Usted se va a morir

Es una obviedad. Una obviedad huída por muchos y una lección de nacimiento de indudable valía.

La muerte es benéfica y necesaria. El sistema colapsaría si no muriésemos – está a punto de hacerlo de cualquier manera -. El equilibrio da la bienvenida a la muerte.

Todas las preguntas importantes de la vida surgen de esta realidad inamovible, la más democrática de todas. Todos vamos a morir. Es más: con el tiempo, nadie se acordará de nosotros. ¿Sabe usted el nombre de sus 16 tatarabuelos? Ni siquiera tras unas pocas generaciones nuestra propia familia se acuerda de nosotros.

Esta realidad demuestra lo poco trascendente que es todo lo material, incluído el cuerpo, por supuesto. La conservación del patrimonio cultural y artístico es el intento de conectarnos a la sabiduría de las generaciones anteriores, aprender de su experiencia. Pero lo primero es la reflexión sobre nuestra propia existencia, sobre lo que es importante y lo que es secundario en la vida y en la muerte.

La primera cuestión que me viene a la mente cuando pienso en la muerte es: ¿para qué vivir? Y después de la muerte, ¿qué? A la segunda pregunta que cada uno encuentre su respuesta, yo ya tengo la mía, pues no tengo ninguna duda de la trascendencia del alma. En cuanto a la primera, para mí resulta bastante ilustrativo observar las vidas de aquellos que han dejado un legado sustancial, importante. Aquellos que lograron mejorar la vida de las generaciones contemporáneas y las futuras. Sin duda Gandhi reflexionaba a menudo sobre el hecho de la muerte propia, y su vida fue un ejemplo de labor desinteresada, de búsqueda de sentido. Hizo cosas muy grandes anclándose en cosas muy sencillas.

Si usted es capaz de sostener en su mente el hecho de que va a morir, va a despertar de nuevo, en plena vigilia. Esta conciencia es como el fuego en la fragua: elimina la escoria y mantiene el metal puro, sin mezcla. Lo superfluo es visto como tal, y por tanto, es deshechado. Lo importante brilla con más fuerza, dotando a la vida de un sentido mucho más claro, una alegría mucho más viva y acciones más valientes y nobles.

La muerte, la gran incomprendida, es una magnífica maestra.

 

jaime trabuchelli

 

Una fe sin fronteras

Campos de Trigo

“Dejad que el trigo crezca en las fronteras, porque una flor no puede ser hermosa si no dejáis que el trigo crezca en las fronteras”

Carlos Oroza

Somos hombres y mujeres de fe. La mayoría, de manera inconsciente, por eso de que el ego intelectual exige razones serias – que no son más que cadenas circulares que parten de una fe – y luego algunos, que aceptamos el hecho de que creemos en una intuición primera, en una experiencia interior que asociamos a determinadas cosas. No he sabido explicarlo con mayor sencillez, y seguro que se puede. Para eso sirven los ejemplos: yo creo en Dios porque todo lo que veo y siento me parece admirable, inconmensurable, obra de una inteligencia y una sensibilidad fuera del entendimiento de mi mente. Por tanto, Dios. Y creo en la bondad fundamental de ese Dios, en la unidad de todo, en la felicidad básica de la existencia consciente porque quiero. Y porque me parece lo único sostenible. Y porque deseo ser feliz por encima de todo, y sin esta creencia no sería posible. A partir de ahí, razono lo que queráis. Pero la razón no es la base: la base es la fe, la experiencia, la existencia, la conciencia, la dicha.

Bien, ahora la política. Ahora Cataluña. Ahora este experimento vital que es el movimiento independentista que no es más que una creencia, una fe, una emoción arraigada en un convencimiento irracional – como todo – para la búsqueda de un sentido, para el alivio del aburrimiento y para enriquecerse algunos. Como todos los fanatismos, el sectarismo es la seña de identidad fundamental de la cosa. Y como todo sectarismo, la cadena de razones justificatorias para tales postulados, es pueril y radicalmente fracturadora. El enemigo es creado de manera irreflexiva, quimérica, sin repeto alguno por los hechos, una especie de sumidero al que confluye todo líquido inflamable, un magneto imperial al que vuelan todos los férreos males. Simple y efectivo, para mentes simples y perezosas, prontas a la solución rápida y chapucera que satisfaga las urgencias de la cojera intelectual, de la pobreza emocional y del hambre del odio proyectivo.

Todos estos ingredientes conjugan el caldo de cultivo del ébola social, de la contaminación de la convivencia. Pero es lo que toca. Es la lección contemporánea, la prueba de que no hemos aprendido aún como sociedad las lecciones que de manera tan terrible se nos mostraron en el S XX. La sabiduría no acaba de cuajar, no acaba de permear en una mayoría, igual que la caligrafía se pierde por las alcantarillas del S XXI, igual que la filosofía se institucionaliza como tomos molestos y preguntas incómodas para la pragmática clase política, igual que el materialismo atroz se come la calma de la ciudadanía, igual que la poesía se está convirtiendo en un mito lejano, aislado, con cara de premio nonagenario y discursos para tres.

