es sumar. Si no, es restar.

En un partido político como Dios manda, sus miembros han de tener una formación muy completa. Cada uno debe cumplir la función para la que esté preparado, y todos deben estar preparados para comprender lo que significa estar dispuestos a gestionar las instituciones con solvencia, integridad y generosidad.

Es alarmante comprobar cómo prácticamente la totalidad de los políticos llegan a las instituciones sin saber cómo funcionan, sin conocer en realidad qué es lo que se espera de ellos, cuáles son los procedimientos, los reglamentos de las cámaras o consistorios… No están preparados para hacer su trabajo, y por tanto, el funcionamiento de las instituciones se resiente sensiblemente. Un partido político debe formarse y formar a sus miembros para que en el caso en que lleguen a representar a sus votantes en las instituciones, sean competentes para dicho desempeño. Muy lejos de esto, los partidos actuales dedican la mayor parte de su tiempo a conspirar entre facciones, a purgar disidentes o a establecer redes de adeptos. No digo que no sea necesario establecer una red de relaciones dentro de los partidos, formales e informales, para llevar a cabo proyectos, iniciativas o crear corrientes ideológicas – creo que es sano -, sino que esto no se convierta en una dedicación cuasi exclusiva en el día a día, ya que si no no queda tiempo para aprender a ser eficientes, a generar proyectos bien documentados, a relacionarse con la sociedad y sus representantes y a reflexionar sobre el propio desempeño y buscar permanentemente áreas de mejora.

Otra de las cuestiones que constituyen la piedra angular de un partido político como Dios manda es el establecimiento de una comisión de garantías independiente que garantice el cumplimiento de el espíritu fundacional de la formación. En las formaciones actuales, esta comisión es una burla. Convertida en instrumento de poder de la ejecutiva de turno, no es capaz de defender al afiliado independiente, sino que se dedica en exclusiva a dar soporte al oficialismo. Hay documentación profusa que evidencia esta triste realidad.

Así que fundar un partido político como Dios manda no es algo sencillo, exprés, coyuntural. Es una tarea muy seria que lleva mucho tiempo, muchos recursos, muchas personas muy bien preparadas y mucha, mucha reflexión. No es algo que pueda ‘montarse’ pensando en las siguientes elecciones, sino algo que debe amarse pensando en las siguientes generaciones.

Si en algún momento un proyecto de esta envergadura emergiese, me sumaría con mucho gusto, dispuesto a servir en la medida de mis posibilidades, y sin esperar más que el mero gozo de saberme embarcado en algo genuinamente bueno, con el potencial de beneficiar a mis tataranietos.

Sin prisa, sin codicia, sin afán de protagonismo. Con amor, con inteligencia, con valores, con generosidad, con esperanza, con paciencia. Como los buenos guisos.

 

jaime trabuchelli

El preludio interminable

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A muchos de ellos les parece emocionante. El foco de atención, reunión aquí, reunión allá, sin parar de cobrar hagan lo que hagan. Políticamente hablando, es un paradigma. Digo la frase, “políticamente hablando”.

Porque políticamente hablando engloba todo aquello que no sigue la lógica común de las cosas sencillas. Alude a esa complejidad que sólo está al alcance de los que se entienden, políticamente hablando. Son las leyes de la levitación, de la bula para obviar lo importante, lo que es de cajón, para entrar en el reino de lo que no es de cajón sino de pliegue, de faltriquera, de escondrijo y bajo piedra.

La aberración que vivimos, la falta de generosidad que nos inunda, sólo se entiende políticamente hablando. Esta expresión es la desconexión segura de lo que está vivo y el seguro de vida de lo parasitario. “Políticamente hablando” configura el espacio insondable del preludio interminable, esa antesala del aire fresco de los optimistas, ese purgatorio de los que querrían querer creer, analogizando a Sabina, o ese infierno de los que piensan que el preludio no es tal, sino una condición permanente.

La expresión “políticamente hablando” es la que amputa el sentido de urgencia que mueve una vocación genuinamente política, de servicio público, y forra de moqueta la conciencia hasta insonorizarla por completo. Es lo que te lleva al Candy Crash en cualquier lugar de trabajo, ya sea la cámara baja, el chiscón, la mesa o el coche patrulla. Porque cuando uno esgrime la razón “políticamente hablando”, la relatividad absoluta valida lo invalidable y uniformiza lo más sublime con la máxima vileza.

“Políticamente hablando” nos lleva a unas terceras elecciones que prorrogan una recuperación urgente del maltrecho tejido social español. Pero al señor Sánchez no le parece que aporte nada positivo su abstención. Esa sobredosis política que ciega por completo al señor Sánchez y le aleja por completo de la realidad, es la que perpetúa una situación francamente indeseable para el conjunto de la ciudadanía.

