El quinto poder

No hay marcha atrás. La sociedad del conocimiento ha supuesto, está suponiendo y supondrá, una evolución exponencial de la humanidad en un sentido antes desconocido.

Las áreas del conocimiento son múltiples, quizá incontables, y el poder que adquiere un ser humano consciente de las perspectivas que abre ante sí el saber,  es un hecho que jamás había sucedido a escala semejante.

Descubrir las posibilidades que despliega esta revolución del conocimiento, es un reto tan complejo y fascinante como lo es la ciencia aplicada. Los campos en los que un individuo puede desarrollarse son infinitos, objeto ellos mismos de la creatividad, y es por eso que el fenómeno de la satisfacción humana, a medio y largo plazo – sobre todo esto último – va a suponer un elemento de vital importancia en todos los ámbitos, mucho más de lo que lo ha sido a lo largo de nuestra historia.

Sri Aurobindo

Sri Aurobindo Ghose

La base del desarrollo social, económico y cultural, encuentra su raíz en la satisfacción de las clases medias, que van a aumentar de manera extraordinaria en los próximos lustros – sobre todo en Asia -, y la sofisticación creciente y cada vez más colectiva de los individuos, se encamina hacia elementos que confluyen más con la espiritualidad  y menos con la ostentación, vacía de valor.

Las preguntas eternas de la filosofía perenne cobran cada día más vigor; cada año que pasa la urgencia de los seres humanos contemporáneos por explorar su identidad y la naturaleza de la felicidad, que parece escapar como agua entre las manos, es mayor.

Parece que el avance tecnológico ya se está aventurando en el terreno de nuestros pensamientos, emociones y recuerdos, y se está investigando el registro, la codificación y grabación de nuestro mundo interior. Este es un sueño que viene de lejos y que no tardará en hacerse realidad. Ahora bien, nuestra conciencia, el dominio de nuestros sentidos y la capacidad de introspección que estabiliza nuestro universo interno, van a revelarse como aspectos imprescindibles para este proceso de objetivación incipiente. Vamos, que si la persona objeto de la grabación no es capaz de poner cierto orden en su magma interior como para que la foto no salga borrosa, la calidad de los registros puede ser francamente decepcionante. Y no quiere decir esto que la percepción del individuo sea defectuosa necesariamente, sino que las herramientas elaboradas a tal efecto por los desarrolladores, aun relativamente impresionantes, pueden no ser capaces de decodificar el contenido hallado en determinadas circunstancias.

Portrait Herm of

Sócrates

Este ejemplo que he traído con toda la intención, revela como ningún otro el hecho de que el poder de cada individuo responde a una conciencia que escapa a sometimientos, a desequilibrios rudos y tumorizantes que con alta frecuencia ejercen los cuatro poderes que rigen el dibujo contemporáneo sobre el lienzo del poder económico. Del mismo modo, esta misma conciencia refleja en su pantalla la náusea que la acumulación vacía y la indiferencia ante el mal ajeno, produce en un ser humano tarde o temprano en su vida, y que está en la base de toda iniciativa ética y socialmente responsable. El desarrollo de la “Economía del Bien Común” impulsada por Christian Felber es un exponente muy ilustrativo de esta tendencia, pero ni mucho menos el único.

El estructural empuje de este “Quinto Poder”, representado por personas, coordinadas o no, independientes de todo interés espurio y altamente comprometidos con los valores esenciales que suponen la verdadera fuente de energía limpia de la humanidad, es cada vez más visible.

Einstein

Albert Einstein

Aunque algunos se resistan a aceptar la conexión fundamental e insoslayable que existe entre progreso sostenible y valores éticos – filosofía perenne -, la realidad se impone.

Como decía la abuela gallega de mi amigo Raúl, “si el pícaro supiera las ventajas de ser bueno, por pícaro sería bueno“.

Los corazones limpios siempre llegaron antes a la sabiduría que las pomposas inteligencias. Sus ojos están libres de las cataratas de la vanidad.

jaime trabuchelli

 

 

 

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