El camino recto y urgente

horizonte

Desde mi punto de vista el camino recto está muy claro. Pero para ilustrarlo, rescatemos ejemplos de la vida cotidiana, que siempre son los que arrojan más luz.

Estamos en una reunión en el trabajo. La mayoría queremos parecer muy listos, muy trabajadores, muy eficientes. A lo mejor lo somos o a lo peor no tanto. Entonces surge un término técnico en la conversación que se supone deberías conocer pero no lo conoces. ¿Preguntas abiertamente para disolver tu ignorancia aun a costa de no parecer tan listo, o esperas a que lo haga otro y quede mal, pero tú sigas pareciendo muy listo? Aquí encontramos un ejemplo claro de valores como: honestidad, valentía, humildad, coherencia.

Vamos a una tienda, compramos un artículo, pagamos con 20 € y nos dan vuelta de 50 €. ¿Lo decimos o nos vamos con el botín? Honestidad o corrupción.

¿Factura con IVA o sin IVA? Algunos se dirán: “Pues sin IVA, no te fastidia, estos políticos se lo llevan crudo, no les voy a dejar que se lo lleven más crudo aún”. Ese es el principio del desastre. Cuando no eres un motor de los valores sino alguien que actúa en función de cómo actúen los demás, sin criterio moral propio. Pues siempre con IVA señores, ¿hay alguna duda?. El que no paga sus impuestos – pudiendo – roba a los demás – sabiendo -. Generosidad y rectitud o mezquindad y degeneración.

Señores, esta es la base. A partir de aquí, elaboramos el discurso y podemos construir. Alguno dirá que es exagerado, que no es para tanto. La enfermedad empieza por un simple y minúsculo virus, por una microscópica bacteria. Pero esto es muy impopular, porque lo que se ha generalizado es la complicidad, una complicidad que nos está llevando a lo que el refranero explica de manera genial: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”.

Nos debemos preguntar con toda honestidad si estamos en condiciones de defender el discurso del resurgimiento de los valores o estamos verdes para ello. Pero si la respuesta es esta última, nos debemos poner manos a la obra, porque es urgente. Son cosas sencillas que todos entendemos a la perfección, lo que ocurre es que la tentación de engañarnos a nosotros mismos es grande.

Por tanto, los valores son algo muy, muy concreto, que entienden los niños de tres años. Así que los adultos también.

Hace dos días tuve una conversación con alguien acerca de la necesidad de implicarnos todos en la actividad política, y no fui capaz de convencerle en absoluto. No hubo manera de hacerle entender que el compromiso político de las generaciones anteriores nos ha beneficiado en cosas tan importantes como la educación y salud pública gratuitas, la libertad de expresión, la integración de nuestro país en Europa y en el mundo, el gran avance en el respeto a los derechos humanos, y un largo etcétera. Que no es admisible la excusa “yo es que soy apolítico”, ya que en cuanto nos tocan el bolsillo con los impuestos, por ejemplo, o cuando nos quedamos sin luz o nos quedamos sin una biblioteca pública, ponemos el grito en el cielo y reclamamos, sintiéndonos con todo el derecho del mundo a recibir, sin dar casi nada a cambio. Pues no. Si usted decide eludir toda responsabilidad en la actividad política, usted no puede exigir que el sistema le devuelva los frutos que sólo corresponden al que ha trabajado por ellos. Es muy sencillo.

Así que basta de parlanchines de salón que no mueven un dedo por su país, por su región, por su ciudad, por Europa, por el mundo. Involucrense en algo, participen, asociense, movilicense, porque sólo con votar no vale. El sistema no va solo, los derechos y libertades no se alcanzaron de manera espontánea, sino que fueron, son y serán el fruto de aquellos que lucharon, luchan y lucharán por ellos, ayer, hoy y siempre.

Claro que nos representan. Pérez-Reverte lo dijo muy bien, alto y claro. Somos responsables como sociedad y como individuos, la culpa no es de otros, de la gente. Es nuestra.

La tarea es prístina: recuperemos los valores en nuestro día a día, seamos honestos, rigurosos, disciplinados, solidarios, tolerantes, amables, generosos… en fin, seamos como nos gustaría que fueran con nosotros, hoy y en adelante. Y traslademos esto a nuestra implicación social, política. Movilicemos nuestros valores dentro de nosotros y en nuestra comunidad. Esta tarea es urgente, insoslayable, ineludible, imprescindible, valiosa, bella, necesaria, extraordinaria y da sentido a toda una vida.

El que dude, se escaquea. No ha lugar a confusión.

Si algún partido político hiciese gala de estos valores, aun sin definirse ideológicamente en absoluto, y acompañara con un pragmatismo sensato esta sólida base moral, sería el fin del engaño de las ideologías.  Desde luego, es lo nunca visto. Pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Feliz verano.

 

jaime trabuchelli

 

Exégesis del Amor o la Revolución

El ser humano se debilita por su propio concepto de sí mismo. Del mismo modo se fortalece.

Uno es, originalmente, un lienzo en blanco. Es un misterio lo que hace que un impulso sutil de nuestra voluntad establezca nuestro destino, desplegando en el tiempo la multitud de efectos de esta causa, esta semilla volitiva lanzada al universo desde lo más profundo de nuestro ser.

Culpar, responsabilizar al entorno, al destino, a cualquier persona, animal, cosa o circunstancia de los avatares de nuestra experiencia constituye una claudicación, un paréntesis abierto en el ejercicio de nuestro poder, que nos lleva al sentimiento de desamparo, desolación y falta de sentido.

Hay un trabajo que nadie puede hacer por nosotros: asumir nuestro poder. Para ello es absolutamente imprescindible plantar batalla a ese pequeño tirano al que hemos alimentado durante tiempo inmemorial, el ego limitado.

La necesidad de un maestro para tamaña tarea es indiscutible, en cualquier forma que pueda asumir y que estemos dispuestos a aceptar. Esto viene, de forma natural, cuando madura el propósito.

Esta búsqueda original de la propia grandeza puede eclosionar impulsada por diferentes factores: el sufrimiento, el amor espontáneo, una experiencia particularmente intensa en cualquier sentido, un encuentro.

Vivimos una época, una era extrema. Extrema en creatividad y destrucción, velocidad, abundancia en todos los sentidos, movilidad, mutación. Unos hablan de que vivimos el momento más creativo, próspero de la historia, otros de que jamás hubo tanta destrucción. Quizá todos tengan razón. La efervescencia es impresionante, los acontecimientos superan toda previsión.

Del mismo modo que sólo un jinete extraordinario puede cabalgar un caballo salvaje, sólo la más grande virtud puede aplacar la convulsión desmedida de nuestra era.  Tan desconocido como adorado, tan desvirtuado por el común de los mortales como venerado por las grandes almas, el Amor reina supremo entre la tragedia y el éxtasis, entre el sufrimiento más atroz y la dicha más excelsa.

La vida tiene un sentido absoluto, indudable, incuestionable, grandioso. Por supuesto, podemos adentrarnos en él. Podemos descartar la herencia inmemorial del desaliento, de la indignidad, del olvido.

Esta, en realidad, es la única y verdadera revolución.

 

jaime trabuchelli