Neti neti: el sobre vacío

luna llena

En la sublime filosofía del advaita vedanta, se utiliza la expresión neti neti – ni esto ni aquello -para expresar el rechazo hacia todo lo que no es real, en beneficio de lo real, en un ejercicio supremo de discernimiento. El resultado final es una mente pura, capaz de entender la naturaleza esencial de todo lo que la rodea, interna y externamente. Me parece un magnífico ejercicio de cara a tomar una decisión el próximo veinte de diciembre de dos mil quince, este año caudaloso en acontecimientos y extremadamente caliente y seco en lo climático, que se nos está acabando.

Con todos los respetos, ninguno de los candidatos a presidir el gobierno de España me parece, ni de lejos, adecuado: neti neti.

Creo que esta es la sensación de una inmensa mayoría de los españoles, que sigue sin ver color en la política. Elocuente resulta la puntuación que otorga la sociedad a los candidatos: el mejor valorado según una encuesta de diciembre es Albert Rivera con un cuatro coma noventa y ocho sobre diez. De los demás ni hablamos. Es decir, ninguno aprueba, en rigor.

Que un candidato a la presidencia obtenga menos de un siete debiera ser signo de alta inadecuación, por el tamaño de la responsabilidad.  Digamos que tan notable delegación debe ir acompañada de una valoración y confianza notables, y eso, de toda la vida, lo marca el siete. Pues no: nuestra cima se halla en el cuatro coma noventa y ocho.

El problema de base es que todos acaban cayendo en la tentación de decir lo que creen que los ciudadanos queremos escuchar, y eso canta más que el queso picón santanderino. Están con el zapatófono de mortadelo, en la época del iPhone. Todos. ¿Qué valor se puede aportar desde una filosofía política que busca el favor de la sociedad en lugar de aportar y explicar, con TODAS sus dificultades, el plan previsto para su progreso? Falta la más mínima decencia para retirarse si el plan no es aceptado. En su lugar, prima el deshonor de cambiar el plan para que lo compren y acceder a las poltronas.

Los medios de comunicación y una buena parte de la sociedad quiere creer que ha llegado la nueva política que va a cambiar las cosas, ya sea en naranja o en morado, porque tienen ilusión, son positivos y no unos cenizos como todos los demás, que protestamos sin aportar. Pues bien, se equivocan. A mí todo me parece maravilloso, no tengo ningún problema con ello. La vida me parece algo extraordinario que supera mi entendimiento y arrasa mi ignorancia. Eso sí, sin perjuicio de mantener mi juicio despejado: hoy por hoy, en España, cambios profundos ninguno.

Pero no les quepa duda que la bandera de esta transformación regeneradora – que sembrará copiosas decepciones – es agitada con fuerza, con pretensión de inocencia y limpieza, por los autodenominados representantes de la misma. Tengo tantas dudas de que mejoraren la nefasta gestión de los partidos tradicionales como esperanzas puestas en que el cambio en España es posible y está por venir.

Pero para que este cambio se produzca debemos madurar aún mucho como sociedad, en prácticamente todos los sectores. El conformismo, el regodeo en la mediocridad pudre las almas con tanta rapidez como el gélido viento ártico congela todo lo que toca. Y, naturalmente, este conformismo viene – en una paradoja aparente pero nada real – de no aceptar la realidad tal y como es.

En la magnífica disciplina del coaching se destaca el conocimiento de la realidad presente como la toma de conciencia de dónde se está respecto al objetivo elegido, para no perder de vista el punto de partida. Esto, que parece una obviedad, corre la suerte de todas las obviedades aparentes: se tiende a obviarlas. Y en este acto de ninguneo inconsciente, se procede a confundir la realidad con los deseos e imaginar lo que no existe. La consecuencia lógica es la frustración en la consecución de las metas por incapacidad para describir una ruta fiable.

La realidad en España es que tenemos un problema extraordinario con la verdad. El presidente del gobierno, Mariano Rajoy, nos ha mentido tantas veces que ya me resulta difícil recordarlo. Negó la contabilidad B de su partido en sede parlamentaria y posteriormente ha quedado demostrada. Envió un SMS vergonzante al ex-tesorero de su partido a sabiendas de sus sobresalientes irregularidades y no le dio ninguna vergüenza seguir en el cargo. La más reciente, su defensa de las posturas del ex embajador en la India y el diputado que se enriquecieron presuntamente a costa de su posición política privilegiada, y el mensaje posterior al partido para darles un empujón al vacío. No tiene fin.

Pedro Sánchez se presenta como el ángel exterminador de la corrupción en el PSOE obviando el puesto que ocupó en el consejo de la difunta Cajamadrid renacida en Bankia sobre el estiércol. Su desconocimiento de temas fundamentales de la política nacional e internacional y su colección de ocurrencias y meteduras de pata le convierten en un candidato perfecto como becario atractivo en cualquiera de los viveros de chupópteros que mantienen los grandes partidos, pero nunca a la presidencia del gobierno de nuestro país.

Pablo Iglesias, en un país normal, no debería aspirar más que a liderar algún movimiento estudiantil que requiriese cierto empuje y cierta labia, pero por Dios, ¡jamás a la presidencia del gobierno de un país que quiere considerarse del primer mundo! Madre de mi vida, qué colección de episodios han quedado registrados de barbaridades, descalificaciones ignominiosas, chulerías y contradicciones. Y es un fenómeno mediático. Qué país…

Y por fin, Albert Rivera, el “gran representante de la democracia interna y la sociedad civil”, que ha construido un partido sectario en el que los militantes son piezas desechables, que ha demolido la democracia interna con una bien tramada red de ejecutores que purgan a todo aquel no apto para el aparato de amiguetes – metáfora perfecta del capitalismo de amiguetes tan garicanamente definido -, y cuya distancia entre lo que dice y lo que hace en el seno de su partido es tan larga como la que separa Ponferrada de Melbourne. Eso sí, a nadie le interesa esto porque en este país la prevención brilla por su ausencia. Es inteligente, rápido, hábil, lleno de inconsistencias y sobrado de arrogancia. ¿Es lo máximo a lo que aspiramos?

Así que me perdonen, pero no pienso votar a ninguno. Votaré en blanco, como hice toda mi vida hasta que creí ver en Ciudadanos lo que me hicieron creer ver, para manifestar mi preferencia por la democracia y poner un suspenso rotundo a todas las alternativas que se me presentan. No pienso abstenerme para que me confundan con vagos, despistados y anti demócratas.

Alguno me dice que gracias a mi voto en blanco ganará el PP. Es maravilloso; hoy en día uno puede decir cualquier estupidez que se le pase por la cabeza y no sentir vergüenza alguna. Será la falta de contraste.

 

jaime trabuchelli

 

 

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