El reinado de Juan Carlos I: el puente sobre aguas turbulentas

puente sobre aguas turbulentas

 

Hoy se cumplen cuarenta años desde la proclamación de Juan Carlos I como rey de España. El silencio institucional es ensordecedor: la jefatura del estado español no parece merecer la atención de nadie.

De nuevo me invade la sensación de que España es una mina de oro abandonada por sus dueños y gestores.

El veinte de noviembre acapara la conciencia colectiva, pero el veintidós, el hito que marca de manera indiscutible el comienzo de la nueva etapa, la verdadera génesis del relevo, de la era constitucional y democrática más larga y próspera de nuestra historia, no merece la más mínima atención en nuestro país. Si alguien busca un diagnóstico para esclarecer todo lo que debemos abandonar y todo lo que debemos abrazar, lo que ocurre hoy debería servir de manera completa e inequívoca. Nos obsesiona el fin de lo que fue y menospreciamos el inicio de lo que somos y seremos: todo es 20 N, nada es 22 N, porque sólo pensamos en el 20 D – elegía a la inmediatez miope -.

Casi nadie con un mínimo de lucidez, sensatez y gratitud, pasa por alto el papel fundamental que desempeñó Adolfo Suárez en todo el proceso de democratización y normalización institucional de España. Pero casi nadie, de nuevo, parece resaltar que un 3 de julio de 1976, el rey Juan Carlos I nombró presidente del gobierno a un joven de 43 años llamado Adolfo Suárez, desconocido por casi todos.

Ahora algunos ponen en duda el papel que un veintitrés de febrero de 1981 desempeñó el monarca, sin recordar como respiramos todos al presenciar su intervención en TVE 1 cerrando todas las puertas al golpismo reaccionario y anti democrático – este sí – que amenazaba con sumir a nuestro país en una nueva etapa de oscuridad, rencor y sangre. Yo no olvido.

La invisibilidad de su función como custodio de la normalidad de la alternancia democrática entre el centrismo, el socialismo y la derecha democrática, representando al defensa de los valores que nos unen a todos, significan a un hombre que, con todas sus debilidades bien conocidas y aireadas, ha dedicado su vida con indudable lealtad a la defensa de la democracia y la constitución mejor y con más éxito que ninguno de sus antecesores. No niego ninguno de sus defectos, carencias e irregularidades; en absoluto. Tampoco niego las que tenemos como sociedad ni las que existen en las instituciones. Pero un análisis sereno, leal y desde la conciencia histórica me lleva a afirmar, con total rotundidad, que hoy es un día que merecería una celebración por todo lo alto, un reconocimiento a todo lo que hemos logrado desde su génesis. Y no hay mayor hito en nuestra historia reciente para este origen que la proclamación del hoy rey emérito, Juan Carlos I. Todo lo demás, en mi opinión, es miopía, complejos y un superávit preocupante de paja ante un inexistente déficit de grano.

Si queremos saber adónde vamos, tenemos que saber de dónde venimos, lo que hemos logrado y gracias a qué. Si no, no hay luz ni sentido. No puedo dejar de recordar el famoso Bridge over troubled water de Paul Simon y Art Garfunkel para ilustrar lo que ha supuesto el reinado de Don Juan Carlos en nuestro país y llenarme de buenas sensaciones.

Yo veo luz, veo sentido y me siento muy contento y satisfecho por todo lo logrado por una generación que me supera en edad fundamentalmente, pero también de la mía y las siguientes, porque todos estamos en el mismo barco y seguimos remando.

Para seguir avanzando, para no caer en la complacencia y continuar aportando a las generaciones futuras, es obligado hacer un ejercicio de reconocimiento leal, honrar nuestro legado. Hoy es un día muy señalado en este sentido, y quiero, desde mi humilde tribuna, mostrar todo mi respeto y gratitud a estos cuarenta años extraordinarios de nuestra historia, en los que Don Juan Carlos ha desempeñado un papel sobresaliente, brillante en su imperfección y que trasciende a su persona. Persona que, nadie olvide, decidió abdicar en pro de un nuevo comienzo, cosa que es propia sólo de unos pocos que saben trascenderse por el bien común.

¿Defectos? Muchos. Yo también. ¿Virtudes? Muchas más.

Muchas gracias Don Juan Carlos, felicidades. Muchas gracias Felipe VI, felicidades. Enhorabuena a todos los españoles.

 

jaime trabuchelli

 

 

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