Creo

the crescent moon

The crescent moon: the universe smiles

 

No en vano, en la primera persona del singular del presente de indicativo, el verbo crear y el verbo creer se declinan de la misma forma. Es un hecho singular, que indica claramente cómo en origen, la creación y la creencia participan del mismo movimiento: la pura voluntad. Es un hecho muy relevante y digno de un análisis serio, puesto que en él está implicada la raíz de toda acción y la base de dimensiones tan poderosas como el tiempo y el espacio.

Es ya de sobra sabido por la ciencia que el mundo interior creado por nuestra actividad mental, por pensamientos, sentimientos, emociones y sensaciones internas, configura de manera determinante la realidad conocida como universo objetivo. Y lo hace hasta tal punto que el significado de la palabra “objetividad” queda suspendido en un espacio que no es capaz de distinguir entre externo e interno, puesto que no halla, a tal nivel de análisis, diferencia alguna entre ambos. Es decir, que traspasa la dimensión espacio – temporal, que queda contenida dentro de una realidad superior, evidente por sí misma y génesis de aquella.

Nuestra conciencia nos revela de modo insoslayable que cada noche que soñamos, viene seguida por un despertar que disuelve la realidad de los mundos creados en el espacio interior. No cabe duda de que nuestra voluntad actúa de manera instintiva en la ausencia de consciencia y de manera consciente, poniéndose de manifiesto dos ámbitos en los que opera: inconsciente y consciente. Pero, no es menos evidente que hay instantes de conciencia en ambos mundos que nos revelan la existencia del otro. Sin duda, podemos inferir sin posibilidad de error que aquello que nos revela la existencia de ambos se sitúa más allá de los dos. Esta identidad trascendente es el motor de todo impulso y el origen de toda creencia y creación.

Ahora bien, cada pulsación surgida de este ámbito de la conciencia, sufre una distorsión marcada por la calidad del receptor de la misma. Como el fuego de la fragua quema toda la escoria en el oro fundido, pero este mantiene su esencia intacta, estas traducciones, interpretaciones o proyecciones del impulso de la conciencia, no perduran en el tiempo, pues están inevitablemente ligadas a él y sometidas a la “oxidación” de su deporte. Morimos como los niños que juegan a policías y ladrones. Morimos en la imaginación de la vigilia y en la del sueño, por el vínculo creado y creído entre el ser y los sentidos.

La experiencia es la madre de la ciencia. Esta es una máxima que no es nada obvia según el escenario que se muestre ante nuestros ojos. Todo el edificio de la ciencia occidental se ha construido sobre el universo objetivo, y se ha dejado en manos de la filosofía el estudio del sujeto. Es decir, que todo el saber occidental – casi todo, dejando de lado la metafísica y la mística – se ha fundado sobre la creencia en la dualidad sujeto – objeto. Ciertamente esta dualidad se da, mas su existencia, llegado al punto del Amor, rompe los límites de la mente y el lenguaje común para entrar en el reino místico de la omnisciencia, la omnipresencia y la omnipotencia. Una locura a ojos de una persona común y, para los iluminados, la única realidad.

Lo cierto es que nos movemos impulsados exclusivamente por actos de fe. Nada observable es 100 % seguro. Utilizamos la inducción, la probabilidad de certeza basada en nuestra corta experiencia, para dar un crédito mayor o menor a las personas, a las cosas. Una base endeble cuando entramos en el ámbito del sentido de la vida.

Pero no nos educan para entrar en este ámbito con sosiego, con lucidez, con solvencia. Es más, nos educan para negarlo, para ensordecer, para dudar sistemáticamente de toda trascendencia. Luego nos abandonan en la angustia de la incertidumbre, y el sistema nos descarta como a un juguete roto cuando las circunstancias de la vida derrumban nuestras casas de paja.

Tenemos tanto poder que nos asusta, pues hemos creido en la realidad de un personaje aislado, desconectado del universo, indefenso y asustado, víctima de su propia infatuación. Sólo narcotizando los sentidos cree que puede mitigar esta identidad efímera su dolor, mas no hace más que prolongar la agonía de su propio engaño.

Hay salida. Indudablemente.

La conciencia envía impulsos, vibraciones, desde lo más profundo de nosotros mismos, que son cabos genuinos a los que agarrarse y revertir el proceso. Nuestra respiración es una salva continua, una prueba permanente de la conciencia, la experiencia de la creación, mantenimiento y disolución de todo lo manifiesto, así como la vuelta a lo increado, y más aún, a la realidad trascendente.

No siempre se ha excluido en la historia de la humanidad la realidad trascendente. Durante largas eras ha sido la base de toda la cultura, de una civilización armónica, donde todo cobra sentido desde su origen y todo está concebido para la paz, la armonía y la felicidad. Ahora, la gran mayoría, se aferra a la negación de todo ello, basándose en la ridícula experiencia de nuestra historia moderna, en términos cósmico – temporales.

Hoy tenemos la capacidad de registrar el conocimiento como no se recuerda otro momento, y con ello salvaguardar lo realmente valioso de la existencia. No estamos hablando de un libro, no estamos hablando de la psicohistoria de Asimov. Estamos hablando de nuestras vidas ayer, hoy y mañana, de los puentes entre la trascendencia y la temporalidad.

La filosofía perenne siempre ha mantenido acaso una llama viva. Mucho se perdió, pero mucho aún se conserva. Y mucho más podrá perpetuarse.

Om es el sonido primordial. Una sílaba ancestral. Una pista fiable. Una realidad trascendente que pulsa en el interior de cada uno. Un albacea de nuestro poder.

La insatisfacción que sobrevive a toda estimulación de los sentidos es un indicador perfecto, por omisión, de la ruta a seguir. Puede ser que se agolpen en nuestras mentes los ecos de los callejones sin salida que tercamente insisten en horadar nuestro cerebro y nuestro corazón. Pero más allá, nuestra respiración, nuestra conciencia, el impulso superviviente del corazón que lucha por su felicidad contra todo pronóstico, resurge una y otra vez por sobre la escoria decepcionante de los fuegos fatuos.

Somos los héroes, no los villanos.

Así ha sido siempre.

No creas a nadie que niegue tu grandeza.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *