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Darío Villanueva, Director de la Real Academia de la Lengua Española, nos avanza la definición de posverdad que incorporará próximamente nuestro diccionario:

“El potencial que la retórica tiene para hacer locutivamente real lo imaginario, o simplemente lo falso. Informaciones o aseveraciones que no se basan en hechos objetivos, sino que apelan a las emociones, creencias o deseos del público.”

Difícilmente podemos encontrar un término que ilustre mejor la realidad actual del independentismo anti sistema catalán, el camino elegido para intentar dinamitar el Estado de Derecho que nos hemos dado todos los españoles, y por extensión, abrir una grieta de incalculables consecuencias en el mismo corazón de la civilización democrática moderna.

¿Porqué penetra en millones de personas esta ruptura perversa – por tergiversadora de la realidad – con los cimientos de nuestra convivencia?

Vivimos inmersos en el imperio de los sentidos. La televisión, la sociedad de consumo, el tsunami del ocio. Todo nos lleva a la satisfacción inmediata del impulso primario por obtener placer y evitar toda incomodidad, todo esfuerzo.

Paradójicamente cada vez trabajamos más horas, más rápido, con un nivel mayor de exigencia. Nuestros sacrificios, nuestras austeridades están canalizadas en nuestro rol como empleados, como instrumentos de una compañía que compite por sobrevivir y prosperar. Pero este esfuerzo no es el del desarrollo personal sino el del pensamiento único empresarial: todo está supeditado a la consecución de resultados, a la obtención del presupuesto anual.

Si a pesar de los pesares, del espeso, grueso valladar que constituye el materialismo imperante, alguien llegase a preguntarse con suficiente intensidad y frecuencia la gran cuestión del ser humano – ¿quién soy yo? -, como para hacerla consciente, inmediatamente se vería  en la obligación de cuestionar el motivo de todos sus esfuerzos. Esta es una tarea a la que muy pocos están dispuestos a hincarle el diente. Hace falta haber alcanzado una sólida madurez para compaginar la exigencia del día a día con el cuestionamiento, el discernimiento constante sobre el sentido de la vida, las prioridades, la naturaleza de lo real. Realmente, es suficiente combustible la necesidad imperiosa de sentido.

Esta misma barrera que impide el acceso a los altos campos de la filosofía, la metafísica, es la que abre la caja de los truenos de la posverdad. A ambos lados de este muro invisible se abren las amplias rampas de los falsos atajos, de la infatuación.

Por estas cuencas fluyen copiosamente las aguas residuales del independentismo catalán anti sistema, los Trump, Assange, Farage y demás tuiteros del estiércol.

El hombre tiene la posibilidad maravillosa de acceder al secreto de la vida, de dar satisfacción a los anhelos más profundos de su existencia. Sin duda, también tiene la opción de entregarse a los narcóticos brazos del cinismo y a satisfacer sus hambres inmediatas con el pienso fétido que derraman los tuiteros de la inmundicia.

Podemos escribir la historia de nuestra propia vida asumiendo el riesgo de ser libres o convertirnos en la pancarta de los popes de la codicia.

Para ello, es necesaria una buena dosis de dignidad, la suficiente autoestima como para convivir pacífica y felizmente con la propia soledad.

Mientras tanto, podremos intoxicarnos fácilmente con llamadas falsas al diálogo – pervirtiendo el término hasta su mismo numen -, reivindicaciones de democracia – como una voluntad cualquiera de de una horda ad hoc – o con un derecho a decidir tan vacío de contenido como el mismo concepto de la nada.

Una sociedad de hombres y mujeres genuinamente libres constituye un ideal digno de todos nuestros esfuerzos. En este camino es de capital importancia hacer pedagogía de la historia de nuestros logros, que las generaciones posteriores entiendan cómo se han conquistado los derechos y libertades que hoy hacen posible nuestra convivencia, nuestra prosperidad, nuestra paz. Los frutos están ahí, pero lo básico es la agricultura. Si no sabemos transmitir los valores que han posibilitado los cultivos, si no entendemos la raíz de lo benéfico, si no mantenemos encendida la tea, más tarde o más temprano arderán los campos.

Sin duda, no hay mayor legado ni mayor antídoto contra la ignorancia que una cultura comprometida con el bienestar de las futuras generaciones, que una sociedad entregada a la felicidad de los que no verá. La bondad sólo se nutre de sí misma.

 

jaime trabuchelli

 

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