Paraíso

El fanatismo religioso –  e ideológico –  alimentan el discurso del odio al diferente con tal intensidad que a menudo, la historia nos lo recuerda trágicamente, desemboca en matanzas viles e inmisericordes.

Esto es algo que se ha repetido muchas veces: la Inquisición en el seno del cristianismo, el nazismo, el comunismo estalinista, el comunismo maoísta, las más variadas dictaduras militares, el actual yihadismo islámico y un largo etcétera.

fraternidad

Todos tienen en común el hecho de que comienzan el exterminio por el prójimo, el cercano: el vecino hereje, el vecino judío, el vecino zarista, el vecino no comunista, el familiar del otro bando o el musulmán pacífico y tolerante. Siempre igual. Luego, en la medida de sus posibilidades, van exportando el odio con las cruzadas contra los infieles, los países vecinos invadibles o los infieles europeos y norteamiericanos.

Este cáncer al que el ser humano es tan proclive proviene de un rechazo profundo hacia uno mismo. Al fin y al cabo toda experiencia yace en nuestro interior, es codificada en nuestro sistema, interpretada a la luz de nuestras creencias y hábitos. En la búsqueda intrínseca de sentido consustancial a nuestra naturaleza, los espejismos que muestran sacrificios necesarios para llegar al ideal, son extraordinariamente peligrosos. Es de nuevo la gran contradicción: el uso de medios de naturaleza distinta a los fines que se persiguen. A la paz por la guerra y la agresión, al bienestar mediante la violencia para arrebatar al otro sus bienes, al paraíso por el camino de la sangre, a la pureza mediante el exterminio.

Para dar el salto de cerrar los ojos a la barbarie en aras de un bien futuro máximo, hacen falta tres ingredientes: desesperación, ignorancia y envilecimiento. Una persona ignorante, desesperada y envilecida difícilmente siente que tenga algo que perder. Una persona en estas circunstancias está lista para caer en las garras de cualquiera de estos monstruos oscuramente iluminados para los que la vida de un ser humano no vale nada comparada con sus delirios de grandeza.

La cuestión que se nos presenta en la sociedad civilizada es saber si en tiempos de paz y prosperidad hemos sido capaces de sembrar unos valores suficientemente sólidos como para responder con autoridad moral, intelectual, espiritual y física ante el reto global que se cierne sobre todos nosotros.

El yihadismo islámico es la cara más feroz, miserable y cruel de la degeneración ética a la que es capaz de llegar el ser humano.

¿Seremos capaces de aprender a transformar este planeta en un paraíso, para que ningún monstruo pueda vender sus falsos edenes en el mercado de la ignorancia, la desesperación y envilecimiento?

Estoy convencido de que lo somos.

Un abrazo y mucho ánimo a tod@s.

Con gran respeto y amor,

 

jaime trabuchelli

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