Democracia Interna

El artículo 6 de la Constitución Española  dice:

“Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”

Los partidos políticos se deben a la sociedad, pues son sostenidos económica y estructuralmente por el conjunto de la ciudadanía. A ella deben rendir cuentas en todos los aspectos, tanto económico como informativo, tanto organizativa como representativamente.

Nos hemos acostumbrado a que en ninguno de estos aspectos cumplan, y no podemos esperar buena salud en nuestra democracia con la vulneración de este principio insoslayable. La salud de la democracia interna de los partidos políticos es la primera piedra de la regeneración democrática, demandada casi a voces por la ciudadanía.

democracia interna

Felipe González se lamentaba en sus memorias, en un arrebato de sinceridad, de no haber sido capaz de impulsar otros liderazgos, que sería mejor describir como “crear las condiciones adecuadas para su surgimiento”.

Para que la democracia dentro de un partido político sea su verdadero modus operandi, tiene que existir una voluntad fundacional absolutamente decidida de que así sea. Los órganos de control del partido deben intervenir únicamente cuando el curso de los acontecimientos sea verdaderamente grave, y permitir el desarrollo natural de las distintas agrupaciones en cualquier otro caso, entendiendo desde el principio que cada una de ellas debe aprender de sus errores y no caer en un paternalismo que, muy lejos de ser proteccionista, acaba cayendo invariablemente en una manipulación decidida por imponer criterios de poder e influencia basados en el principio ancestral: “mi criterio es mejor que el tuyo porque lo digo yo”.

A todo lo dicho subyace el igualmente ancestral miedo a perder el control. Digamos que cuando un partido político surge, su manifiesto fundacional pretende responder a las inquietudes y sueños de una importante parte de la población, en el mejor de los casos. De esta manera, acierta en cuanto resuena en un amplio sector de la ciudadanía, y tiene éxito a largo plazo si involucra a ésta misma en el desarrollo del proyecto y el ejercicio del liderazgo, mucho más sólido cuanto más compartido, y mucho más eficaz cuanto más horizontal y más se apoye en una metodología coherente con su ideario y unas reglas del juego claras y comunes.

Especial atención merece el órgano de control que debe garantizar el funcionamiento democrático de un partido político. El llamado usualmente comité de garantías, debe funcionar como el “poder judicial” dentro de la formación, manteniéndose independiente de los órganos de dirección y preservando los derechos del conjunto de la afiliación, que en su conjunto es el órgano supremo del partido. Mucho hay que recorrer en este camino.

Lo que ningún partido hace y resulta tan necesario como evidente, es constituir un Comité de Garantías realmente independiente de la formación en la que se inscribe. Un correcto desarrollo legislativo obligaría a los partidos a constituir un comité formado por miembros independientes, ajenos a la formación y con un reconocido prestigio por su pertenencia a asociaciones de carácter ético, filantrópico o similares. Personas cuyo prestigio ofrezca una garantía extraordinaria de independencia y defensa de los derechos de los afiliados, que se encuentran invariablemente en una situación de extrema desprotección ante las todopoderosas estructuras de poder de los partidos políticos, verdaderas máquinas de defenestrar a los críticos e independientes, mucho más cuanto más invisibles y faltos de poder se hallan dentro de dichas estructuras.

Es muy loable la iniciativa de Transparencia Internacional en cuanto al fomento de la transparencia en los partidos políticos. Ciertamente se encuentra esta asociación en proceso de encontrar su equilibrio, pasando en pocos meses de una evaluación medianamente rigurosa a otra de una generosidad inverosímil, asignando una puntuación media a los partidos políticos españoles que está a años luz de su verdadera condición actual. En cualquier caso, sólo se equivoca el que trabaja, y estoy seguro de que con el extraordinario talento que se haya en su seno, la asociación encontrará más pronto que tarde la medida justa de la realidad, para ser una referencia necesaria en la medida de la salud política en nuestro país.

Como muy bien explicó Jesús Lizcano, presidente de TI, la medida de la transparencia no debe confundirse con la medida de la corrupción dentro de un partido político. Resulta evidente que cuanta más transparencia real haya, la corrupción se reducirá en la misma medida. Ahora bien, por el camino, la profundidad de la transparencia y su traducción en datos realmente relevantes, son elementos que el perfeccionamiento de la metodología de su medición debe garantizar, para resultar verdaderamente válida y fiable.

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La democracia interna de los partidos políticos actualmente es un brindis al sol. Esto está fuera de toda duda. Elaborar unos estatutos y reglamentos que contemplen todos los aspectos fundamentales para establecer unas reglas de juego democráticas ineludibles, y configurar un Comité de Garantías independiente y eficaz, verdarero fiscal que evite los abusos de poder consustanciales a los órganos de gobierno de los partidos, son las dos columnas necesarias y suficientes para garantizar no sólo el funcionamiento democrático de un partido político en su seno, sino para asegurar que, en su eventual labor de gobierno en todas las adminsitraciones, los representantes electos de dichos partidos sean verdaderos abanderados de una democracia de calidad.

Valga para ilustrar y poner el broche a este post, el título de una obra del gran Shakespeare: “A buen fin no hay mal principio”.

 

jaime trabuchelli

 

 

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