Donald Trump o el gilipollas

Más allá de sus acepciones académicas -tonto, idiota, necio, estúpido -, el gilipollas es aquella persona que ha logrado instalarse en una forma de ser y hacer que sólo, en el mejor de los casos, resulta agradable o divertida a otros gilipollas.

Donald Trump es un gilipollas de libro. Técnicamente cumple todos los requisitos: inoportuno, desagradable, encantado de conocerse a sí mismo mientras los demás le huyen – evidentemente muchos se acercan al presidente, no a la persona -, ajeno a toda sutileza y desprovisto de toda tendencia a la profundización – excepto en su propia gilipollez -. Los gilipollas son olvidados tan pronto como resulta posible, ya que nada de valor se puede extraer de su legado.

Lo extraordinario es que millones de estadounidenses han creído oportuno votar al gilipollas. Y no es que se halla camuflado en la campaña, puesto que se ha mostrado tal cual en todo momento. Esta es otra cualidad de un gilipollas, el ejercicio constante, invariable, del arte de molestar a las personas de bien, a los bien educados. Colegir que millones de estadounidenses son igualmente gilipollas es una tarea harto difícil, pues se hace necesario conocerlos a todos; dicho lo cual, si la hipótesis se confirmase tras tan hercúlea tarea, el heróico investigador sólo conservaría las ganas de morir, si es que no hubiera muerto ya sin ganas tras el último ciudadano analizado. Uno no se hace antropólogo ni sociólogo para esto. Pero es que la democracia tiene estas cosas: la capacidad de llevarnos al desastre de forma metodológicamente impecable.

A veces el gilipollas prospera rápidamente. No tiene los frenos, los filtros o los escrúpulos de los no gilipollas, y eso hace que camine a menudo por una especie de vía rápida, de radial que le permite llegar antes – si no se estrella por el camino, claro está -. Seguro que todos conocemos a muchos gilipollas en las calles y carreteras de nuestras ciudades.

La vergüenza por la que están pasando millones de estadounidenses educados, corteses, amables, bien cultivados y de buenos sentimientos, no tiene precedentes. El ejemplar es único: un gilipollas perfecto. Empujar, insultar, importunar, despreciar, discriminar, fanfarronear, pavonearse, amenazar, vociferar, abusar, hacer trampas – ¿estaremos ante una etimología perenne? -, no queda ninguna característica por manifestar. Es más, seguramente podremos encontrar nuevas revelaciones en los atributos de la categoría observando en acción al ideal.

Se podría llegar a pensar que la imagen que la prensa traslada del individuo es premeditadamente la de un gilipollas. Pero lo cierto es que no podemos otorgar este mérito a la prensa, por mucho que les gustase, que seguro les gustaría, ya que ese aroma, ese algo indescriptible que define a los de su especie, impregna cada gesto, cada ademán de este Austin Powers newyorquino, nada newyorquino por otra parte – todos sabemos que los gilipollas son de un único sitio, aunque no sabemos bien dónde está -.

Evidentemente, debe haber un puñado de cosas que haga bien. Pero de entre ellas, sin duda, lo que mejor hace es el gilipollas.

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