Soy un facha, un paria, un catalufo, un gabacho, un esquirol

oveja negra

Soy un rojo de mierda porque no me ponía la banderita en el reloj.  Ahora soy un facha de mierda porque llevo un llavero con la bandera de España.

Siempre fui un catalufo, un polaco asqueroso porque en el Pilar todos eran del Madrid y yo del Barça. También soy un facha de nuevo porque el independentismo anti sistema totalitario me parece una aberración.

Era un maricón, hace poquitos años, por cierto, por defender que un homosexual no es un enfermo sino una persona normal, no heterosexual.

También fui despreciado por decir que en Francia siempre me trataron exquisitamente, y no unirme al grito de gabachos de mierda. Igualmente me quedé sólo en tantas conversaciones por defender a tántos británicos que están espantados con el Brexit, a tántos estadounidenses horrorizados con la mala educación de su presidente, por defender la solidaridad de los alemanes para con Europa o la santa paciencia de los españoles.

Entre sindicalistas defendí a la buena empresa y entre directivos y empresarios al buen sindicalista.

Cataluña sin España tiene poco sentido. El camino es tan largo, tan común, tan entrelazado que cuesta entender esta alergia encendida, reciente. Poco hace que convivíamos con naturalidad, sin encono.

Todo comienza con uno mismo. Uno es el amigo, el enemigo. No hay otro en verdad. Albergamos los opuestos, la lucha interna, perseguimos la identidad inmaculada, el bien. Fallamos tan a menudo en nuestra batalla por la felicidad – quizá al convertirla en tal – que la tentación de externalizar al enemigo, objetivarlo en el otro, es un espejismo poderoso, un grande y falso alivio. Etonces llega el facha, el español, el polaco o catalufo, el gabacho, el yanki, el paria, el sudaca , la Pérfida Albión. De toda la vida, el chivo expiatorio. El primero fue Caín. En realidad, Caín y Abel fueron la misma persona.

Qué pérdida de tiempo el independentismo catalán, qué lujo superfluo, qué aberración, qué vacuidad. Habiendo tántos problemas reales por solucionar, tanta insolidaridad por resolver, tantas guerras por frenar y tanta pobreza que aplacar, venimos con el pasatiempo de la bandera y el discurso vergonzante del facha, del opresor… Habiendo tanto drama, esta gente del independentismo anti sistema quema sus naves por una quimera, por un paraíso tan falso como la honorabilidad de Jordi Pujol.

Este individuo que acaba despreciando a todo aquél que no se sume a su causa es producto de una sociedad que ha dejado de nutrir el bien, presa de una ilusión de progreso. Hemos abandonado peligrosamente el Ser.

No hay música sin silencio. No hay estar sin ser.

No nos enseñan a parar la mente, a oxigenar el pensamiento. Y perdemos la perspectiva, el criterio cabal, la noción de las cosas. Repetimos frases, pensamientos, ideas, consignas, sin reflexión alguna, sin hondura, sin sustancia.

Perdemos la habilidad de escuchar. Huímos del otro, incómodos, desasosegados, porque le tememos. Nos tememos a nosotros mismos ante todo, porque nos hacemos daño insistentemente, y nos hemos acostumbrado a la sangre de nuestras encías.

Renunciamos a nuestro poder, y estamos resentidos; lógicamente. Pero volcamos la ira en el otro, buscamos un reo, y no nos cuesta encontrarlo: el paria, el facha, el polaco, el gabacho, el esquirol.

Hemos abandonado la religión por paternalista, por falsa o por convencional, pero no la hemos sustituido por una búsqueda consciente de la verdad. El escepticismo indiscriminado, el cinismo, amigos íntimos de la pereza mental, han copado el pensamiento y son ya plaga.

Pero la buena noticia es que la esencia es buena e inmortal. Todo este barrasco es superficial. No resiste el análisis ni el tiempo; en realidad, no hay quien lo aguante y no se soporta.

El ser humano necesita amar, unir, estar en paz. Dormimos cada día, irremediable y pacíficamente. Todos respiramos y sólo hay un testigo de todo. Sólo hay un testigo de todo igual que hay sólo un espacio donde todo tiene lugar, un sólo tiempo en el que se despliega este relato infinito de la existencia.

En otro momento, en otra glosa dije que nadie conoce ya a sus dieciséis tatarabuelos, siquiera su nombre. Y hablamos de historia como si nos concerniera. Olvidamos irremediablemente. Pero a la hora de amar somos brillantes. Somos muy buenos uniendo, armonizando. Muy malos separando, odiando… siempre acabamos arrepentidos, avergonzados.

Entre todos debemos cumplir la máxima obligación que nos compete: recuperar la dignidad, el prestigio del ser humano. Y en esto, creerse mejor que el otro, que el diferente, es un obstáculo que hay que eliminar.

 

jaime trabuchelli

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