Un Rato de mil años desde Olaf

Publicado en La Gaceta de los Negocios el 20 de Agosto de 2015 http://www.gaceta.es/noticias/rato-1000-anos-olaf-18082015-1353

 

En el año 1015, Olaf el Vikingo invade Galicia y secuestra al obispo de Tuy. Pero al poco, su conversión y la de sus súbditos al catolicismo – siendo ya rey -, propiciarán su canonización: San Olaf.

Han pasado 1000 años, pero en esto, todo sigue igual. El paso de ángel a demonio y viceversa sigue siendo un deporte social de plena vigencia, con Rodrigo Rato de último protagonista, por poco tiempo con toda seguridad.

La muchedumbre – ese uno agazapado – exige reos, chivos expiatorios, alguien a quien golpear para esquivar el golpe propio. Esas válvulas de escape de la mala sangre a golpe de portada, nos acompañan desde hace años casi a diario, de modo que hemos perdido la cuenta de quién inauguró el patíbulo social, a menudo de quién resultó finalmente inocente o no culpable, y por supuesto, nos hemos desentendido crónicamente de tomar iniciativas para poner coto a la sangría moral que nos asola.

Lo cierto es que la perspectiva histórica nos enseña que los problemas de hoy son, en nuestros días, la minucia de ayer. Venimos de años sangrientos, de guerra en guerra, de miseria en miseria. Sí, los políticos roban todos los días, los empresarios estafan y hacen trampas, los empleados roban al por menor – qué remedio – y algunos asesinan y violan. También hay cruentas guerras, lejos del mundo civilizado, eso sí, y se derrama sangre de niños y civiles indefensos. Pero los datos no engañan: jamás hemos vivido una época con mayor índice de paz y más bajos niveles de pobreza extrema, al menos desde que tenemos constancia de ello. Jamás la esperanza de vida ha sido tan alta – 73 años – en el mundo, y jamás habíamos sido tantos.

Aun así nos falta el temple necesario para mirar de frente nuestros problemas y confiar en nuestra capacidad para resolverlos. Nos rasgamos las vestiduras con tanta asiduidad que nuestra capacidad de escandalizarnos va perdiendo todo crédito. Y sin embargo, las situaciones se reproducen una y otra vez siguiendo el mismo patrón.

La ciencia va encontrando solución a todo, cada vez con mayor celeridad – dicen que logrará frenar el envejecimiento drásticamente en las próximas décadas – pero nos atoramos en la lucha contra la corrupción, en el perfeccionamiento de la democracia, en la eficiencia en la gestión. Claro está, que nos atoramos desde el punto de vista de la inmediatez en la que estamos inmersos: todo lo queremos ayer, lo que no se consigue de manera instantánea es un fracaso. Esto puede parecer una exageración, pero no lo es. Las empresas cada vez dan menos plazo a sus directivos para la consecución de objetivos, los entrenadores de fútbol son tan efímeros como las carpas de una feria, los programas de televisión caducan a las pocas semanas en su inmensa mayoría y los modelos de teléfono móvil que compras hoy se quedaron anticuados ayer.

Hay razones enormemente relevantes para el optimismo, para creer en la humanidad, en nuestra capacidad de construir una civilización que nos lleve a unas cotas de bienestar y evolución impensables, extraordinarias. Aquí se han expuesto algunas de ellas, incomprensiblemente ocultas en los medios de comunicación, ausentes absolutamente de portadas y titulares.

Cuando leía de niño “La Fundación” de Isaac Asimov, me maravilló la capacidad de planificación, de previsión, de generosidad de una generación con las siguientes, esa asombrosa habilidad para pasar los días de la vida contemplando el devenir desde un profundo conocimiento de la naturaleza humana y social, y que toda esta labor revertiera en un bien de incalculables consecuencias para las generaciones futuras. Era ciencia ficción, sí, la misma que ha sido capaz de escribir el futuro, de imaginar el submarino, de viajar a la luna.

Entre Olafs y Ratos, entre ángeles y demonios discurre el devenir de nuestra especie, una especie que ha desarrollado una importante capacidad de incrementar su bienestar y mantener la paz, condiciones básicas para la felicidad. No estaría nada mal que diéramos el paso de observar sin complejos quiénes somos y adónde queremos ir, sabiendo de lo que somos capaces, y nos sacudamos ese pesimismo inútil tan enraizado en nuestro profundo desconocimiento de la historia de la humanidad. Relativizar siempre aportó sentido.

 

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