Tierra Ácida

En tierra caliza no cuajan níscalos.

Llovía y salía el sol en febrero de 2013 y me afilié a Ciudadanos. Crónico votante en blanco, tras darle muchas, muchas vueltas, di un paso de gran compromiso personal. No seríamos más de 50 afiliados en ese momento en Madrid, donde creo que aún no había sede y la Junta Directiva estaba más verde que los higos de mayo. Poco a poco fui metiéndome en más asuntos, hasta que acabaron por darme la coordinación de eventos y la de un área de política municipal, acción política en su momento. Todo era inicio, bases, principios: partir de cero.

Vivíamos convencidos, muchos, de una esperanza de cambio sustancial,  de una democracia interna como principio fundacional, como garantía meritocrática y proteccion ante eventuales excesos de una ejecutiva que pudiere, eventualmente, despegar los pies del suelo y profetizar. El discurso limpio, transparente, bien diseñado de Albert Rivera nos tenía fascinados, omnubilados. Era una esperanza fuerte y sencilla, clara y contundente como el hilo argumental del barcelonés. Por fin una luz en medio del grisoscuro de la política patria.

Pero no. Los níscalos sonrosados sólo crecen en los suelos ácidos y frescos de los pinares.

niscalos

Las elecciones europeas trajeron un cabreo monumental a la Junta Directiva de Madrid, donde presentaron a Roberto Hernández Blázquez como candidato. Se encontraron con que Albert Rivera y otros miembros de la ejecutiva de Barcelona apoyaron explícitamente a dos, mejor dicho tres, candidatos independientes: Javier Nart, Juan Carlos Girauta y Carolina Punset. Ninguno de ellos afiliados a Ciudadanos. Tomaron estos chicos de Madrid la iniciativa de impugnar las primarias por apoyo ilegítimo. Desde Barcelona intentaron explicarles, creo que con éxito, que estaban haciendo el bobo y que aprendieran un poquito de los mayores. Y lo hicieron; vaya si lo hicieron.

Aprendieron muy bien el principio fundamental de la vieja política: las normas están para beneficio de los listillos y para aplastar a los ingenuos bien intencionados. No debieran preocuparse en el PP por las primarias: les pueden enseñar muy bien como obtener el boleto premiado en una sola apuesta.

Más allá de incumplimientos estatutarios, malos gestos y un desprecio crónico hacia los afiliados, uno va atando cabos a base de observarlo todo, poniendo cara de tonto – seguramente también siéndolo – y se va acumulando una sensación en la tripa de desencaje, de mal rollo vaya.

Todo se acelera cuando se aproximan las primarias y uno decide, con gran ilusión y deseando celebrar una gran fiesta democrática, dar un paso adelante y presentar candidatura al Ayuntamiento de Madrid. Las palabras son muy amables pero las miradas comienzan a ser raras. Huele a lobo y a loba, huele a lobera.

Gran desfile de llamadas previas a la presentación de candidaturas: “no te presentes a número uno porque no tienes ninguna posibilidad de salir”. Este era el mantra repetido una y otra vez por personas que sabían mucho más que yo, evidentemente, y que unánimemente también repetían que una persona de “mi valía” era muy triste que se quemara presentándose a número 1. Pero en fin. Teníamos un proyecto magnífico, innovador, transformador y de futuro. Un equipo valiosísimo, lleno de ilusión y talento. Yo creí en ello. Y sigo creyendo en que hubiera sido extraordinario, distinto.

Pasaron las primarias. Nos dieron por todas partes. Me acusó un miembro destacado de la Junta Directiva de ser cómplice de filtraciones malintencionadas a la prensa – luego tuvo que rectificar varias veces -, revocaron la afiliación sin más motivo que el implícito de apoyar mi campaña a Alvaro Arranz y a Thibaut Deleval – dos afiliados modélicos, trabajadores y honestos – , se aseguraron de que no obtuviera ningún puesto relevante en las listas – ni nadie cercano a mí – e implantaron la vieja y pútrida ley de ganadores y perdedores, traicionando el discurso integrador que inundó las primarias del oficialismo. Juntos sumamos. Ya.

Luego vinieron los días de los mails, las llamadas, la frustración de los centenares de afiliados que habían constituido desde el comienzo con trabajo, ilusión y honradez sin tacha multitud de agrupaciones en toda España. Casi sin quererlo empecé a recibir documentos relatando hechos lamentables, fraudes en primarias, apoyo ilícito de candidatos, disolución de agrupaciones sin justificación alguna más allá del quítate tu que me pongo yo, presiones para retirar candidaturas, impedimentos para presentar las mismas a afiliados con menos de seis meses pero habilitando sin dudarlo a los que sí interesaban porque eran amiguetes del Secretario de Organización y sus personas de confianza. Todos estos hechos fueron lloviendo hacia la Comisión de Garantías, ya más conocida en el partido como la Omisión de Garantías, por su inoperancia absoluta y su falta de respuesta ante la inmensa mayoría de los asuntos remitidos, muchos de ellos de gravedad.

Decidí trabajar para hacer llegar estas reivindicaciones a miembros destacados del partido que pudieran desbloquear esta situación y que al menos, pudieran funcionar los cauces previstos y actuar en consecuencia. Me atendieron amablemente Javier Nart – acudí a él como independiente con toda la intención – y finalmente Jose Manuel Villegas. Llegué a pensar que me confundieron con un retratista al que solicitaban un retrato de perfil. Cada vez tenía peor las tripas.

El último movimiento que hice no lo voy a revelar porque di mi palabra de que no lo haría. Pero sí les digo que tampoco funcionó. Un silencio muy revelador.  El níscalo, Lactarius Deliciosus, sólo surge bajo los hermosos pinos, en tierra ácida.

pinar

Atendieron muy amables, mediante un robot informático que se dirigía a mí como “estimado”, mi solicitud de baja en ciudadanos, agradeciendo mi contribución. No voy a pedir que me devuelvan el dinero, porque el sistema en el que vivimos descuenta estas cosas de inicio. “¿Te habías creído lo de la democracia interna?”

Reconozco que sí. Me lo creí a pies juntillas. Y me siento muy orgulloso de ello, porque jamás seré un cínico; si bien aprenderé, qué duda cabe.

Aprenderé, mucho más que a leer la trampa en los estatutos y normativas, algo más importante: si no sientes el frescor de los pinos, si no oyes el crujir de la pinaza bajo tus pies, si no percibes el olor penetrante de la resina, nunca esperes hallar níscalos, ese noble fruto rosáceo, sencillo y delicioso, que me recuerda a mi infancia. Que me recuerda a mi padre, a tántas lecciones aprendidas de él, de la delicadeza de su conciencia, del amor a lo que está bien por sí mismo, en tantas mañanas paseando bajo los pinares que conocía palmo a palmo: “Ahí, debajo de esa piedra”. Indefectiblemente, un níscalo.

En mi interior sigue pulsando un sueño, es razón de vida. Rumbo a tierra ácida.

 

jaime trabuchelli

 

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