El charlatán

Afirmar que hay una sola manera de ser libre es toda una declaración de intenciones.

Albert Rivera no fundó Ciudadanos, ni tampoco redactó, ni siquiera ayudó a redactar, el manifiesto fundacional. Fue un conjunto de circunstancias, azarosas en buena medida – también acepto que fue el destino – las que le llevaron a la presidencia del partido al que se afilió allá por 2006.

Si mostró desde el principio buenas dotes de combatividad dialéctica; una gran facilidad para ordenar ideas y plantearlas de manera clara, prístina, con poco papel y una gran capacidad para defenderlas. Muchos le seguimos, convencidos de que encarnaba aquello a lo que daba forma con su discurso.

El último congreso de Ciudadanos no vino sino a ratificar formalmente aquello que Rivera escondía tras su discurso: una regeneración de bonsai.

El bonsai es un árbol al que se jibariza, al que no se le deja crecer sometiéndole a una disciplina férrea de podado y exigencias de forma, al que día a día se le da un aspecto a la medida de la imaginación del que lo fuerza.

Para Albert Rivera el militante es un proyecto de bonsai. Una mente que debe ser sometida al rigor de sus exigencias, al seguidismo más absoluto, al arte de aplaudir sin excepción. Las ideas que el barcelonés sostiene en su interior deben ser adoradas con ritos precisos, meticulosos e insoslayables. Del mismo modo, las mudanzas ideológicas deben también ser asumidas con naturalidad, pero eso sí, nunca antes de ser establecidas por el mutante primigenio. En definitiva, Albert, nunca se logró la libertad con un ejército de esclavos. Gandhi no logró la independencia de la India atemorizando a sus seguidores, sino inspirando un movimiento colectivo de dignidad individual, apelando a los valores que nunca franquició, sino que transmitió con franqueza y coherencia. Para beneficiar a la comunidad, uno puede ser el principio de algo, pero nunca su fin. Las grandes transformaciones son siempre una obra abierta, colectiva. Cuando uno representa el espíritu de una generación, aceptar la diferencia no lleva nunca al caos, sino a gravitar ordenadamente en torno una armonía de valores que confluyen en beneficio de todos.

Este chico hizo una foto de la Sagrada Familia y la confundió con la realidad. La mente tiene estas cosas: es la gran fábrica de espejismos, la gran artífice de la infatuación. Nos muestra el objeto de deseo con colores vívidos y toda suerte de detalles… y creemos haber hallado la felicidad. Cuánto lloramos después nuestro error, es la historia de todos los días.

Teníamos, tenemos, muchas ganas vivir en una sociedad amiga, construida en virtud. Queremos que nuestros hijos crezcan en una comunidad que sirva de alimento para todas sus necesidades, que conspire con todo aquello que deseamos desde lo más profundo de nuestra alma: solidaridad, prosperidad, honestidad, valentía, generosidad, y en fin, todos los valores que hacen a la vida digna de ser vivida. Para ello confiamos en la política como piedra angular del cambio, como canal que diera curso, cauce, a toda una corriente entusiasta de seres humanos dispuestos a trabajar, a entregar lo mejor de sí para el beneficio de la comunidad. Qué intención tan noble, tan grande, tan loable. Pero la sociedad no estaba preparada, ni nosotros tampoco supimos leer el signo de los tiempos. Por no saber, no supimos siquiera distinguir si nuestro líder representaba todo aquello a lo que aspirábamos. Y así nos fue.

Albert Rivera se engaña a sí mismo todos los días, construyendo castillos en el aire, sosteniéndolos con su soplido. Mientras tanto, una pequeña legión de porteadores pasean la imagen por las calles de los medios, barriendo sin contemplaciones a todo aquel que señale la artificialidad de la figura. Para ello evitan que los curiosos se acerquen más de lo necesario, ya que en la proximidad es inevitable desvelar el engaño.

El rey sigue desnudo, desde aquel cartel que lo anunciaba. Nunca ganamos el mundial del 82.

 

jaime trabuchelli

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