Pactos Pacatos

En su acepción de mogigato, término que evoca la voz utilizada para llamar a los gatos con impostada inocencia y atraparlos con dudosos fines, el adjetivo pacato le viene al pelo al resabiado pepé, ávido de supervivencia y euros.

¡Qué malos son todos! Qué peligroso Podemos, cómo se hace de rogar Ciudadanos, qué desnaturalizado el pesoe jugando con fuego… No cabe más sensatez que la “estabilidad” de los salvadores de la patria, tan honestos en su inmensa mayoría y tan residuales sus casos de corrupción. ¡Entra en razón, Sánchez, y facilítanos el pan de cada día, perdónanos hoy nuestras deudas así como os las perdonaremos nosotros mañana!

Según el PP, nueve millones de votantes han ejercido su voto a partidos que no actúan con responsabilidad. Es decir, han ejercido su derecho al voto de manera irresponsable. La medida de la sensatez son ellos. Todo lo demás son aventuras abocadas al caos. Este mensaje parece surgir de un cerebro con dos neuronas en perpendicular, un sistema de pensamiento bidimensional inaceptable incluso para los intelectos menos exigentes.

Aun así este mensaje es enviado de manera subliminal, paternalista, mientras endulzan la vocecilla para aproximar el talante e intentar cazar a los gatos opositores para arrimar el ascua a su sardina. ¿Cabe más desfachatez?

vendedor de alfombras en tanger

Vendedor de Alfombras en Tánger (Benjamin Constant)

Seguramente muchos de los más de seis millones de votantes que apostaron por el pepé estarán de acuerdo con este análisis. Sin duda, muchos otros no lo estarán. Nadie puede hablar legítimamente de “el votante”, ya que no existe tal figura. Lo que sí podemos exigir muchos, es menos falsedad y más transparencia.

El otro día hablaba Arcadi Espada de las discretas reuniones entre los líderes políticos para tejer la madeja de los pactos. Comentaba como esta discreción era similar a la de una persona que va a hacer sus necesidades. Francamente, me quedo antes con la pregunta de Enric Juliana, poniendo en cuestión la contradicción entre los discursos electorales enfocados en la transparencia y las reuniones a puerta cerrada para determinar la forma de gobernar nuestros municipios y autonomías.

¿Porqué los ciudadanos no podemos conocer abiertamente el contenido de estas conversaciones? ¿A qué tanto pudor? ¿Qué no podemos oír? Sin duda, no interesa que conozcamos los entresijos de la política, no parece que consideren que nos incumbe. 69.000 concejales y diputados frente a 35 millones de electores, pero la información no está disponible en tiempo real para el 99,8 % de la población. Muy lógico.

Si usted se acerca a un político de estos que se reúnen en los privados para urdir pactos y pactillos, y le viene con el argumento que acabo de esgrimir, no le quepa duda que le mirarán con una media sonrisa displicente, casi con desprecio, y le dirán algo parecido a esto: ” Estas cosas conviene tratarlas con discreción y prudencia, para que lleguen a buen término y no generen mayores problemas de los que se pretende solucionar”. ¿Cómo se le queda el cuerpo? Como decía Sergio Ramos: “los altos cargos son los que más saben”. Ya ven: de delegados a iluminados sin solución de continuidad.

abrir la puerta

Yo, un ciudadano más, le diría a estos señores: sus votos son prestados, no les pertenecen. Les hemos encomendado una misión, y en ningún caso hemos autorizado que lo hagan a nuestras espaldas, sino tal y como han expuesto en su campaña electoral, con total lealtad y transparencia. Así que abran las puertas y trasladen cada paso a la ciudadanía.

Pactos pacatos, campañas pacatas. ¡Con qué dulzura y simpatía se elaboran los discursos electorales! Ven gatito, ven… y después, paulatinamente, van cayendo las máscaras. Gato a la plancha.

Abran las puertas de una vez por todas y tengan la valentía y la decencia de actuar de frente. Sométanse al escrutinio de la ciudadanía y desciendan de la nube de la impunidad, porque nadie les dio permiso para anidar ahí. Demos uso a los parlamentos, a las asambleas, a los plenos municipales para tratar lo que a todos nos incumbe y dejemos los privados de los restaurantes para los enamorados, que no deben rendir cuentas más que a su amor.

 

jaime trabuchelli

 

jaime trabuchelli

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