Exégesis del Amor o la Revolución

El ser humano se debilita por su propio concepto de sí mismo. Del mismo modo se fortalece.

Uno es, originalmente, un lienzo en blanco. Es un misterio lo que hace que un impulso sutil de nuestra voluntad establezca nuestro destino, desplegando en el tiempo la multitud de efectos de esta causa, esta semilla volitiva lanzada al universo desde lo más profundo de nuestro ser.

Culpar, responsabilizar al entorno, al destino, a cualquier persona, animal, cosa o circunstancia de los avatares de nuestra experiencia constituye una claudicación, un paréntesis abierto en el ejercicio de nuestro poder, que nos lleva al sentimiento de desamparo, desolación y falta de sentido.

Hay un trabajo que nadie puede hacer por nosotros: asumir nuestro poder. Para ello es absolutamente imprescindible plantar batalla a ese pequeño tirano al que hemos alimentado durante tiempo inmemorial, el ego limitado.

La necesidad de un maestro para tamaña tarea es indiscutible, en cualquier forma que pueda asumir y que estemos dispuestos a aceptar. Esto viene, de forma natural, cuando madura el propósito.

Esta búsqueda original de la propia grandeza puede eclosionar impulsada por diferentes factores: el sufrimiento, el amor espontáneo, una experiencia particularmente intensa en cualquier sentido, un encuentro.

Vivimos una época, una era extrema. Extrema en creatividad y destrucción, velocidad, abundancia en todos los sentidos, movilidad, mutación. Unos hablan de que vivimos el momento más creativo, próspero de la historia, otros de que jamás hubo tanta destrucción. Quizá todos tengan razón. La efervescencia es impresionante, los acontecimientos superan toda previsión.

Del mismo modo que sólo un jinete extraordinario puede cabalgar un caballo salvaje, sólo la más grande virtud puede aplacar la convulsión desmedida de nuestra era.  Tan desconocido como adorado, tan desvirtuado por el común de los mortales como venerado por las grandes almas, el Amor reina supremo entre la tragedia y el éxtasis, entre el sufrimiento más atroz y la dicha más excelsa.

La vida tiene un sentido absoluto, indudable, incuestionable, grandioso. Por supuesto, podemos adentrarnos en él. Podemos descartar la herencia inmemorial del desaliento, de la indignidad, del olvido.

Esta, en realidad, es la única y verdadera revolución.

 

jaime trabuchelli

 

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