Pero no. No cuela. Y no cuela porque la humanidad tiene hambre. Tiene hambre de sentido, tiene hambre de verdad, tiene hambre de paz, de amor. Hambre de libertad, porque no ha sido conquistada. Ni de lejos. La humanidad está presa de un paradigma constrictor, alienante, que no da solución alguna a lo que verdaderamente importa, y que a lo único que lleva es establecer reglas al pillaje. Reglas urdidas para un lobo socializado, con piel de cordero, depredador a oscuras. Cárceles, rejas, cerrojos, policía, guardas de seguridad, ejércitos y armas. Estos elementos no forman parte de la normalidad, porque nuestra civilización está enferma. A todo esto, sobre esta base, la misión del salvapatrias, del “iluminado” de pacotilla, del sacaduros, está servida. Empezamos por esquilmar la Banca Catalana, por intimidar a los Obiols, y vía libre. Luego vamos construyendo sin descanso el edificio de la ignominia, viralizando, clonando los gérmenes de la satanización, elevando a los altares de las túnicas blancas de forro negro a las deidades delirantes de la religión tumoral.

Pero no podemos quedarnos anclados en el análisis del síntoma, en la pústula, sin recorrer el camino etiológico, sin apuntar al origen, al clima que hace posible tales gérmenes. Y son el egoismo y la ignorancia que invaden nuestra civilización. Y es la falta de valor para aceptar esta realidad lo que impide de manera primera abordar las soluciones con firmeza, con determinación y anclar las raíces de una verdadera convivencia en la que el miedo al otro no tenga lugar. Es aquí donde la filosofía, donde las semillas pioneras del conocimiento humano, donde el ecumenismo espiritual – ¡qué redundancia, pero lamentablemente qué necesaria aclaración! – adquieren un protagonismo, un liderazgo esencial. Pero vivimos en la sociedad del camino fácil, simple, de la imagen sin más, de las urgencias sensuales, y todo esto se desprecia con un manotazo: “¡Menudo coñazo!”.

Pero el sufrimiento y los desequilibrios crecen, la población crece sin cesar aumentando el estrés en la misma medida, la escasez, el equilibrio del planeta se rompe y los extremismos germinan, mientras la armonía, la paz, los entornos favorables se resienten. Insostenible. Cuestión de tiempo. Vivimos cien años, en el mejor de los casos. No nos pertenece el cuerpo que habitamos ni la tierra que pisamos. Todo es en usufructo y el estado de la cosa es nuestro legado. Pero no asumimos nuestra responsabilidad. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

Soy profundamente optimista porque veo con claridad las razones del sufrimiento y creo en las soluciones. Creo que las soluciones se van a imponer por pura necesidad. En la medida en que utilicemos el conocimiento ampliamente disponible para tomar cartas en el asunto disminuiremos, geométricamente, el sufrimiento del aprendizaje. En caso contrario, mucho más dolor, mucho más caos, mucha más desarmonía y llanto. Pero al final, el equilibrio se impondrá, porque es una necesidad vital tan profunda, tan incuestionable, que encuentra el camino como el agua de un glaciar encuentra el océano tras galopar en lo que parecía un camino interminable.

¿Mas? ¿Puigdemont? ¿Ratoncillos en Hamelin? Sólo me producen compasión. El sufrimiento que produce volcar todas las esperanzas en una quimera e ir dejando cadáveres por el camino, es inefable. Es como el que construye su fortuna arrebatándosela a los demás, esclavizando a otros. Estás preparando un lecho de escorpiones para tu descanso.

El paradigma no sirve. El crecimiento económico se ha convertido en una religión, los beneficios empresariales en las bienaventuranzas, la productividad en el sustituto del servicio desinteresado. Así no hay cielo, queridos míos. Sólo la garantía del infierno social. Porque nadie se la juega para denunciar una injusticia, por denunciar al jefe que abusa, al diputado que roba. Porque si pierdes tu trabajo te vas al averno. Yo no quiero volver a las religiones de dogmas vacíos, sino vivir en un mundo bueno donde no tenga que temer al prójimo, sino celebrar su compañía.

Como canta el maravilloso poeta de Vivero, Carlos Oroza, dejad que el trigo crezca en las fronteras.

 

jaime trabuchelli

 

El entusiasmo contra todo pronóstico

La democracia es una conquista que no se sostiene por sí misma.

