El Doctor Hell y el Barón Ashler

Lo peor del ego es la asfixia que genera. La obsesión porque todo gire alrededor de él y sus limitaciones produce invariablemente el colapso del sistema que rige.

Todo sistema sostenible, dinámico, generador y armónico, pasa invariablemente por ser abierto, por ventilarse, por permitir el movimiento más allá de sus propios dogmas y mejorar así de manera continua, que es la única manera de sobrevivir con salud.

El ejemplo del UPyD de Rosa Díez, espejo de valor incalculable para la ejecutiva de Ciudadanos regida por Albert Rivera, no ha sabido ser leída por estos últimos con sabiduría. Y cuando uno no aprende de las lecciones que la vida le presenta ante sus narices, acaba cometiendo los mismos errores que denuncia. La vida es un libro que siempre habla de nosotros.

Como pasa con todos los malos malísimos de las películas de superhéroes, la figura es un personaje oscuro, perverso, egoísta y ansioso de poder que jamás muestra piedad por nadie y todos son instrumentos para lograr sus propios fines. Este malo malísimo suele tener siempre un ejecutor, un líder materializador de sus fechorías. Palpatine tenía a Darth Vader, Sauron a Saruman y el Doctor Hell al Barón Ashler.

Estos últimos son personajes menos conocidos. Personajes de una serie de animación japonesa desarrollada a partir de un cómic nipón de principios de los años setenta, icono de la Generación X, eran los malvados enemigos de Koji Kabuto y su Mazinger Z, robot que daba nombre a la serie. El Barón Ashler me llamaba especialmente la atención, por ser un servidor hermafrodita del mal – el ego encarnado en el Doctor Hell – con su lado femenino y su lado masculino. Toda una novedad.

Barón_Ashler

Evidentemente ni Rosa Díez ni Albert Rivera son encarnaciones del mal, hasta ahí podíamos llegar. Sin embargo, curiosamente han reproducido y reproducen, respectivamente, unos males muy parecidos. La tentación de creerse la encarnación de la verdad y la razón en perjuicio de todos los demás, es una tentación ante la que sucumben, frecuentemente en política, las personalidades que no han tenido a bien asumir su grandeza. Confundir la delegación con la iluminación, la representación con la encarnación y aún más, ir modificando paulatinamente las reglas de juego para convertir lo que debiera ser un pantano en un estanque, constituye un proceso de tumoración en toda regla.

Este secuestro llevó al partido magenta a una parálisis que ha significado virtualmente su fin. La torpe manera que tuvo Rosa Díez de conectar con el electorado y transmitir de manera limpia un mensaje muy rescatable, su infumable trato a la afiliación y a las voces discordantes, su soberbia a la hora de interpretar unos resultados electorales que fueron castigando sus torpezas de manera progresiva supusieron la demonización de su sombra, que es lo que ocurre cuando haces lo propio con los que no te aplauden por respirar. Esta sombra le engulló, y por ende al partido que fundó, incapaz de sobrevivir a su infiltración linfática.

La misma zafiedad, el mismo método nutrido por el miedo y los complejos inundan desde hace tiempo Ciudadanos. Su ejecutiva, principalmente la tétrada, no suelta la presa naranja. Pero ocurre que a casi nadie le importa cómo se llega, qué hay detrás, de qué están hechos los cimientos. Sólo se presta atención a la cara externa; pero claro, cuando surgen las inevitables grietas, las naturales flaquezas y el macho alfa cojea, la manada muestra un rostro de perplejidad y desamparo que no es más que la lógica de la inconsistencia.

Esta lógica de la inconsistencia es implacable. Lo llevo diciendo mucho tiempo: cuando utilizas medios de naturaleza distinta a los fines que dices perseguir, estos últimos acaban resultando de la misma naturaleza que los medios, la traición primera marcó el camino.

Ahora vendrá el discurso de que Podemos no es uno sino muchos, de que Ciudadanos es la tercera fuerza más votada según eso, y todas esas falacias, esos trucos dialécticos que tanto gustan al barcelonés, para esconder la gran decepción, el gran fracaso que ha supuesto imaginar la posibilidad de ganar las elecciones y afrontar la realidad de quedar bastante por debajo de la formación morada, ya no digamos de un PSOE en bajísimas horas, en una cuarta posición que sabe a triste desconcierto.

Si hablamos de una segunda transición, a estas alturas apenas un partido o dos conservan las siglas de aquellos tiempos en los que la primera eclosionaba. Aun así, seguimos comportándonos como si todo fuera a ser eterno, con un déficit de autocrítica mórbido que anticipa una catarsis necesaria. En cualquier caso no creo que nos hallemos ante una segunda transición sino en la fase final de una decadencia que ha de traer aún los cambios más sustanciales a nuestra sociedad. Eso sí, sin atravesar primero no pocas dificultades.

La bolsa ha amanecido hoy con una caída sustancial, que se suma a la que lleva acumulada en un año negro. Y lo peor de esta caída es lo que la genera: una desconfianza generalizada en la capacidad de la clase política para entenderse, para sumar en una visión enfocada al bien común que permita poner en marcha las reformas imprescindibles para convertir España en un país adaptado a las necesidades del mundo actual, en el que las instituciones respondan al interés del conjunto de la ciudadanía y que no estén secuestradas por hordas de medradores aprovechados que sólo buscan engordar a costa de los presupuestos generales del estado.

Todo tiene su proceso. El juego que desarrollan el vicio y la virtud, el egoísmo y el altruismo, la sabiduría y la ingnorancia, forman parte de la naturaleza humana. La manera de andar el camino lo dice todo.

 

jaime trabuchelli

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