La grandeza de amar España

 

Pareciera que nos repartimos España en mil pedazos, como un botín, o mejor, como una herencia para con diecisiete hijos. Pareciera que les dimos un nombre que a menudo no sabían que tenían, una responsabilidad excesiva siempre, por corta o por larga, y un tiempo para vagar por tierra de nadie. Así hicimos de España un constructo, un documental de la dos, un discurso, un corte inglés.

No sé muy bien que nos pasa a los españoles, si como decía Buades es que somos anarquistas de derechas o que hemos traspasado el nacionalismo y nos encontramos huérfanos de Europa. La genialidad tan propia de nuestro carácter, nuestro individualismo metafísico, nuestro vino desparramado en la memoria, nos hacen imposibles, sólo sensibles al arrebato, al arte más sublime: el sencillo.

Pero en estas algo nos está pasando: estamos perdiendo la memoria, una de las memorias más prodigiosas de la humanidad, nuestra cultura. El choque brutal de la globalización en nuestros jóvenes está enterrando al Quijote, al cocido, al flamenco, a Picasso y a Quevedo. Y estamos perdiendo la capacidad de crear, de ser nuevos, renacidos. Perder la memoria, la continuidad dialéctica que se fragua en la tensión intergeneracional, es perder la posibilidad de reinventarse, es como perder el timbre en la voz. No podemos hacer enmudecer de golpe a Manolo Caracol, volver la espalda a Zurbarán, negar a Umbral, a Cela, a las migas con chorizo, al mus, al vino y al olor de sardina a la parrilla en el mar. No podemos encarcelar la jota, romper las guitarras, encerrar al caballo andaluz, insultar a la cecina y a la tinta del país. No podemos negar el arroz con caracoles, tirar las abarcas, cerrar los bares que huelan a cabaña. No podemos negar la poesía del mediodía, el turbio verso de las calles oscuras, pisotear el lazo que une nuestros pueblos. No podemos varar los pesqueros, tirar las almadrabas, vallar las cañadas, negar a Sorolla y eclipsar la luminaria de su paleta.

No conocemos España, no la amamos. No olemos las jaras, los tomillares, no hablamos con los viejos. No hablamos extremeño ni entendemos sus giros, no paseamos por la Puebla de Sanabria y recorremos sus bosques, no leemos la historia en las cicatrices de Trujillo. No comemos en los caseríos de Oyarzun, ni nos perdemos en la Alpujarra a beber sus aguas de hierro. No nos perdimos por el Albaicín y supimos qué quiso decir Lorca en su Romancero Gitano, ni recorremos Argüelles para entender que Umbral recorrió con su Olivetti una escritura de asfalto y gabardina, una ironía castellana altiva, más descreída que la británica.

Se quieren ir, pero no saben de dónde. A otros les da igual, pero no saben qué. Trueba dice no sentirse español, ni cinco minutos. Yo le gano. Yo ni uno, aquello que Trueba llama ser español debe ser una mierda para no darle ni cinco minutos. No tiene ni idea.

Pero no tienen ni idea de nada, ni de ser lo que dicen ser. Tampoco son catalanes, ni vascos, ni gallegos. No son nada porque no se conocen. No conocen el pálpito de la humanidad, los regalos de generaciones, esa cuerda que nos lanzan desde el pasado para no caer en las simas de la desesperación, en la mezquindad de la existencia, en la negación de ser.

La inmensa mayoría no sabemos de dónde venimos, parece ser. No conocemos el nombre de nuestra tatarabuela pero opinamos grandemente sobre nuestra españolidad o nuestro europeísmo sin tan siquiera dedicarle unas horas de reflexión, sin apenas entreabrir los ojos a tántas vidas entregadas a nosotros.

Lo que me desgarra del espectáculo grotesco del fanatismo nacionalista catalán, en este capítulo europeo que se repite ad nauseam, es la falta absoluta de estilo, de personalidad, de elegancia. Van por las bravas, de eso ya no cabe duda alguna, la ley al empedrado. Pero aun así, no vienen de romanos. Traen el estilo de los orcos de Sauron, lo peor de las tertulias, los horteras del pensamiento hueco. No tienen ni idea de lo que es España, y se tienen que inventar lo que es Cataluña porque en sus angostos y ruines corazones no cabe la grandeza brutal de la historia.

Pero lo peor es que no hay valor para ligar los símbolos a una riqueza descomunal que trasciende nuestras fronteras y que es patrimonio universal. Andamos acomplejados, como albaceas de una herencia incomprendida, buscando unos herederos que no entenderán lo que queremos entregar. Hemos rendido España a nuestros prejuicios, vistiendo el patriotismo con lo más rancio de nuestra escasa memoria.

Yo amo España contra nadie, como amo mi casa y a los míos. De manera natural, como amaría Francia si allí hubiera nacido. Pero a España la conozco más, la conozco bien, me ha visto llorar y reír, nacer y vivir.

Hay que viajar con amor a tus pasos y al camino. Haz la maleta cuando sientas el aliento pútrido de la arrogancia merodear por tu alma.

 

jaime trabuchelli

 

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