Como todo lo que no se riega o se cuida con suficiente esmero, se marchita, se desgasta, pierde su brillo y decae. En España, sobre todo a raíz de la crisis financiera que aún sufrimos, existe una conciencia generalizada de que algo no funciona, de que la política es más un problema que una solución. La sensación prevalente es que hemos recibido una herencia valiosa que no estamos sabiendo administrar. También hay una conciencia bastante generalizada de que el poder político carece de autoridad moral para cambiar el rumbo – y por tanto su voluntad es endeble y su proceder indolente – y que las alternativas que se presentan son una aventura poco consistente e incierta. Si no, no se explica que PP y PSOE sigan siendo las dos fuerzas más votadas después de lo que ha llovido.

Pero el tiempo sigue transcurriendo sin un viraje firme, sin una alternativa rotunda que muestre un camino claro y despejado para salir de este atolladero turbio en el que vivimos.

El problema – y la oportunidad – de base es que hemos perdido la esperanza de tener una vida, una sociedad feliz, extraordinaria, guiada por los valores más elevados, por la solidaridad, en la que cada detalle esté permeado por las mejores intenciones y todo brille. Las más altas metas son absolutamente necesarias para que el transcurrir de nuestro día a día merezca la pena, para que podamos educar a nuestros hijos con la satisfacción de que les estamos facilitando la mejor de las vidas posibles. Esto no es una utopía, esto no es una quimera. Esto es lo único que se debe mantener en el horizonte como objetivo real, como aspiración legítima, como derecho de nacimiento. Si nos derriban una y mil veces en este cometido, una y mil veces debemos levantarnos y seguir, porque invariablemente, todos los grandes logros de la humanidad se han cimentado en una tarea inicial, en una lucha original imposible a todas luces. Esta soledad pionera, este entusiasmo contra todo pronóstico, es lo que hace saltar nuestras lágrimas emocionadas en el cine, en un libro, en el arte. Por Dios bendito, esto es lo más grande que da la vida: el entusiasmo contra todo pronóstico.

castillo en el aire

Es por ello que hay que tener valor para descartar todos los espejismos, para no conformarnos en la tibieza, en la mediocridad, en el infierno de la falta de amor y respeto. Es por ello que hay que denunciar lo falso, la mentira interesada, a los profetas impostados, esta política barata que nos inunda de mensajes infectos, en la que la sinceridad, la honestidad, la nobleza, no tienen lugar.

¿Hemos tenido alguna vez en la historia de nuestra civilización una sociedad ideal? No lo parece. No tenemos constancia de ello, crónicas que revelen algo así. ¿Quiere decir esto que no es posible? En ningún caso. Decir que algo es imposible es un acto de envidia proyectada.

El espíritu del Quijote sigue vivo entre nosotros. Sigamos construyendo castillos en el aire; llegará un día en que lleguen al suelo y se disuelva la pesadilla.

 

jaime trabuchelli

 

jaime trabuchelli

 

Victoria

Jugamos a controlar el mundo, nuestro mundo, fracasando una y otra vez, porque no hacemos uso de la paciencia necesaria para observarlo.

Observamos a otros, los acontecimientos, las cosas, pero nos da terror observarnos a nosotros mismos. Nos da terror comprobar que el personaje que hemos construido y llamado “yo”, es patéticamente efímero. En el horror vacui de la necesidad de identidad, en la duda fundamental sobre nuestra esencia, atrapamos con urgencia un mix de etiquetas, sentires y recuerdos y construimos un muñeco de nieve en pleno verano, conservado en el congelador de la invisibilidad, de la ignorancia, del inútil huir de la conciencia.

Estamos a merced de impulsos y emociones porque el competidor que hemos creado es manifiestamente mejorable, gris e incompleto, erróneo. ¡Qué necesidad! El mundo es de los valientes. ¿Sufren? Más que nadie. ¿Gozan? Más que nadie. ¿Viven? Sin descanso.

La opción que hemos tomado de grises espectadores, comedores de migajas, reservistas de la nada, es la peor. Sobrevivir por las sobras, latir en la agonía sorda, melancolía infinitamente lejana del recuerdo de una difuminada esperanza. Y de repente, de manera insospechada, el fogonazo.

La tabla de salvación podrida y decadente salta por los aires y el sol luce tanto que duele, descoloca. El dolor duele más que nunca y el gozo nos sobrepasa. Es el rescate y no lo comprendemos. Al poco volvemos a buscar los trozos estallados de la podredumbre y reconstruimos con manos temblorosas, como simios asustados mirando de reojo, hacia atrás, de rodillas, una amenaza inconcreta de luz y de memoria. Sangra la luz y la sombra rabia, aprieta los dientes y el alma, clavando en el aire el mapa del olvido.

Hemos heredado una libertad que nos cabalga, que jamás cabalgaremos, que sólo fuéremos ícaros de la conciencia. Las puertas al infinito se abren de par en par, infinitamente grandes, infinitamente pequeñas, sin condiciones ante el espejo. La semilla de la vida está vacía, y el vacío lo es todo. El uno no es lo que parece.

Somos perfectos.

Si estás dispuesto a morir por un instante de felicidad pura, el momento es ahora. Siempre. Nada volverá a ser lo mismo.