A fuego lento

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Desde que dejé Ciudadanos me faltan dedos en las manos para contar las veces que me han pedido sumarme a nuevos proyectos políticos. Nuevos proyectos bien intencionados que buscan dar una alternativa potable dentro de estos infectos humedales en los que se han convertido las formaciones políticas actuales.

Pero lo cierto es que me chocan las prisas en todos los casos. Siempre comento, además, que fundar un partido es como tener un hijo. Le das todo, te vuelcas, entregas lo mejor de ti para que prospere, crezca, se nutra, adquiera conocimiento y sabiduría y pueda enfrentar la vida con las mayores garantías, para que enriquezca el mundo en el que vive, pero no puedes esperar un retorno. No debes esperar que te corresponda, que te restituya lo dado, ni siquiera que te reconozca el esfuerzo, el amor. Porque lo que tiene valor en tu entrega es precisamente eso: lo entregas. Encuentras satisfacción en el mismo hecho, en el momento en el que lo haces, sin proyectar a futuro ningún deseo de retorno.

De modo que si fundas un partido, debes estar dispuesto a que te dé la espalda en cualquier momento. Este punto cero de generosidad no es algo a lo que el común de la gente, por muy bienintencionada que sea, esté dispuesta a aceptar. Aceptar esto significa que te entregas a un proyecto porque tienes algo que dar, que ofrecer, de manera genuina, y no porque tengas una necesidad de recibir, de ser reconocido o de cualquier otro tipo. Esto, es sumar. Si no, es restar.

En un partido político como Dios manda, sus miembros han de tener una formación muy completa. Cada uno debe cumplir la función para la que esté preparado, y todos deben estar preparados para comprender lo que significa estar dispuestos a gestionar las instituciones con solvencia, integridad y generosidad.

Es alarmante comprobar cómo prácticamente la totalidad de los políticos llegan a las instituciones sin saber cómo funcionan, sin conocer en realidad qué es lo que se espera de ellos, cuáles son los procedimientos, los reglamentos de las cámaras o consistorios… No están preparados para hacer su trabajo, y por tanto, el funcionamiento de las instituciones se resiente sensiblemente. Un partido político debe formarse y formar a sus miembros para que en el caso en que lleguen a representar a sus votantes en las instituciones, sean competentes para dicho desempeño. Muy lejos de esto, los partidos actuales dedican la mayor parte de su tiempo a conspirar entre facciones, a purgar disidentes o a establecer redes de adeptos. No digo que no sea necesario establecer una red de relaciones dentro de los partidos, formales e informales, para llevar a cabo proyectos, iniciativas o crear corrientes ideológicas – creo que es sano -, sino que esto no se convierta en una dedicación cuasi exclusiva en el día a día, ya que si no no queda tiempo para aprender a ser eficientes, a generar proyectos bien documentados, a relacionarse con la sociedad y sus representantes y a reflexionar sobre el propio desempeño y buscar permanentemente áreas de mejora.

Otra de las cuestiones que constituyen la piedra angular de un partido político como Dios manda es el establecimiento de una comisión de garantías independiente que garantice el cumplimiento de el espíritu fundacional de la formación. En las formaciones actuales, esta comisión es una burla. Convertida en instrumento de poder de la ejecutiva de turno, no es capaz de defender al afiliado independiente, sino que se dedica en exclusiva a dar soporte al oficialismo. Hay documentación profusa que evidencia esta triste realidad.

Así que fundar un partido político como Dios manda no es algo sencillo, exprés, coyuntural. Es una tarea muy seria que lleva mucho tiempo, muchos recursos, muchas personas muy bien preparadas y mucha, mucha reflexión. No es algo que pueda ‘montarse’ pensando en las siguientes elecciones, sino algo que debe amarse pensando en las siguientes generaciones.

Si en algún momento un proyecto de esta envergadura emergiese, me sumaría con mucho gusto, dispuesto a servir en la medida de mis posibilidades, y sin esperar más que el mero gozo de saberme embarcado en algo genuinamente bueno, con el potencial de beneficiar a mis tataranietos.

Sin prisa, sin codicia, sin afán de protagonismo. Con amor, con inteligencia, con valores, con generosidad, con esperanza, con paciencia. Como los buenos guisos.

 

jaime trabuchelli