Pfffff

pfff

47 millones de entrenadores de fútbol.

47 millones de presidentes del gobierno.

47 millones de hombres del tiempo.

Así somos.

Mariano Rajoy ha abierto una botella de champán que llevaba meses dando tumbos. Y ha hecho: pffff.

¡Cojones! ¡Tiene mérito! Yo no habría sido capaz.

En lo que llevamos de tema, un golpe de estado se ha saldado con cuatro garrotazos y algunas heriditas. ¡Leche! ¡Dónde se ha visto esto antes! Tiene un indudable mérito, aunque queden todavía capítulos por desarrollarse.

Si esto no es una acción quirúrgica que venga Dios y lo vea.

Lo he dicho muchas veces. Yo nunca he votado a Rajoy. Pero no tengo ningún complejo en afirmar – igual que antes no lo tuve en ponerle verde ante otras tesituras – que en este asunto se está desenvolviendo de manera admirable.

Algunos parece que le exigen que líe un cigarro mientras hace surf, cuando probablemente ellos no sabrían liarlo ni sentados en la toalla, bajo la sombrilla.

Señores: han declarado la independencia dejando ondear la bandera de España, abandonando sus despachos y obedeciendo pacíficamente toda instrucción salida del vientre de este 155 de seda firme implementando por la Cámara Alta a petición del Gobierno de España. ¡Hasta la indómita Forcadell ha abandonado su querida Presidencia del Parlament! Sin una palabra más alta que otra, sin tanques y kalashnikov rusos como alguno pronosticaba, si ni siquiera pataletas, arrastres ni expresiones malsonantes, acaso acaloradas. Un brindis al sol de libro. Bravo Mariano Rajoy, toda mi admiración. Es insólito.

Pero aún hay más: hoy anuncian que concurrirán a unas elecciones autonómicas convocadas por el gobierno de la nación al amparo del artículo 155. Toma Geroma pastillas de goma. Esto ya es el no va más.

Alguno estará aún reticente diciendo: “algo tienen preparado”. Bien. ¿El qué? ¿Escargots y cava en Bruselas en bancos corridos celebrando la independencia de la higuera, de la inopia, mientras Pugi recorta papeles en una silla como el abuelo de “El tragaluz” del bueno de Buero?

Aun en la muy improbable hipótesis de que alcanzaran una mayoría absoluta en Cataluña – Podemos (perdón, “Iglesias – Puede”), ya ha aplicado su 155 interno desbaratando la última posibilidad – lo único que podrían conseguir es acabar por mucho tiempo con la autonomía de la región, ahora sí, forzando la intervención de un Estado que tendría que ir más allá del archinombrado artículo. Y miren, al fin y al cabo, el catalán independentista parece que aún conserva un cierto pragmatismo que le salva al borde de la locura – no todos, evidentemente -.

Oigan, “pa´ habernos matao”. Y nada, un pffff.

TV3 tiene una oferta de la televisión por cable para cuando se les acaben los capítulos de “Humor Amarillo”.

Ahora bien, el problema real es qué vamos a hacer con cientos de miles de catalanes que tienen infectado el cerebro desde hace décadas con la particular “Formación del Espíritu Nacional” franquista en la que se han basado los popes del nacional catalanismo para el adiestramiento de sus minions. Digo yo que habrá que retirar la ponzoña panfletaria del ámbito educativo y mediático para conservar la salud intelectual y emocional de  nuestros niños catalanes y las futuras generaciones, amén de rehabilitar a las huestes y recuperarlos para el espíritu crítico. Y, oigan, si a partir de ahí alguno sale nacional catalanista, que sea por decisión propia y no por haber sufrido una deformación de la voluntad desde su más tierna infancia.

Lo dicho, Mariano ha abierto la loca botella de cava y ha hecho: pfffff. Olé. Lo celebro de todo corazón.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

El Paradigma Twitter

jaula

Darío Villanueva, Director de la Real Academia de la Lengua Española, nos avanza la definición de posverdad que incorporará próximamente nuestro diccionario:

“El potencial que la retórica tiene para hacer locutivamente real lo imaginario, o simplemente lo falso. Informaciones o aseveraciones que no se basan en hechos objetivos, sino que apelan a las emociones, creencias o deseos del público.”

Difícilmente podemos encontrar un término que ilustre mejor la realidad actual del independentismo anti sistema catalán, el camino elegido para intentar dinamitar el Estado de Derecho que nos hemos dado todos los españoles, y por extensión, abrir una grieta de incalculables consecuencias en el mismo corazón de la civilización democrática moderna.

¿Porqué penetra en millones de personas esta ruptura perversa – por tergiversadora de la realidad – con los cimientos de nuestra convivencia?

Vivimos inmersos en el imperio de los sentidos. La televisión, la sociedad de consumo, el tsunami del ocio. Todo nos lleva a la satisfacción inmediata del impulso primario por obtener placer y evitar toda incomodidad, todo esfuerzo.

Paradójicamente cada vez trabajamos más horas, más rápido, con un nivel mayor de exigencia. Nuestros sacrificios, nuestras austeridades están canalizadas en nuestro rol como empleados, como instrumentos de una compañía que compite por sobrevivir y prosperar. Pero este esfuerzo no es el del desarrollo personal sino el del pensamiento único empresarial: todo está supeditado a la consecución de resultados, a la obtención del presupuesto anual.

