Elogio del cero

cero

Se da una diferencia sustancial entre los números romanos y los árabes. En los números romanos no existe el cero. Y el paso de Grecia a Roma supone una desconexión con las raíces de la filosofía, bien representada por un Pilatos inoperante frente al abandono de lo bueno, del valor evidente. En Nazaret nacía la referencia de lo que aún hoy acontece: la tortura, el eclipse de la Verdad a manos de la ignorancia.

Ocurre que lo más obvio es a menudo lo más valioso. Ocurre que lo más valioso es a menudo lo mas ignorado. Y ocurre, que lo más ignorado, es, casi invariablemente, lo más necesario.

No hay paz si no se profundiza suficientemente en el significado esencial del cero. El cero es el espejo.

La necesidad de profundizar es el cero. Lo que anima al explorador es el cero. Lo que no se puede conceptualizar, lo que escapa a la acción, es el cero.

El cero es inútil a cualquier propósito encaminado a añadir algo. Pero, indefectiblemente, todo valor acaba revirtiendo en el cero, puesto que cualquier existencia es mutable por naturaleza.

Einstein habló de la energía como algo que no se crea ni se destruye, sino que sólamente se transforma. Y todo es energía. A medida que vamos profundizando y ahondando en las sutilezas de esta energía, vamos eliminando hipótesis, restando. Sócrates hizo lo propio en su “sólo sé que no sé nada”. Sankaracharya, en su Viveka Suda Mani – La joya suprema del discernimiento -, llevo el “neti neti” – esto no, esto no – del Vedanta, a la limpieza más absoluta.

El cero. Encierra la grandeza de la humildad total. La evidencia del Ser. El esplendor de la Conciencia. Naturalmente supone la muerte del ego, la evidencia de su irrealidad. De hecho, a la luz de la Conciencia la dualidad, la identidad separada, se revela como una broma infantil, algo que jamás tuvo la condición de realidad. Un mero reflejo tomado por real a causa de la ignorancia.

Pero occidente huye del cero como de la peste, enferma de horror vacui, henchida del “Ego de la civilización” tan brillantemente descrito por Swami Chidvilasananda en una de sus magníficas conferencias.

¿Es feliz nuestra civilización?

Ni de lejos. Huímos de nosotros mismos. En occidente el cero se traduce como carencia, ya que sólo lo manifiesto se ha convenido en considerar valor. Observable, objetivo, real. Todo ello condena al Ser, a lo trascendente, al universo de lo despreciable. Realmente, esto es un paradigma despreciable en sí mismo, carente de todo valor y generador de todo sufrimiento y miseria. Vivimos en una aparente opulencia – muy desigual -, en la ilusión del progreso, llevando de atracción en atracción el infierno interior como inseparable compañía. Innecesariamente. Somos la alegría ignorada.

Poner rumbo al cero con valor, adentrarnos en el universo interior que pulsa incesantemente, abandonando toda pretensión e impostura, trascendiendo una mente que ha creado un laberinto con los mimbres del tesoro. Aquí una puerta.

 

jaime trabuchelli