Los fundamentos de la civilización

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Parece como si nos agarráramos a la democracia como si fuera la base de toda convivencia, la primera piedra del edificio de la civilización, el suelo que sustenta la evolución de la humanidad. Craso error.

Fiarlo todo a la democracia es como andar hipnotizados por el pentagrama, embelesados con la paleta, arrobados por la pluma, ignorando a la vez al artista y a la obra, al compositor y a la sinfonía, al pintor y al cuadro, al poeta y a la poesía.

La democracia per se no nos salvó del nazismo, sino que le sirvió de andamio. Tampoco nos ha protegido de los populismos perniciosos, empobrecedores de espíritu y  cosechas. Mucho menos nos ha protegido de la tiranía de las burocracias, de los arquitectos de una ley calculada para revertir el beneficio hacia sus propios canales de riego, y aún menos nos defiende de la tiranía de la justicia ineficiente y de los medios de comunicación secuestrados por sus mantenedores.

Me gusta la democracia, claro que me gusta. Me gusta una democracia basada en los principios que nutren una humanidad solidaria, que prioriza el bien común, que protege la verdad y que jamás da la espalda a los indefensos, porque consigue que nadie quede establecido en tal condición. Pero esta democracia, este tronco fuerte y hermoso, no es, por sí mismo, la base de la civilización, el numen de la convivencia. Hemos de tornar nuestra mirada a las raíces, a los valores, al destilado esencial de lo mejor de la condición humana: el anhelo genuino de una sociedad feliz, la renuncia a la perversión de la codicia, el respeto y el amor a todos como suelo, como cimiento, como aire en el que respirar.

Es desde estos valores, a estos valores, virtudes, principios, como los queramos llamar, a los que tenemos que agarrarnos como primer resorte, como primer paso, como primer aliento. Y no sólo. El hilo conductor, el cemento, los eslabones de la civilización han de estar formados de estos elementos primordiales.

Demasiado sutiles, demasiado etéreos para algunos, para muchos; quizá demasiado difíciles de enarbolar para otros, para muchos; demasiado en desuso para una mayoría. A la hora de la verdad, la virtud marca la diferencia en todo. En los tiempos actuales esta diferencia está clara: lo peor de cada casa está en el puente de mando.

El individuo es la esencia de la civilización. Desde el corazón del individuo se teje el infierno o el paraíso de los mundos, como el sol hace visible toda la manifestación. Todo el trabajo se inicia en el íntimo silencio de la soledad, en la reflexión, en los resortes atávicos de la pura intención. El Conde de Buffon lo expresó de forma bellísima: “El estilo es el hombre mismo”. Del mismo modo la filosofía india del Yoga habla del karma yoga como el camino de la acción desinteresada, del amor a la acción por sí misma. La simple generosidad habla de que uno está nutrido por su propio corazón, y por tanto cualquier acción desde este punto es en beneficio de toda la humanidad.

Sí, debemos asumir una meta más alta, más elevada, más noble, porque si no la tensión de la vida no es suficiente y acabamos hundidos bajo el manto de la miseria, de la apatía inercial, de la falta de propósito, de la decepción crónica. Sólo depende de una decisión, y esta decisión no depende de nadie más que de uno mismo. Ser uno mismo resulta en ser independiente, firme, alegre, determinado a ser feliz y a hacer felices a los que tenemos a nuestro alrededor. Todo ser humano alberga una grandeza inigualable, que exige la valentía primera de abrirle la puerta. Todo lo demás viene después.

Y después viene la democracia, pero una democracia con médula en sus huesos, no la osteoporótica actual, que no se conoce a sí misma y es pasto de roedores. Una democracia sana no es un barco sin velas ni timonel, mero casco. El arte de la navegación y el propósito del navegante, eso da sentido, velas y timón al barco.

Lo más obvio es lo primero que se pierde, como con la presbicia se nubla lo cercano pero permanece claro lo más alejado. Es así como pasamos a considerar motores a las ruedas, botellas a las fuentes y seres a los cuerpos.

Esa fuerza centrífuga llamada ansiedad, el estrés de nuestros días, se ha constituido en una capa espesa, de inusitado grosor, que nos aleja del núcleo una y otra vez, que desvía nuestra mirada de la verdad evidente del ritmo natural del ser. Una capacidad inconmensurable para retornar a la unidad original, para dominar la compulsión de la mente, yace en todos y cada uno de nosotros.

Cada ser humano funciona como la bolsa, digamos, de Nueva York. Cada uno de nosotros utiliza su Dow Jones particular; muy influenciado, eso sí, por el paradigma actual, por las creencias compartidas por una cultura fruto de un legado pero que se cocina día a día de nuevo, en cada casa, en cada ciudad, país y continente. Y en cada mente individual. Cotizan las ideas, los valores, las creencias. Una de ellas, básica, esencial, es nuestro propio ser, nuestra identidad. Quién somos cotiza, no lo duden, en nuestro propio parquet. Y el precio jamás lo ponen los demás, a no ser que lo permitamos. Lo cierto es que el valor es máximo, incuestionable, y toda fluctuación a la baja es perversión.

Sí, claro, democracia. Pero no a la deriva.

Felicidades por Ser.

 

jaime trabuchelli

 

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