Si a pesar de los pesares, del espeso, grueso valladar que constituye el materialismo imperante, alguien llegase a preguntarse con suficiente intensidad y frecuencia la gran cuestión del ser humano – ¿quién soy yo? -, como para hacerla consciente, inmediatamente se vería  en la obligación de cuestionar el motivo de todos sus esfuerzos. Esta es una tarea a la que muy pocos están dispuestos a hincarle el diente. Hace falta haber alcanzado una sólida madurez para compaginar la exigencia del día a día con el cuestionamiento, el discernimiento constante sobre el sentido de la vida, las prioridades, la naturaleza de lo real. Realmente, es suficiente combustible la necesidad imperiosa de sentido.

Esta misma barrera que impide el acceso a los altos campos de la filosofía, la metafísica, es la que abre la caja de los truenos de la posverdad. A ambos lados de este muro invisible se abren las amplias rampas de los falsos atajos, de la infatuación.

Por estas cuencas fluyen copiosamente las aguas residuales del independentismo catalán anti sistema, los Trump, Assange, Farage y demás tuiteros del estiércol.

El hombre tiene la posibilidad maravillosa de acceder al secreto de la vida, de dar satisfacción a los anhelos más profundos de su existencia. Sin duda, también tiene la opción de entregarse a los narcóticos brazos del cinismo y a satisfacer sus hambres inmediatas con el pienso fétido que derraman los tuiteros de la inmundicia.

Podemos escribir la historia de nuestra propia vida asumiendo el riesgo de ser libres o convertirnos en la pancarta de los popes de la codicia.

Para ello, es necesaria una buena dosis de dignidad, la suficiente autoestima como para convivir pacífica y felizmente con la propia soledad.

Mientras tanto, podremos intoxicarnos fácilmente con llamadas falsas al diálogo – pervirtiendo el término hasta su mismo numen -, reivindicaciones de democracia – como una voluntad cualquiera de de una horda ad hoc – o con un derecho a decidir tan vacío de contenido como el mismo concepto de la nada.

Una sociedad de hombres y mujeres genuinamente libres constituye un ideal digno de todos nuestros esfuerzos. En este camino es de capital importancia hacer pedagogía de la historia de nuestros logros, que las generaciones posteriores entiendan cómo se han conquistado los derechos y libertades que hoy hacen posible nuestra convivencia, nuestra prosperidad, nuestra paz. Los frutos están ahí, pero lo básico es la agricultura. Si no sabemos transmitir los valores que han posibilitado los cultivos, si no entendemos la raíz de lo benéfico, si no mantenemos encendida la tea, más tarde o más temprano arderán los campos.

Sin duda, no hay mayor legado ni mayor antídoto contra la ignorancia que una cultura comprometida con el bienestar de las futuras generaciones, que una sociedad entregada a la felicidad de los que no verá. La bondad sólo se nutre de sí misma.

 

jaime trabuchelli

 

La Estaca y La Estacada

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La infausta influencia del romanticismo alemán en el afloramiento de los nacionalismos explica a la perfección ese mundo paralelo en el que vive el nacional populismo catalán en nuestros días.

Está plagado de los matices que inundan este movimiento, con la transgresión de la racionalidad, la invención sentimental de una pseudohistoria que pretende explicar y dar realidad a aquello que sólo existe en el delirio colectivo de sus miembros.

La oposición al clasicismo, como si fuese el enrejamiento del sentimiento, adquiere una connotación, digamos, de épica figurativa, y convierte en “lucha por la libertad” la quijotesca embestida a los molinos del enemigo, llamado, por ejemplo, fascista.

Pero no. Eso ya no está. Hace mucho que no está. La estaca quedó, la cuerda se rompió – todos los españoles lo hicimos -, y tras esta superación real de la atadura hallamos, retraídos, abducidos, a los puigdemones que quedan observando la astilla, como el que mira al dedo que apunta a la luna…

No, ya no está la amarra, se deshizo el nudo, sólo un tiro al techo de fondo de alguno que quiso volverlo a amarrar. Pero ya no está. El eco del tiro se difuminó y nos hallamos de pie, intactos.

Este grupo de zombis, enajenados, mirando la estaca,  el cabo suelto, quedaron sin rumbo. ¡Qué harían ahora sin un enemigo que diera sentido a su aspiración! No podían aceptar la libertad porque sólo esa lucha llenaba sus corazones. Como el soldado que no se acostumbra a la paz, como las células que se reproducen compulsivamente, agolpándose tumorizadas, atemorizadas de sí.

Así que ahí andan los puigdemones, aún vagando, sin verdadero rumbo, blandiendo la estaca peligrosamente. Hoy la ha clavado en el pueblo español, para acto seguido, dejar en la estacada a sus colegas de borrachera. Pero ya no está, y se oyen ya, de fondo, los pasos firmes de la justicia. Una estaca anda suelta, en manos de un loco de atar.

La doble traición, al español, al catalán, el mismo drama de la dualidad.

Estira el cuello, Puigdemont, para cantar el último canto de Siset…

 

jaime trabuchelli