Miren, Napoleón no era un demócrata como tampoco lo fue Lincoln. Tampoco creo que lo sea Rajoy, ni Rivera, ni Iglesias, ni Sánchez. Porque ser demócrata implica aceptar tu disconformidad con la mayoría con elegancia y generosidad, llegado el caso. Y hay muy poquitos seres humanos que estén en disposición de afirmar la cosa. No es nada fácil ser demócrata. Por tanto, asumimos ‘democráticamente’ una representación en el ejercicio de lo público sobre la que tenemos poquísimo control. Pero oigan, ni aceptando pulpo como animal de compañía podemos evitar que un bebé encorbatado se permita el lujo de ponerse cabezón, mientras millones de españoles sueñan con tener un trabajo que les permita llevar una vida digna.

 

jaime trabuchelli

Elecciones en España: el bufet del infierno

A medida que uno reflexiona sobre el tiempo político que nos ha tocado vivir en este país maravilloso que habitamos, se da cuenta de que lo que ve es exactamente lo que parece: una danza infernal de personajes desorientadísimos acerca de lo que está bien y lo que está mal. Y eso en el mejor de los casos; muchos ni siquiera consideran que haya unas cosas que estén bien y otras que estén mal, sino que se limitan a considerar lo que sirve a sus intereses y lo que no, sin plantearse siquiera la conveniencia de analizar si esos sus intereses son éticamente limpios o no.

Bienvenidos al bufet del infierno. Pueden ustedes elegir cuatro menús diferentes, principalmente. Lo siento, pero no podemos atender especialidades alimentarias, ni alimentos sin gluten ni siquiera exentos de alérgenos según. Verán, son menús cerrados y los alimentos vienen sin etiqueta, sin denominaciones de origen ni trazabilidad alguna.

Menú número 1: Pollo con Patatas (PP)

El pollo esta pasado de fecha, lo sentimos. Muchas de las papas están podridas. Es decir, sabemos que le va a sentar mal, que le va a producir vómitos, diarrea, fiebre y erupciones cutáneas. Pero en fin, lo más probable es que sobreviva; al fin y al cabo ya lo ha comido tantas veces que se ha familiarizado con los síntomas y hasta los ha llegado a considerar normales. Es un menú muy popular, por extraño que parezca.

Menú número 2: Pizza de Salami con Orégano y Espárragos (PSOE)

Es un menú raro. Los ingredientes de esta pizza no pegan ni con cola. Al principio parece que tiene buena pinta pero cuando le vas a hincar el diente está cruda, insípida y te quedas con hambre. El chef está muy orgulloso de su pizza, pero ni el maitre, ni los camareros ni la mayoría de los cocineros lo entienden. Cada vez lo piden menos.

Menú número 3: Potemos

Aquí no se trata de comer, sino de purgarse. En esta parte del bufet te dicen que este menú es para curarte si todos los demás menús te sientan mal, si eres intolerante a todo lo demás. Todos los alimentos son amargos a más no poder o muy picantes. Muchos están podridos pero como pican tanto no te das cuenta de entrada. Luego, cuando vas al baño, no sabes si te estás purgando o te has intoxicado nuevamente. El caso es que al final pierdes peso. Te ofrecen un postre – un final dulce lo llaman – pero lo cierto es que nunca queda.

Menú número 4: Castañas (C´s)

Muy completo el menú: de primero, sopa de castañas. De segundo, pollo con castañas – el pollo es del mismo proveedor que el primero -. De tercero, pizza de castañas – el secreto está en la masa -. De postre, un marrón glacé. Por cierto, son todas pilongas. Las buenas las esconden o las tiran a la basura.

Para beber, agua del manantial de antate, conocida como Agua Antate, distribuida por Esloquehay S.A.

Y eso que de la Escuela de Cocina patria salen unos cocineros magníficos. Pero en el lobby cerrado de los restaurantes del bufet, sólo llegan a chef los que no saben cocinar. Es extraño.

Los mejores doctores recetan resilientil, positivina y esperantina. La verdad es que a mí me van muy bien los tres. Conservo mi energía, mi mente está lúcida y no me siento pesado. Y, por cierto, desde que me llevo mi taper al restaurante me siento mucho mejor. Es lo que tiene haber trabajado ya en esas cocinas…

 

jaime trabuchelli

 

Identidad e igualdad

Kabir Sahib

Kabir Sahib con un discípulo

No hay filosofía más certera, más elevada y más sabia que la que propugna la conciencia de igualdad entre todos los seres humanos y en general, entre todo lo creado.

La igualdad trae paz, felicidad, solidaridad. Conlleva toda virtud, toda prosperidad, todo equilibrio. Muchos contradecirán este planteamiento argumentando que la igualdad puede traer miseria, abuso e infortunio. Aducirán que los totalitarismos han propugnado la igualdad en la miseria, acumulando unos pocos jerifaltes desprovistos de escrúpulos el bien que pertenece a todos. Otros dirán que la igualdad va contra la justicia, contra el beneficio del mérito, y que uno merece lo que su esfuerzo bien ha ganado, mientras que otros, arrastrados por la pereza no merecen más que lo que su inercia trae consigo: infortunio. Aun así, ¿quién no desea  benevolencia cuando comete errores, cosa de la que ninguno estamos exentos? ¿Qué sentido tiene toda tarea, todo progreso, si no va encaminado a enmendar todo posible error? Y, ¿qué tarea está al alcance de cada uno si no es la de mejorarse a uno mismo, dejando para todos los demás esa misma tarea? Conciencia de igualdad. No quieras para nadie lo que no quieras para ti mismo. La generosidad está en la raíz de todo progreso verdadero: nada es susceptible de verse transformado para bien si su impulso inicial no está impregnado hasta el tuétano de la maravillosa virtud de la generosidad. Todo ser humano posee esta capacidad, este tesoro, que es muy real y no una entelequia de la boca de charlatanes.

