De una Democracia Paternalista a una Democracia Responsable

Somos el resultado de nuestra historia y los artífices de nuestro futuro. Lo que hagamos con nuestro tiempo – materia prima universal – es de tal importancia que es virtualmente imposible de calibrar.  Asumir el enorme grado de libertad que poseemos es tan difícil como decidir cuán valientes queremos ser.

La revolución de la información que ha supuesto internet y que están suponiendo las energías limpias y sostenibles, están a la espera de un correlato ético, filosófico y político.

Cada vez afinamos más para conseguir una eficiencia de los recursos, una sofisticación en los materiales y un cuidado estético que sin embargo no encuentran réplica adecuada en un perfeccionamiento del comportamiento y la implementación de los valores. Esto es de especial aplicación, como es bien sabido, en el ámbito de la política.

Desde muchas asociaciones y fundaciones se da voz a esta necesidad. Ahí están +Democracia, Transparencia Internacional, Fundación Civio, Libres e Iguales, Change.org, y muchas más. Cada una hace hincapié en ámbitos más o menos diferentes, iniciativas similares, pretendiendo dar cauce a necesidades encaminadas a la lucha contra la corrupción, cambios, refuerzos, remodelaciones de leyes que puedan garantizar un mejor funcionamiento de las instituciones y en definitiva, que nuestra Constitución pueda ponerse en valor y ser garante de los valores que promulga y que día a día se ven denostados por los poderes político y judicial, y muy frecuentemente, por los medios de comunicación.

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Sin embargo, estas asociaciones – cuya labor es enormemente meritoria – no acaban de tener el peso que pretenden, que sería necesario, porque tienen un insuficiente poder real, y desde la sociedad, la ciudadanía y los distintos grupos de presión no acaban de seguir de forma masiva sus propuestas. Tampoco existen cauces legales suficientemente  robustos que puedan establecer una verdadera correa de transmisión entre las demandas de la población y los órganos de decisión política.

En la base del problema, y por tanto, de la solución, se halla un sistema educativo enraizado en una cultura instrumental, encaminado a servir los intereses económicos, mucho más que a formar personas en el sentido más amplio de la palabra. Este sistema es, evidentemente, el que convierte a los individuos en técnicos, discos duros repletos de información que no integran, no metabolizan, y nos coloca muy lejos del espíritu humanista que pudiere llevar nuestra civilización a un estado evolutivo cualitativamente superior.

La defensa de los derechos humanos, de valores como la libertad, la solidaridad, la responsabilidad social y con el medio ambiente, encuentran en las democracias más avanzadas unas defensoras que, aunque superiores a cualquier otra organización del poder que hayamos conocido, aún no son capaces de garantizarlos al nivel en el que la humanidad necesita y demanda.

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Es sorprendente cómo asumimos con naturalidad unas ideologías viejas, caducas e inoperantes, heredadas del convulso S XX, bajo cuyas etiquetas la política ejerce un juego de poder partitocrático que no sirve a los intereses reales que la sociedad espera de sus representantes; mejor dicho, que cada vez espera menos.

Una democracia mucho más directa, en la que la sociedad pueda intervenir de manera estructurada a través de las tecnologías de la información sería capaz de influir de manera ágil y decisiva en el rumbo de un país verdaderamente dueño de su destino. Una democracia articulada, canalizadora de los deseos del conjunto de la ciudadanía, aprovecharía de manera efectiva una revolución de la información que pone a disposición de todos elementos de juicio suficientes como para establecer un criterio mucho más válido y legítimo, de manera global, que el que pretenden tener unos representantes más atentos a hacer prevalecer sus propios intereses en la lucha de poder – político y económico – que a cumplir el espíritu que inunda las campañas electorales y que, posteriormente, se pervierte de manera invariable en la praxis de la gestión pública.

La ley obliga a presentar la declaración de la renta, a cumplir con la enseñanza obligatoria, a respetar las normas de tráfico y a pagar las sanciones correspondientes a las infracciones cometidas. Pero curiosamente la ley no obliga al ciudadano a participar en la vida política. Ni siquiera nos obliga a votar. Craso error. Las alternativas a la democracia son tan perjudiciales para el conjunto de la sociedad, que no participar de manera obligatoria en ella supone un menoscabo del bienestar tan grande como dejar de pagar nuestros impuestos. No participar en la vida política es una dejación de funciones básica. Es cierto que a menudo, las alternativas que se presentan a la hora de votar son tan insatisfactorias que un 40% de la población se siente enormemente desanimada a la hora de votar, y no lo hace. Además, hay que sumar aquellos que votan en blanco y a los que votan con poco ánimo y pocas esperanzas en el buen hacer de aquellos a los que dan su “confianza”.

No parece descabellado que además de asumir que participar con el voto cuatro veces cada cinco años de manera obligatoria, pudiéramos dedicar unos pocos días cada lustro a presentar nuestras opciones en unos cuestionarios ordenados por materias en los que pudiéramos decidir una serie de cuestiones vinculantes acerca de los temas fundamentales que a todos nos afectan: presupuestos generales del estado, políticas de empleo, materia anticorrupción, políticas de vivienda, educación, sanidad, inversión…

Un ministerio de participación ciudadana sería un buen primer paso, aunque la instauración de un nuevo poder independiente elegido democráticamente tras una necesaria reforma de la Constitución, sería el hito que marcaría una nueva forma de hacer política. El mandato es inequívoco: el fin del paternalismo subyacente a la actual forma de representación y el inicio de una nueva era en la que de verdad todos seamos iguales ante la ley, por delante y por detrás, asumiendo nuestra responsabilidad como individuos y como sociedad.

 

jaime trabuchelli

@JTrabuchelli

 

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