Soy hombre; a ningún otro hombre estimo extraño

  1. España

 

La unidad subyacente a todo lo que existe es, desde la más remota antigüedad, una verdad intuitiva, tan evidente como el magnetismo irresistible de la mirada de un bebé, el instinto solidario en momentos de catástrofe o la complicidad universal con el impulso del amor.

La separación, la diferenciación, el conflicto, la fe en la diferencia, los obstáculos insalvables, los complejos de superioridad e inferioridad – inseparables compañeros -, han demostrado ser garantes de un sufrimiento crónico e inmemorial.

Todo el mundo tiene derecho a ser feliz, indudablemente. Es la aspiración humana por antonomasia, aún más, el principal impulso del universo. Para tal fin, sin embargo, el ejercicio del discernimiento y la renunciación son imprescindibles. Es tan fácil de entender… Uno se come un plátano desprendiendo la cáscara y disfrutando de su interior. Así, debemos pelar nuestra experiencia, descartar su cáscara, depositándola en el lugar adecuado y asimilar lo que nos nutre y hace crecer.

Dado el marco, me aventuro a dibujar en el lienzo.

España sale de una dictadura de cuarenta años y es capaz de realizar una de las transiciones democráticas más admiradas en el mundo, por su transición modélica y la capacidad asombrosa de generar un desarrollo económico que durante treinta años no ha conocido freno. En los diez años siguientes el país es capaz de remontar la crisis económica más severa desde la Gran Depresión – conocida ya como la Gran Recesión – y hoy lidera el crecimiento del mundo “civilizado”.

Cuatro grandes enemigos han atacado esta exitosa vía principal y han dejado heridas de importancia, aunque no han logrado quebrar el rumbo firme. El primero fue la reacción virulenta de un sector de la sociedad que prorrumpió en el Congreso de los diputados obligando a sentarse a un pueblo que se había levantado contra la injusticia del sometimiento a la fuerza. Una sociedad valiente y sensata ganó el pulso. El segundo fue un enemigo vil, atroz, implacable. El tiro por la espalda y el asesinato indiscriminado de las masas civiles. ETA ha sido vencida, de nuevo la sociedad española mostró la fuerza inexorable de las manos blancas. El tercer mal es una septicemia severa, que pertenece a todos y entre todos habemos de doblegar. Aún queda trecho pero el camino está iniciado: la corrupción a todos los niveles ha hecho tanto daño que la crisis mundial se ha cebado con especial virulencia en nuestro país. Dinamarca venció esta pesada lacra y nosotros lo haremos también. El cuarto es el que ocupa este puñado de palabras y nuestro presente más inmediato: la cogorza del independentismo anti sistema en Cataluña.

Muy acertadas me parecieron las palabras de Teresa Freixes, portavoz de la loable plataforma Concordia Cívica, cuando marcó la posición de la misma diciendo: “… ni tan siquiera somos antiindepentistas, porque es una opción político-cultural tan legítima como otras mientras no se fundamente en supremacismos o postulados antidemocráticos”. Cristalino. Ni ella ni yo somos pro independentistas, evidentemente.

Es grave romper la baraja de la convivencia. Es grave ejercer el matonismo sectario, la exclusión del diferente, negar la diversidad cultural. Lo que ocurre hoy en Cataluña es claramente una enfermedad autoinmune. Están respondiendo ante un cuerpo sano como se hace ante una enfermedad perniciosa. A destiempo, con la palabra fascismo y la palabra represión frecuentando las lenguas, sin darse cuenta de que hace cuarenta años que pasamos los tiempos del cólera. Es una inercia histórica tan desafortunada, tan ciega que se diferencia del independentismo sereno en básicamente todo. Esta cuarta plaga de nuestra historia moderna no puede acabar más que como lo hizo el vendaval de las drogas en los años ochenta: la decadencia, el desencanto, el reciclaje y el olvido.

Las risas y sonrisas que vemos en los cabecillas de la juerga independentista son como las de las borracheras del fin de semana de los adolescentes. Frívolas, inconscientes del alto precio que habrá que pagar después del subidón, insensibles a los verdaderos problemas de una sociedad muy castigada por la crisis, ciegos al consumo, a la dilapidación de una riqueza conseguida en el pasado con mucho esfuerzo y trabajo, esfuerzo y trabajo que hoy, ausente de los campos fértiles y volcado en Flandes, no está sembrando a futuro más que la ruina de la sociedad y las instituciones.

Al otro lado, una buena parte de españoles sueltan perlas de este calibre: “¡Que se vayan y nos dejen en paz!”, o “Al final lo van a conseguir por la dejadez del gobierno”. Tremendas insensateces. En el primer caso, olvidar a un cincuenta por ciento de la población catalana para los que ser españoles es enormemente más difícil que para el resto, supone un grado de estulticia y mezquindad de Guiness. En el segundo caso observo una falta de análisis importante. Independientemente del juicio que podamos hacer de la acción del gobierno ante el problema catalán, nuestras instituciones han demostrado funcionar en lo fundamental a pesar de los pesares y con todas las imperfecciones – muchísimas – habidas y por haber, y en circunstancias muy adversas. Distingamos las prioridades en momentos excepcionales y volvamos al detalle recuperada la normalidad.

Dicen que las enfermedades autoinmunes se originan en una falta de comunicación entre el sistema inmune innato y el adquirido, es decir, entre la reacción instintiva de supervivencia y la discriminada, más compleja y discernida del organismo. Al fin y al cabo, no saber quién es tu amigo y quién tu enemigo.

Catalanes independentistas anti sistema: ni España ni los españoles somos los enemigos. El enemigo siempre es el odio a lo diferente, ver lo ajeno como contaminación.

Publio Terencio Africano, en su obra “Enemigo de sí mismo”, puso en boca de Cremes grandes palabras: “Hombre soy; nada humano me es ajeno”. Unamuno dio su versión de la cita dando una dimensión aún más específica a su noble sentido: “Soy hombre; a ningún otro hombre estimo extraño”.

 

jaime trabuchelli

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