Armados de esta base sólida, que aporta confianza, convicción y claridad al discurso de la igualdad, podemos afirmar que todo movimiento identitario restrictivo y excluyente no hace sino ir contra la naturaleza más benéfica del ser humano. Transitan estos movimientos las sendas de la desconfianza, de la crítica indiscriminada, del enfrentamiento, del odio y del egoísmo más ciego. Se visten de esperanza, proyectando siempre en un futuro lejano e idílico todas las supuestas virtudes y beneficios que jamás llegarán, puesto que el miedo, parte consustancial de su génesis, siempre acompaña, como el hedor a la putrefacción, a toda empresa que necesite el rechazo al otro como fuente de energía.

Sin embargo, ¿no es cierto que en la crianza y educación de los hijos, la renuncia al egoísmo y el aprendizaje de la generosidad, del respeto y el amor al otro, la convivencia y el espíritu de servicio son los cimientos fundacionales de la familia y la comunidad? Del mismo modo, combatir todo movimiento identitario excluyente no debe ser jamás una tarea movida por el odio y el desprecio, sino una lucha cimentada en el diálogo, la firmeza, la pedagogía y la profunda confianza en que lo benéfico acaba convenciendo por sí mismo cuando no se cae en la tentación de utilizar medios de distinta naturaleza a los fines que se persiguen. Jamás nadie limpió una encimera con una bayeta sucia, por mucho que gritase a los cuatro vientos que nadie limpia con más ahínco y constancia que él.

Sin reflexión, sin contemplar en profundidad cuáles son las raíces de nuestras acciones, las motivaciones de todo lo que emprendemos, vamos como pollos sin cabeza. Por este camino despreciaremos la autoindagación puesto que nos confrontará con el hecho de que todos nuestros esfuerzos podrían ser en vano, y que todos los kilómetros recorridos eran en la dirección incorrecta. La confianza ciega, irracional, en los caminos del ego, no hacen sino aumentar irresistiblemente el volumen de nuestro sufrimiento. Varias guerras mundiales muy recientes ilustran de manera trágica esta verdad. Pero no son sólo los hechos los que aportan sabiduría al que los contempla, sino la reflexión profunda y sincera en su significado, sin dar por hecho jamás su comprensión.

Así que no bastan, jamás bastaron los titulares para entender una noticia, jamás basto el título para entender un libro, y jamás bastó mirar alguien a la cara para conocer quién es y cómo siente. Tampoco basta un pensamiento aquí y otro allá para conocernos a nosotros mismos.

Viene a mi mente y a mi corazón la figura inmensa de Kabir Sahib, el poeta místico más venerado en la India, que vivió en el S XV. Criado en una familia musulmana, siempre huyó de la adscripción a una religión en concreto. Toda su vida fue una alabanza a la naturaleza perfecta de todo ser humano, a la igualdad más sublime, y el rechazo a todo sectarismo de cualquier signo. Cantó sin descanso la unidad esencial de todo y todos, con gran belleza. El pone el foco en la tarea esencial, aquella que constituye el mayor reto de todo ser humano:

“Sé fuerte y vuélvete a ti mismo. Ahí te hallarás en tierra firme. Considera esto, ¡oh, corazón mío! No te vayas a ninguna otra parte”.

Poner freno a la mente y ver con claridad el propio corazón es verdadero conocimiento. A nadie le está vedada esta tarea. Esto es reflexión, sabiduría. Si no, nos quedamos anclados en titulares sin sentido, en caras sin alma, en una vida vacía y desprovista de sentido. ¿Que no está de moda, que esto es una utopía? Craso error.

La moda tiene un irresistible atractivo por transmitir una sensación de novedad, de viveza, de belleza recién nacida. Eso está bien. Pero el origen de la moda, de la creatividad, está en el corazón de cada ser humano. Una vez que eliminas todo prejuicio de tu mente y te estableces en su pureza original – un derecho de todos y cada uno de nosotros – te conviertes en el creador más original: tú eres la moda. Tu opinión tiene valor, tus propuestas son genuinas y tu vida adquiere un brillo único, inefable, maravilloso. Esta limpieza de tu mente hace que el respeto a todo y a todos surja de manera espontánea, natural, de ti. En realidad es algo muy natural y sencillo, que puedes ver a diario en un bebé, en las personas que te rodean cuando tienen un buen gesto hacia ti, en la naturaleza, en las nubes que dejan caer la lluvia de manera desinteresada, nutriendo nuestra existencia.

La conciencia de igualdad, un maravilloso antídoto contra la estupidez.

Que tenga usted un día maravilloso.

 

jaime trabuchelli