Nacionalismo: la falacia intencional

Hubo un gran sabio que definió la humildad como “la aceptación serena de la propia grandeza”.

Cuando un pueblo es capaz de prosperar pacíficamente y convivir, dotándose de un Estado de Derecho garante de los derechos humanos, marcando una notable diferencia con su pasado beligerante y destructivo, está forjando su grandeza. Reconocerlo serenamente a través de un patriotismo noble e inclusivo, solidario más allá de sus fronteras e impulsor de los valores que sustentan el progreso ético y moral de la sociedad – único imprescindible y base de todo lo demás -, es signo de verdadera humildad, y por tanto, de grandeza.

Vivimos tiempos análogos en cierta medida a los del S XIX, con el auge de los nacionalismos y su inseparable simplificación racista, estandarte de los intelectos más rudos y pútridos. Movimientos independentistas en Escocia y Cataluña y brotes xenófobos con alto grado de seguimiento en las opciones de extrema derecha en Grecia, Hungría, Francia, Dinamarca, Países Bálticos o Dinamarca, apuntan a que la asignatura de historia no se ha sabido enseñar debidamente en las escuelas y los hogares. Del mismo modo, las opciones de extrema izquierda en Grecia o España se complacen en aproximarse a la revolución bolivariana negándose así a madurar y tomando la senda más reaccionaria que – de nuevo la historia – se ha revelado catastrófica una y otra vez.

Kapuciski

En un mundo cada día más interconectado que avanza hacia un estrechamiento máximo del tiempo y el espacio, estas tendencias minúsculas y miopes no sólo resultan extemporáneas, sino simplemente ridículas. En paralelo asistimos al curioso fenómeno por el cual tener acceso a un volumen portentoso de información no muestra tener un efecto inmediato en la formación de un criterio pulido y sensato. No parece que la sociedad en general se haga las preguntas correctas, independientemente de las respuestas a las que conduzcan.

La trascendencia de cualquier individuo o nación viene dada indefectiblemente por su legado, por aquello que fue capaz de aportar a su tiempo en el primer caso y a lo largo del tiempo en el segundo, en forma de servicio a sus semejantes, allende sus fronteras.

Allende las fronteras del propio individuo y del propio país se encuentra su mérito. Por tanto, todos estos movimientos encaminados a encerrar en sí mismos a los habitantes de un territorio en torno a un invariable y secular pensamiento único, extremadamente reaccionario, resulta un perverso intento de eliminar la diferencia, la pluralidad y la buena convivencia en la diversidad, paradójicamente. Los nacionalismos, muy lejos de garantizar la conservación de la pluralidad cultural, buscan envasar al vacío una idiosincrasia artificial, incubada en el delirio de un grupúsculo de iluminados, obsesionados por fundar una iglesia que los encumbre como padres del engendro y erija sus estatuas en honor al pisoteo de la ley original.

La tarea de perfeccionar la democracia, fortalecer la seguridad jurídica, avanzar hacia un mundo cada vez más limpio y sostenible, acabar con la lacra de la guerra y la miseria, se perfila como aburrida e insuficiente para estos adalides de la identidad nacional, que consagran a su artificio todos sus empeños, recursos e ingenio, por encima de las minucias citadas al inicio de este párrafo. Después, estos personajillos respingones comienzan a viajar por el mundo como plañideras víctimas del ilegítimo estado opresor – al que cargan sus facturas – y embajadores de todas las virtudes que encarnan en la misma medida en la que carece su carcelero. Cualquier país que les reciba es amigo y cómplice, cualquier mandatario anfitrión – o subalterno -, la virtud misma. Es tal la puerilidad de todo el teatrillo que la única manera de no sentir vergüenza ajena es ser parte de él.

Qué opinaría usted si le dijeran que en China se está subvencionando y promoviendo la lengua Ping, hablada por dos millones de habitantes al oeste de Hong Kong, con una parte importante del presupuesto, en detrimento del mandarín y el inglés, hablados ambos por unos mil millones de personas en el mundo. Grotesco.

Mientras tanto, el PSOE se afana en seguir destacando la singularidad catalana de manera especial – para recuperar al PSC, nada de convicciones -, al PP se le hizo mayor de edad su Bin Laden, a Podemos se le ha ocurrido la genial idea de no pensar en un elefante blanco y Ciudadanos se queda sólo con su discurso sensato y sin trasfondo. En el tremendo jaleo de etiquetas catalán, Amancio Ortega va a tener que abrir una nueva franquicia para albergar la omnímoda oferta, por ejemplo en Cadaqués, apropiada cuna surrealista, y desfilar con las prendas más variadas, los cortes más sutiles, la más amplia gama de colores; ríase usted de Babel y de los Monty Phyton. El innoble arte de darse importancia ad nauseam.

El nacionalismo debería incluirse como transtorno en el DSM V (última versión del manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales). Así emplearíamos el tiempo para abordar los verdaderos problemas y nos evitaríamos terapias seculares de sociedades enteras.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

 

 

 

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