El arte de la rueda

Los españoles aún no estamos en paz con nosotros mismos, de manera muy mayoritaria.

Los partidos políticos no están en paz consigo mismos, porque no se respetan las reglas de juego. La ciudadanía no está en paz consigo misma, porque no se compromete políticamente. Y así, sucesivamente, nos encontramos con un déficit en lo colectivo tan grande que orquestar las voluntades, armonizar los egos, requiere de una iniciativa tan fuerte como valiente, tan honesta como confluyente y tan innovadora como respetuosa con lo mejor de nuestra tradición.

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Pero hemos parido una colección de líderes que resultan incompletos. Lo que tiene uno le falta a otro, y así. Es decir, nos encontramos ante la vida misma, ante la necesidad de entendernos, de ceder hasta el límite y mantenernos firmes en lo principal. Un país hay que gobernarlo con un rumbo claro y con una hoja de ruta que no deje lugar a dudas, sobre la base de unos consensos tan amplios como se pueda y que sirvan de punto de apoyo para deliberar, debatir acerca de todo aquello que necesita ser sometido a debate político.

El gran vacío ahora lo encontramos en la sociedad civil, en el pobre asociacionismo que nuestro país, nosotros como ciudadanos, hemos sido capaces de construir. Se echan de menos las voces de los colectivos pronunciándose al respecto, proponiendo fórmulas, posturas, actitudes, ejercicio de responsabilidad y creatividad. Siéntense, señores, y confeccionen un programa entre todos, fírmenlo, comprometanse, hagan política por Dios.

No pueden decir que no se viera venir. Yo lo vi venir, una persona muy normal, y los líderes debieran tener ya muy preparada la maquinaria del acuerdo, de la res-pon-sa-bi-li-dad, aparcar el sectarismo partidista de los intereses espurios y trabajar de manera concienzuda y honorable por marcar el rumbo de los próximos cuatro años. Para que una legislatura ruede, hace falta pulir, hace falta humildad, hace falta grandeza, convertir un trapezoide anguloso e irregular en una circunferencia capaz de rodar. Hace falta aparcar la mezquindad cortoplacista y elevar la vista hacia el interés común. No es fácil. Seguramente acabe con la carrera política de todos los que intervengan en este necesario sacrificio, y lo saben. Por mucho que brilles en medio de la catarsis, acabarás recordándole a todos un tiempo que habrá de ser superado. Suárez pagó el precio y Churchill también.

Esto convencería a la sociedad, a nuestros socios europeos y mundiales, a los llamados mercados de capitales, de que somos una democracia madura, de que nos importa más el país que nuestros 47 milones de ombligos y de que tenemos algo que presentarle al mundo: unos valores capaces de mejorar el mundo del S XXI.

Cualquier otra cosa será mediocre, decepcionante y un craso error. Pidámoslo, cada uno con nuestra voz, ya sea grande o pequeña, débil o fuerte, de corto o largo alcance.

 

jaime trabuchelli

 

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