La fragua, la leña y el fuelle

trump

 

La era de mayor prosperidad material de la historia, con mayores medios físicos e intelectuales, con el mayor volumen de información disponible, inimaginable hace décadas, con el mayor conocimiento disponible sobre nuestro pasado reciente y lejano, está dando un fruto paradójico, desconcertante: el auge del populismo zafio y ramplón, con toda su cohorte racista, insolidaria, agresiva, mezquina y vil. Las tendencias más negativas de la humanidad han conseguido llevar al liderazgo de la primera potencia mundial a su representante perfecto: un wasp tan astuto como carente de escrúpulos, tan ávido de poder como firme en su voluntad de amputación. El maniqueísmo extremo en la base de toda demagogia, la nula voluntad de diálogo travestida de falsas buenas intenciones en el mejor – o peor – de los casos, ahora lidera el mundo – ¿civilizado? -.

No deja de llamar la atención que un país que marcó tendencia en el último siglo haya seguido actualmente la estela de  Europa de manera acentuada y multiplicada. Mientras en el viejo continente surgían con fuerza a raíz de la crisis fuerzas populistas de todo signo – Francia, Grecia, España, Gran Bretaña… – uno de los presidentes más benéficos de la historia de EEUU se hacía con la presidencia de un país azotado por la Gran Recesión. Es más, Obama deja un país infinitamente más saneado enconómica y socialmente de lo que encontró en 2008, aunque a la vista está que las grietas de una cultura que no se sostiene a sí misma han sido finalmente permeables al linimento de la corrupción ética, en la base de todo populismo excluyente con tufo totalitario. El sustrato cultural e ideológico, el modo de pensar interiorizado por las mayorías, suponen finalmente una corriente de fondo superior a la coyuntura económica, mostrando que los presupuestos marxistas carecían de la profundidad necesaria para interpretar la historia moderna y no sólo incapaces de sostenerse en la praxis como bien demuestra nuestra historia reciente.

Pero no sólo las ideologías del S XX han demostrado su incapacidad para dar respuesta a los retos de nuestro tiempo, sino que la propia democracia también muestra de nuevo signos de desprotección frente a sí misma. Los riesgos del relativismo extremo de una sociedad desespiritualizada – si me aceptan el ‘palabro’ – hacen que la paz social, la evolución ética de la sociedad esté expuesta a los ataques impulsivos y compulsivos de las masas más ignorantes, para las que, al parecer, nunca falta un líder de discurso hediondo. Así que Donald Trump ha encontrado suelo fértil en unos Estados Unidos borrachos de sí mismos que le han apoyado de forma masiva. Por supuesto, estados como California y Nueva York, mucho más abiertos y cosmopolitas no han apoyado la aberración; es curioso observar como los estados abiertos a los océanos, más abiertos al mundo por definición, se han opuesto de manera casi unánime a la corriente reaccionaria.

¿Y ahora qué? Pues mucho me temo que jarabe de palo. Es el momento de averiguar si la sociedad mundial se diferencia sustancialmente de la sociedad que en el S XX no fue capaz de evitar los desmanes de la locura, y somos capaces de activar los mecanismos necesarios para protegernos de nosotros mismos. Es momento de averiguar si nuestro intelecto colectivo está en condiciones de discernir entre la prudencia y el racismo, entre prójimo y enemigo, entre dictador y líder auténtico, entre remedio y enfermedad.

A veces la ignorancia sólo se cura a altas temperaturas, del mismo modo que hay que fundir el oro para eliminar la escoria. Donald Trump ha prometido encender el horno, y la sociedad establecerá cuanta leña hace falta para abrir los ojos. Mientras tanto, démosle al fuelle del conocimiento para que no haya más leña de la que arde.

 

jaime trabuchelli

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