La biblioteca de Alejandría

Este post está dedicado a mi amigo David Felipe Arranz, una persona extraordinaria, un profesor sublime y un maestro de la risa: un sabio contemporáneo.

Me educaron en la excelencia y la piedad. Llegar al límite de uno mismo y escuchar humildemente en la frontera para dar al mundo la flor pionera del propio afán. Esto le niega a uno toda concesión frívola aunque lo la impide por completo, y aporta una sensación de peregrinaje permanente, de candil en permanente combustión.

Estamos de paso, huéspedes breves de un cuerpo milagroso y efímero. El día a día se empeña en hacernos olvidar la fugacidad del tránsito, y cubre la realidad con una pátina engañosa de permanencia, una fascia burda y artrítica que envuelve nuestra consciencia del color mate del olvido.

Pero sobre todo me educaron en el amor a la cultura, a la ética de la sensibilidad. Me educaron, quizá, en la necesidad excesiva del esfuerzo, en la mesura de todas las cosas y en el respeto a la verdad.

Ahora veo lo afortunado que fui, que soy. Ahora entiendo que heredé un camino estrecho y bien trazado, que me ha llevado a tomar decisiones importantes; no acertadas ni equivocadas: importantes. Ahora soy capaz de comprender que heredé la disciplina para mantener un objeto en mi mente y observarlo detenidamente, noblemente, antes de emitir un juicio sobre él. He heredado tántas cosas importantes que prefiero olvidar mi condición de eslabón y sentirme cadena, profundamente encadenado a un corazón que late de manera inmemorial.

biblioteca de alejandría

Esta cultura vasta, maravillosa, poliédrica, colosal, se nos ha entregado no sin un esfuerzo ímprobo, secular, absolutamente coral. Es sobrecogedor comprender el afán con el que se compuso la malograda biblioteca de Alejandría hace veinticuatro siglos, reuniendo casi un millón de manuscritos, y cómo el fuego destruyó, implacable, en unas horas todo lo logrado.

Pero si es triste y desgarrador ver el fin de los grandes centros y obras culturales, es mucho peor observar cómo el ser humano renuncia a cultivarse, corroyendo y desvirtuando el hilo de oro que le une a lo más valioso de su naturaleza.

La responsabilidad del cuidado de la cultura y la educación corresponde a toda la sociedad, pero la clase política tiene una especial responsabilidad en su impulso, su preservación y su fomento. Pero para que los políticos asuman esta tarea con el entusiasmo que merece, para que sean capaces de situar a la cultura en el lugar privilegiado que le corresponde, han de haber vivido en primera persona la transformación que ésta ejerce en el espíritu de una persona. Pero esto, yo, hoy, no lo veo.

Hoy día imperan los autómatas. Profesores sin real interés ni motivación en lo que enseñan, padres sin verdadero respeto por la sabiduría y el conocimiento y abuelos ausentes de las casas, desbordando las lúgubres mansiones del olvido, llamadas residencias. El ansia de tener nos está cegando y, como escuchaba hoy al gran Rielo en Onda Cero, olvidamos que lo importante es ser: somos seres humanos, no teneres humanos. Una minoría lucha en solitario, y a ella acuden los jóvenes – y no tan jóvenes – sedientos.

La sabiduría se está extinguiendo, y ese es el verdadero drama de nuestro tiempo. Corremos como estúpidos detrás de una ilusión, corremos en las carreteras y nos matamos como chinches, para llegar a casa tensos, sin sonreír, cansados.

Respiremos, sintamos el placer de un corazón tranquilo. Abramos un buen libro, contemplemos el cielo, hablemos con la familia y los amigos con la simple intención de que todos se sientan bien. Disfrutemos el silencio, saboreemos nuestra simple atención y sonriamos sin motivo. Esa es la raíz de la cultura: el placer de ser. De ahí surgen las obras más prodigiosas, la alegría de vivir.

Comparemos los presupuestos de los ministerios de cultura y defensa: ochocientos millones frente a siete mil ochocientos. Una diferencia de siete mil millones. Jamás podrá un misil transformar a un ser humano – quizá en cenizas -, pero un libro puede cambiar una vida de manera completa. Un político – al parecer Julio César – incendió con sus armas la biblioteca de Alejandría, que conservaba los saberes que le permitieron ser quien fue. Este es el drama.

La sabiduría ha de ser la prioridad de una civilización, si no, morirá. Hoy día, no es la prioridad de nuestra civilización. Hablamos de bienestar pero en realidad, sólo hablamos de tener. Y tener no es bienestar, es bientener.

¿Es tan difícil, amigos míos?

 

jaime trabuchelli

 

 

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