Ser

Si hay algo que ha impulsado la evolución del hombre a través de los siglos ha sido nuestra autoconciencia, nuestra capacidad de observarnos y romper los límites que un concepto estrecho de la identidad imponen a nuestra creatividad, nuestro conocimiento de la realidad y nuestra felicidad.

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La gran cantidad de información disponible gracias a los avances tecnológicos está enterrando nuestra capacidad de respirar, nuestra confianza en nosotros mismos más allá de todo contenido informativo externo. Si sumamos que la información que circula en su mayoría no nos aporta nada en nuestro desarrollo personal, la dificultad es aún mayor.

Los transtornos relacionados con la ansiedad y el vacío existencial se han agudizado enormemente en las últimas décadas, y no es de extrañar. Aquello que no se cultiva, que no se cuida, se marchita; y a la larga, muere.

El ser humano tiene un potencial extraordinario; es una maravilla de la naturaleza, capaz de los más asombrosos prodigios. La fascinación por sus creaciones, por el mundo externo, hasta el extremo de despreciar de manera insólita la soledad y la contemplación de uno mismo, muestra la profunda desconexión a la que hemos llegado con la fuente original de la felicidad. Afortunadamente la biología nos exige dormir, y en esas horas recuperamos nuestro cuerpo y nuestra mente, para de nuevo llegar exhaustos a la noche.

Frenar la actividad, cerrar los ojos, contemplar nuestro interior, aquietar la mente y deleitarnos en la serenidad de nuestro ser, es una necesidad básica a la que no nos podemos permitir el lujo de renunciar.

Van a llegar los días en los que medir la ansiedad y el desgaste de nuestro sistema nervioso formarán parte imprescindible de los chequeos periódicos. Enfermedades galopantes como el Parkinson o el Alzheimer y los transtornos autoinmunes – alergias – están íntimamente ligados a la calidad de nuestros ritmos interiores.

Es fastuoso cómo la filosofía occidental se ha dedicado a lo largo de los siglos casi en exclusiva a la contemplación de las ideas para explicar el mundo exterior y sus interconexiones, estableciendo los conceptos finitos y parciales como deidades en el panteón del saber. Poco o nada ha ocupado en su empeño el infinito poder de la conciencia y su capacidad de trascender la dualidad y ser fuente de toda salud y dicha. Para beber de esas fuentes de sabiduría nos vemos obligados a acudir a la filosofía oriental, especialmente a la tradición espiritual, mística de la India, representada en la Tradición Yóguica, el Advaita Vedanta y muy en especial el Shaivismo de Cachemira.

Las obras de Patanjali, Sankara, Ksemaraja, Abhinavagupta, Somananda, Kallata, escrituras como el Vijñana Bhairava, la Bhagavad Gita, los Shiva Sutras o la más reciente y extensa obra de Swami Muktananda y Swami Chidvilasananda, la recopilación de conversaciones de Nisargadatta Maharaj o los escritos de Ramana Maharsi, suponen un legado de incalculables proporciones que más tarde o más temprano acabarán trascendiendo como parte irrenunciable del legado de la humanidad.

La sabiduría debe tener la capacidad transformadora, catártica necesaria para aportar felicidad duradera; si no, evidentemente no es sabiduría sino conocimiento estéril.

El fundador de la empresa más exitosa de la historia, Steve Jobs, tenía como libro de cabecera “Autobiografía de un Yogi” de Paramahamsa Yogananda, un libro absolutamente rompedor en occidente, heredero de una tradición milenaria y transmisor de la más genuina experiencia del Ser.

Por alguna misteriosa razón hemos heredado la enfermedad del olvido de nuestra auténtica naturaleza. Es hora de recuperar nuestro derecho de nacimiento. El mismo poder que nos lleva a pensar que es imposible ser feliz es el que nos lleva a serlo. Ahí radica el ejercicio más sublime de la libertad.

Por lo demás, nuestra vida puede seguir siendo exactamente la misma, aparentemente.

 

jaime trabuchelli

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