Una fe sin fronteras

Campos de Trigo

“Dejad que el trigo crezca en las fronteras, porque una flor no puede ser hermosa si no dejáis que el trigo crezca en las fronteras”

Carlos Oroza

Somos hombres y mujeres de fe. La mayoría, de manera inconsciente, por eso de que el ego intelectual exige razones serias – que no son más que cadenas circulares que parten de una fe – y luego algunos, que aceptamos el hecho de que creemos en una intuición primera, en una experiencia interior que asociamos a determinadas cosas. No he sabido explicarlo con mayor sencillez, y seguro que se puede. Para eso sirven los ejemplos: yo creo en Dios porque todo lo que veo y siento me parece admirable, inconmensurable, obra de una inteligencia y una sensibilidad fuera del entendimiento de mi mente. Por tanto, Dios. Y creo en la bondad fundamental de ese Dios, en la unidad de todo, en la felicidad básica de la existencia consciente porque quiero. Y porque me parece lo único sostenible. Y porque deseo ser feliz por encima de todo, y sin esta creencia no sería posible. A partir de ahí, razono lo que queráis. Pero la razón no es la base: la base es la fe, la experiencia, la existencia, la conciencia, la dicha.

Bien, ahora la política. Ahora Cataluña. Ahora este experimento vital que es el movimiento independentista que no es más que una creencia, una fe, una emoción arraigada en un convencimiento irracional – como todo – para la búsqueda de un sentido, para el alivio del aburrimiento y para enriquecerse algunos. Como todos los fanatismos, el sectarismo es la seña de identidad fundamental de la cosa. Y como todo sectarismo, la cadena de razones justificatorias para tales postulados, es pueril y radicalmente fracturadora. El enemigo es creado de manera irreflexiva, quimérica, sin repeto alguno por los hechos, una especie de sumidero al que confluye todo líquido inflamable, un magneto imperial al que vuelan todos los férreos males. Simple y efectivo, para mentes simples y perezosas, prontas a la solución rápida y chapucera que satisfaga las urgencias de la cojera intelectual, de la pobreza emocional y del hambre del odio proyectivo.

Todos estos ingredientes conjugan el caldo de cultivo del ébola social, de la contaminación de la convivencia. Pero es lo que toca. Es la lección contemporánea, la prueba de que no hemos aprendido aún como sociedad las lecciones que de manera tan terrible se nos mostraron en el S XX. La sabiduría no acaba de cuajar, no acaba de permear en una mayoría, igual que la caligrafía se pierde por las alcantarillas del S XXI, igual que la filosofía se institucionaliza como tomos molestos y preguntas incómodas para la pragmática clase política, igual que el materialismo atroz se come la calma de la ciudadanía, igual que la poesía se está convirtiendo en un mito lejano, aislado, con cara de premio nonagenario y discursos para tres.

Pero no. No cuela. Y no cuela porque la humanidad tiene hambre. Tiene hambre de sentido, tiene hambre de verdad, tiene hambre de paz, de amor. Hambre de libertad, porque no ha sido conquistada. Ni de lejos. La humanidad está presa de un paradigma constrictor, alienante, que no da solución alguna a lo que verdaderamente importa, y que a lo único que lleva es establecer reglas al pillaje. Reglas urdidas para un lobo socializado, con piel de cordero, depredador a oscuras. Cárceles, rejas, cerrojos, policía, guardas de seguridad, ejércitos y armas. Estos elementos no forman parte de la normalidad, porque nuestra civilización está enferma. A todo esto, sobre esta base, la misión del salvapatrias, del “iluminado” de pacotilla, del sacaduros, está servida. Empezamos por esquilmar la Banca Catalana, por intimidar a los Obiols, y vía libre. Luego vamos construyendo sin descanso el edificio de la ignominia, viralizando, clonando los gérmenes de la satanización, elevando a los altares de las túnicas blancas de forro negro a las deidades delirantes de la religión tumoral.

Pero no podemos quedarnos anclados en el análisis del síntoma, en la pústula, sin recorrer el camino etiológico, sin apuntar al origen, al clima que hace posible tales gérmenes. Y son el egoismo y la ignorancia que invaden nuestra civilización. Y es la falta de valor para aceptar esta realidad lo que impide de manera primera abordar las soluciones con firmeza, con determinación y anclar las raíces de una verdadera convivencia en la que el miedo al otro no tenga lugar. Es aquí donde la filosofía, donde las semillas pioneras del conocimiento humano, donde el ecumenismo espiritual – ¡qué redundancia, pero lamentablemente qué necesaria aclaración! – adquieren un protagonismo, un liderazgo esencial. Pero vivimos en la sociedad del camino fácil, simple, de la imagen sin más, de las urgencias sensuales, y todo esto se desprecia con un manotazo: “¡Menudo coñazo!”.

Pero el sufrimiento y los desequilibrios crecen, la población crece sin cesar aumentando el estrés en la misma medida, la escasez, el equilibrio del planeta se rompe y los extremismos germinan, mientras la armonía, la paz, los entornos favorables se resienten. Insostenible. Cuestión de tiempo. Vivimos cien años, en el mejor de los casos. No nos pertenece el cuerpo que habitamos ni la tierra que pisamos. Todo es en usufructo y el estado de la cosa es nuestro legado. Pero no asumimos nuestra responsabilidad. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

Soy profundamente optimista porque veo con claridad las razones del sufrimiento y creo en las soluciones. Creo que las soluciones se van a imponer por pura necesidad. En la medida en que utilicemos el conocimiento ampliamente disponible para tomar cartas en el asunto disminuiremos, geométricamente, el sufrimiento del aprendizaje. En caso contrario, mucho más dolor, mucho más caos, mucha más desarmonía y llanto. Pero al final, el equilibrio se impondrá, porque es una necesidad vital tan profunda, tan incuestionable, que encuentra el camino como el agua de un glaciar encuentra el océano tras galopar en lo que parecía un camino interminable.

¿Mas? ¿Puigdemont? ¿Ratoncillos en Hamelin? Sólo me producen compasión. El sufrimiento que produce volcar todas las esperanzas en una quimera e ir dejando cadáveres por el camino, es inefable. Es como el que construye su fortuna arrebatándosela a los demás, esclavizando a otros. Estás preparando un lecho de escorpiones para tu descanso.

El paradigma no sirve. El crecimiento económico se ha convertido en una religión, los beneficios empresariales en las bienaventuranzas, la productividad en el sustituto del servicio desinteresado. Así no hay cielo, queridos míos. Sólo la garantía del infierno social. Porque nadie se la juega para denunciar una injusticia, por denunciar al jefe que abusa, al diputado que roba. Porque si pierdes tu trabajo te vas al averno. Yo no quiero volver a las religiones de dogmas vacíos, sino vivir en un mundo bueno donde no tenga que temer al prójimo, sino celebrar su compañía.

Como canta el maravilloso poeta de Vivero, Carlos Oroza, dejad que el trigo crezca en las fronteras.

 

jaime trabuchelli

 

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