La nación y las croquetas

croquetas

No hay nada malo en querer independizarse, ni como persona, ni como nación.

Tampoco hay nada malo en ejercer el derecho a decidir, faltaría más.

Lo que ocurre es que, tanto a título individual como colectivo, ejercer el derecho a decidir la propia independencia, está sujeto, como no puede ser de otro modo, a normas encaminadas a respetar los derechos del otro individuo o del resto del colectivo. Una señora, madre de familia, – o señor y padre – no puede decidir independizarse de la misma y abandonar el vínculo emocional y económico que tuviera establecido. Necesariamente ha de hacerlo respetando los derechos del resto de la unidad familiar, siguiendo los cauces establecidos por el ordenamiento jurídico y en el espíritu de mantener a los más vulnerables protegidos ante las inclemencias de la desintegración.

Cierto es que el origen de las naciones se remonta, en última instancia, a hechos no muy amables, como la guerra, la invasión, la dominación en cualquiera de sus vertientes o simplemente la ocupación de un territorio. Larga es la historia de disputas para abanderar un espacio más o menos extenso, con un nombre y unas gentes, una cultura, unos bienes, una tradición y encerrar en el interior de las fronteras el poder de decidir sobre los mismos. La comunidad internacional y el ordenamiento jurídico de las instituciones internacionales protegen la independencia de dichas naciones y la preservan, salvo en casos muy extremados – y aún así – de las injerencias de otros estados o conjunto de estados. Cualquier movimiento separatista en el interior de dichas naciones es respetado a través de la ausencia de pronunciamientos al respecto por parte del resto de naciones e instituciones internacionales. La propia nación ha de decidir sobre su futuro y preservar su integridad o bien decidir su propia segregación.

Los estados modernos, con sus democracias y economías de mercado, no son perfectos. Aun así, históricamente, ningún otro sistema ha sido capaz de sostener la paz y la convivencia de manera tan eficaz. Sin niguna duda, el configurarse como estados de derecho, y como tales, girar en torno a una Constitución que marca las líneas fundamentales de su funcionamiento, es el hecho distintivo. Dicha Constitución es elevada al estatus de norma fundamental por la comunidad – nación – que se la da a sí misma para que rija todo conflicto de interés y garantice la paz, la convivencia y la prosperidad entre todos los ciudadanos del país. Todo el ordenamiento jurídico que se despliega a partir de la misma establece el funcionamiento normal de las instituciones y sirve como “red de autopistas” para que el tráfico de toda actividad fluya con orden y garantice la resolución de todo conflicto. La cualidad reflexiva, en el amplio sentido de la palabra, de todo este proceso y su resultado, es garantía de solidez, más allá de cualquier coyuntura.

Por todo lo anterior se dedude claramente que lo que está ocurriendo en Cataluña hoy, lo que se lleva fraguando durante décadas es un golpe del estado, sirviéndose del poder autonómico, al resto del país, España. Unas gentes residentes allí, algunos desde hace muy poco y todos, en términos históricos, pobladores recientes, se conjuran para hacerse con una parte de la península y romper cuentas con el resto. Para ellos, nuestra Constitución, aprobada en referéndum por una mayoría arrolladora hace cuarenta años , deja de tener validez puesto que es un obstáculo en su camino. Por supuesto, el cincuenta por ciento de catalanes – o más – que no se identifican con estas premisas, para ellos no cuentan, es decir, son tildados de traidores a la patria y contrarios a los únicos intereses legítimos moral, ética, política y económicamente que contemplan: los del independentismo anti sistema.

La falacia del derecho a decidir esgrimido por estos independentistas anti sistema – en adelante IIAS -, y que es muy importante distinguir de aquellos independentistas que buscan los cauces legales para dar curso a sus reivindicaciones, es una perversión del lenguaje, ya que esconde tras su mensaje populista la negación de ese mismo derecho a la inmensa mayoría de ciudadanos afectados por dicha reivindicación – más de cuarenta y tres millones de personas -.

Hacen mucho ruido. Tanto que ensordecen a la mayoría – una mayoría absorta en su día a día, en sus trabajos, sus estudios, su ocio, sus relaciones sociales – . Este colectivo ruidoso demuestra una pasión intensa, una emoción sostenida por la patria equivalente a la que demostraba el fascismo. Tienen mucho que ver con el espíritu falangista de antaño, con su idealismo, con su apelación a la emoción sublimada de la mencionada patria.

Pero la mayoría de españoles tiene un sentimiento más calmado, más racional y pragmático de la nacionalidad, alejado del sentimiento nacionalista. Tras los convulsos acontecimientos del siglo XX, parece que ha calado en el inconsciente colectivo la idea de que la exaltación nacionalista es un peligroso artefacto con una propensión a estallar nada conveniente. Es más, la polarización que conlleva el chovinismo funciona como un combustible altamente contaminante y conlleva un complejo de superioridad necesariamente innecesario y altamente nocivo, sobre todo a medio y largo plazo.

Esta mayoría silenciosa, que contempla su nacionalidad como un símbolo de bienestar, civilización, solidaridad y justicia, como un instrumento para insertarse pacífica y colaborativamente en la comunidad internacional, es poseedora de un sentimiento calmado y profundo, lejos de la ebullición de la fritura nacionalista. Son, somos, personas que sitúan sus anhelos en un paisaje que va más allá de unas fronteras, ya sean físicas o mentales, con una vocación filantrópica que huye de sectarismos de cualquier signo. Esta falta de pasión nacionalista, muy lejos de suponer un defecto o una carencia, es una muestra de madurez filogenética y un signo claro de aprendizaje tras los sucesos calamitosos del siglo pasado. Esta mayoría silenciosa se ha hecho a fuego lento.

Pero la mayoría del IIAS se ha hecho, fundamentalmente, a fuego vivo. Rápido, con prisa, sobre la marcha, reescribiendo día a día una historia ficticia, están crudos por dentro. En los criaderos de un sistema educativo al servicio de la quimera, de la reconstrucción de la realidad a la medida de un entramado de intereses espurios. De nuevo señalo la importancia de distinguir este IIAS del nacionalismo sereno, tan respetuoso a la legalidad como firme en sus reivindicaciones, bien encauzadas a través del amplio espectro de posibilidades que ofrece la vía política. Es con este último nacionalismo con el que se puede dialogar; la oferta de diálogo del IIAS es una trampa maliciosa, una mentira propagandística encaminada a confundir al espectador bienintencionado.

No debemos temer a este movimiento efervescente, ebrio, irracional. Posiblemente hagan mucho ruido, incluso puede que inicialmente parezca que cobran ventaja, que tienen más reprís. Pero el tiempo es amigo de la razón, del sentimiento reposado, del orden. No minusvaloremos la madurez que nos ha dado nuestra experiencia pasada y reciente. No minusvaloremos nuestra vocación europeísta, que es una identidad tranquila, solidaria, filantrópica, que huye de las tentaciones cortoplacistas y sectarias de los movimientos reaccionarios que surgen en tiempos de crisis y en los que se enmarca perfectamente el IIAS.

No pasará mucho tiempo hasta que veamos una nutrida ración de croquetas quemadas por fuera y crudas por dentro. Nada apetecibles.

 

jaime trabuchelli

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *