Victoria

Jugamos a controlar el mundo, nuestro mundo, fracasando una y otra vez, porque no hacemos uso de la paciencia necesaria para observarlo.

Observamos a otros, los acontecimientos, las cosas, pero nos da terror observarnos a nosotros mismos. Nos da terror comprobar que el personaje que hemos construido y llamado “yo”, es patéticamente efímero. En el horror vacui de la necesidad de identidad, en la duda fundamental sobre nuestra esencia, atrapamos con urgencia un mix de etiquetas, sentires y recuerdos y construimos un muñeco de nieve en pleno verano, conservado en el congelador de la invisibilidad, de la ignorancia, del inútil huir de la conciencia.

Estamos a merced de impulsos y emociones porque el competidor que hemos creado es manifiestamente mejorable, gris e incompleto, erróneo. ¡Qué necesidad! El mundo es de los valientes. ¿Sufren? Más que nadie. ¿Gozan? Más que nadie. ¿Viven? Sin descanso.

La opción que hemos tomado de grises espectadores, comedores de migajas, reservistas de la nada, es la peor. Sobrevivir por las sobras, latir en la agonía sorda, melancolía infinitamente lejana del recuerdo de una difuminada esperanza. Y de repente, de manera insospechada, el fogonazo.

La tabla de salvación podrida y decadente salta por los aires y el sol luce tanto que duele, descoloca. El dolor duele más que nunca y el gozo nos sobrepasa. Es el rescate y no lo comprendemos. Al poco volvemos a buscar los trozos estallados de la podredumbre y reconstruimos con manos temblorosas, como simios asustados mirando de reojo, hacia atrás, de rodillas, una amenaza inconcreta de luz y de memoria. Sangra la luz y la sombra rabia, aprieta los dientes y el alma, clavando en el aire el mapa del olvido.

Hemos heredado una libertad que nos cabalga, que jamás cabalgaremos, que sólo fuéremos ícaros de la conciencia. Las puertas al infinito se abren de par en par, infinitamente grandes, infinitamente pequeñas, sin condiciones ante el espejo. La semilla de la vida está vacía, y el vacío lo es todo. El uno no es lo que parece.

Somos perfectos.

Si estás dispuesto a morir por un instante de felicidad pura, el momento es ahora. Siempre. Nada volverá a ser lo mismo.

 

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