La Estaca y La Estacada

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La infausta influencia del romanticismo alemán en el afloramiento de los nacionalismos explica a la perfección ese mundo paralelo en el que vive el nacional populismo catalán en nuestros días.

Está plagado de los matices que inundan este movimiento, con la transgresión de la racionalidad, la invención sentimental de una pseudohistoria que pretende explicar y dar realidad a aquello que sólo existe en el delirio colectivo de sus miembros.

La oposición al clasicismo, como si fuese el enrejamiento del sentimiento, adquiere una connotación, digamos, de épica figurativa, y convierte en “lucha por la libertad” la quijotesca embestida a los molinos del enemigo, llamado, por ejemplo, fascista.

Pero no. Eso ya no está. Hace mucho que no está. La estaca quedó, la cuerda se rompió – todos los españoles lo hicimos -, y tras esta superación real de la atadura hallamos, retraídos, abducidos, a los puigdemones que quedan observando la astilla, como el que mira al dedo que apunta a la luna…

No, ya no está la amarra, se deshizo el nudo, sólo un tiro al techo de fondo de alguno que quiso volverlo a amarrar. Pero ya no está. El eco del tiro se difuminó y nos hallamos de pie, intactos.

Este grupo de zombis, enajenados, mirando la estaca,  el cabo suelto, quedaron sin rumbo. ¡Qué harían ahora sin un enemigo que diera sentido a su aspiración! No podían aceptar la libertad porque sólo esa lucha llenaba sus corazones. Como el soldado que no se acostumbra a la paz, como las células que se reproducen compulsivamente, agolpándose tumorizadas, atemorizadas de sí.

Así que ahí andan los puigdemones, aún vagando, sin verdadero rumbo, blandiendo la estaca peligrosamente. Hoy la ha clavado en el pueblo español, para acto seguido, dejar en la estacada a sus colegas de borrachera. Pero ya no está, y se oyen ya, de fondo, los pasos firmes de la justicia. Una estaca anda suelta, en manos de un loco de atar.

La doble traición, al español, al catalán, el mismo drama de la dualidad.

Estira el cuello, Puigdemont, para cantar el último canto de Siset…

 

jaime trabuchelli

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