Educare, Educere

Las dos posibles etimologías del verbo “Educar” apuntan a dos acciones: introducir (educare) y extraer (educere). Es decir, la persona devuelve la información de una manera única, singular, después de un proceso de traducción impregnado de todo lo que es. La necesidad de establecer un código exento de ambigüedad nos lleva a obviar con demasiada frecuencia la visión esférica de la realidad, y por tanto, generamos un artificio que nos sirve para simplificar la experiencia y manejarla como las fichas de un juego de mesa. Poca duda cabe en cuanto a que este proceso nos lleva a la construcción de un mundo bidimensional, plano, en el que la pasión por descubrir el jugo de la vida brilla por su ausencia. La necesidad de control, que siempre proviene del miedo, se aferra desesperadamente al mapa para evitar hundirse en la inmensa realidad de la existencia. La mente busca referencias para construir un mundo previsible, y surge el edificio de la ciencia. Este es el paradigma cartesiano – newtoniano en el que aún nos hallamos inmersos y en el que casi nadie aguanta en su sano juicio más allá de unas horas. Afortunadamente dormimos todas las noches y el edificio se desmonta, en un ejercicio de anarquía espacio-temporal sorprendentemente coherente. Sin el sueño nunca asimilaríamos lo que en la vigilia aprendemos.

Nuestra cultura vive un momento en el que impera lo artificial, lo hiper estructurado, la programación: el mapa. Pero curiosamente las empresas buscan con afán personas capaces de adaptarse vertiginosamente al cambio, de generar soluciones creativas, de liderar e inspirar a sus equipos, extraer lo mejor de cada uno: educere.

Sócrates

En España, nuestro sistema educativo es eminentemente introductorio, en el sentido más penetrante de la palabra: cebar. El ejemplo extremo surge cuando llega el momento de preguntar al alumno – contenedor: si la pregunta no responde a lo que se supone se debe preguntar, la censura adopta un amplio abanico de formas y colores, que van de la reprimenda explícita al caso omiso. El maltrato a la pregunta es el certificado de defunción del espíritu crítico.

Evidentemente esto es una exageración de la realidad, en tanto en cuanto hay muchos profesionales de la educación que se sitúan al margen de esta visión militarizada de la formación y aportan un estilo de auténtico valor educativo, en el que el respeto a la individualidad, a la singularidad de cada uno de sus alumnos rige su proceder diario. Incluso hay centros donde esta filosofía genuinamente humanista de la enseñanza subyace a todos sus planteamientos y actividades.

Luego existen individuos e instituciones que promulgan la formación integral de sus alumnos, pero que a la hora de la verdad, siguen aplicando los patrones de la instrucción rígida, dirigida con mano de hierro.

Educar no es tarea fácil. No lo es porque el educador, el maestro, ha de poner toda la carne en el asador. El educador es parte de la ecuación, no puede ser el cucharón de la sopa – “pruébala, ¿no es deliciosa?” – pero que jamás la probó, impermeable como el acero. Educar es compartir tu propia experiencia, ofrecer conocimiento vivo, vívido y vivido, y ser lo suficientemente valiente como para exponer tu ingnorancia llegado el caso, que es en casi todo momento, sobre todo a la hora de preguntar. Sólo se puede preguntar genuinamente cuando se desconoce la respuesta.

Hablamos de “pacto nacional para la educación” como la gran prioridad de nuestra sociedad, pero reflexionamos muy poco sobre lo que debe suponer la misma. Filósofos y poetas no parecen encontrar lugar en el momento de la historia que vivimos, porque todo sucede con tal rapidez que parece que estas vocaciones condenan indefectiblemente a la exclusión social. Filosofía y poesía quedan para la tercera copa, para los enamorados, para los locos. Hablamos de educación y pensamos en las materias, en los planes de estudio, en los presupuestos necesarios, en la formación de los profesores, pero hablamos muy poco del objetivo principal de la educación: que la persona sea feliz. La felicidad, la plenitud, han llegado a ser consideradas una utopía, un fin inalcanzable, y por tanto, todo se enfoca a la satisfacción material y a la diversión en los ratos libres, en el poco tiempo que queda después de la maldición del trabajo. El viernes por la tarde se ha institucionalizado como el nirvana de los tiempos modernos.

La educación es para la felicidad. La instrucción per se es instrumental, cosificante y profundamente insatisfactoria. La información es difícilmente asimilable si no tiene un sentido vital. Soy consciente de la radicalidad del planteamiento, tanto como consciente soy de la crisis profunda de valores que vivimos. Por tanto, esta radicalidad es directamente proporcional a la distancia que nos separa de una vida plena, llena de sentido.

Charlie

Hablamos de “pacto por la educación” y sólo hablamos de cambio en el modelo productivo, de competitividad, de bienestar material, de salidas laborales. ¿Cómo podemos pensar en impulsar los valores democráticos, altruistas, de convivencia, tolerancia, etcétera, si no dedicamos ni la mínima parte de nuestro discurso a debatir, plantear o profundizar en el objeto final de la educación? No hay nada más importante que lo inútil, porque es esencial, nunca instrumental. Es un fin en sí mismo. No tiene sentido, pero todo adquiere sentido en torno a ello. Es inefable.

¿Cómo vamos a educar verdaderamente a nuestros hijos, a nuestros alumnos, si ignoramos lo que hace la vida digna de ser vivida y nos apostamos cínicamente en la convicción de que la felicidad es imposible?

El amor a cada cosa que se hace, a cada minuto que se vive, es el corazón de la educación. Los profesores que amamos y recordamos con gratitud, los padres que amamos y recordamos con gratitud, han establecido un verdadero pacto por la educación, porque nos han ofrecido con respeto y amor lo que son, y lo que han aprendido.

Un pacto por la educación es un verdadero acto de respeto y amor de una generación por la siguiente. A partir de ahí, cobra sentido hablar de modelo productivo, competitividad, crecimiento, pleno empleo y demás utilidades, completamente legítimas.

Es posible.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

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