El Proceso: el español o Josef K.

La sublimación artificial de las cosas para escapar al análisis crítico ha sido históricamente la herramienta principal de los déspotas para establecer los dogmas con los que implementan su dominación.

josef k

Una de las frases más utilizadas – me resisto a darle la categoría de idea – por los independentistas de la emoción excluyente y tuerta, es aquello que repetía hoy Carmen Forcadell: “ El proceso está por encima de cualquier persona”. Esto es una afirmación equivalente a decir que el proceso es “El Ser”, y cualquier individuo es un ego mortal, ínfimo y molesto, irrelevante. Eso sí, unos más que otros, ¿verdad?

Quizá el documento que mayor categoría moral tenga reconocida hoy día en el mundo sea la declaración universal de los derechos humanos. Fíjense que sitúa los derechos de los individuos por encima de cualquier otra norma o derecho, sin mencionar en ningún extremo nada que esté por encima de cualquier persona. Muy revelador.

Cualquiera que lea los catecismos comunistas, fascistas o de cualquier corriente totalitaria, observará esta tendencia a la sublimación, al imperio de los grandes ideales por encima de los míseros mortales – usted y yo -.

La independencia como la tierra prometida, como la solución de todos los males, como la expiación del pecado original, como el satorí, el samadhi, la iluminación, la culminación de todos los anhelos. El fin de la peste del españolismo, del saqueo, la falta de respeto, la humillación secular, el abuso, la contaminación, la mancha en el alma.

“No hombre no, no es para tanto”. Dicen luego. Pero después en los mítines reproducen este ideal de manera explícita y subliminal, ya saben. Las banderas esteladas ondeando y las españolas a la basura, quemadas, ocultadas, odiadas. La guerra de los símbolos, que encierran y simplifican todo, la negación sin discriminación, la sinrazón, el odio y la manipulación. Esto es el fanatismo nacionalista.

Es un juego muy antiguo, muy mezquino, miope y, sobre todo, muy peligroso. La simplificación extrema para mover a las masas con dos botones: pulgar hacia arriba, pulgar hacia abajo. Los seres humanos como chips, como ceros y unos del código máquina.

Si algo hemos aprendido – o estamos aprendiendo – como civilización es que caminar unidos, sin rupturas, sin sectarismos, es la vía para la resolución de cualquier conflicto. Escudarse en las ideas pomposas, grandilocuentes, altisonantes, para dividir familias, amigos, ciudadanos… constituye un viaje hacia el desastre.

Pero ahí está su emoción, su sentido, donde las razones no pesan, donde la prudencia es desterrada por el frenesí. Esto es un mapa completo de lo que los anglosajones llaman “infatuation”.

La paradoja es que no aprenderán, porque no prosperará este “prusés”, y quedarán con la idea romántica y la esperanza de materializarla algún día. Sólo aprendieren de su “éxito”.

jaime trabuchelli

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