El Honor de lo Inútil

Todo es per se, sin fin alguno.

Después de todos estos meses escribiendo estos posts inútiles y defendiendo unos valores que no sirven para prosperar en ningún ámbito que no sea el de la íntima satisfacción, nada me apetece más que seguir haciéndolo.

Después de la experiencia acumulada en el último año, el mundillo de la política se me ha mostrado turbulento, a ratos enloquecido y a menudo perturbador. Por otra parte, he tenido la fortuna de conocer a seres verdaderamente extraordinarios. Quizá nunca salgan a la luz pública, o quizá sí; eso nunca se sabe. Pero todos y cada uno de ellos me han demostrado ser personas de fiar, incluso en las situaciones más difíciles. Al fin y al cabo la política no debería ser más que amor y respeto en acción, al servicio de todo.

A medida que en política te aproximas al poder, la agitación, el revoloteo, los codazos y empellones, la pérdida del decoro, la desconfianza y el egoísmo se acentúan exponencialmente. Pareciera que la lógica de posicionarse, de estar en el candelero, prevaleciera por encima de cualquier otra consideración. Es un influjo ciertamente maléfico y que sólo muy poquitos están preparados para cabalgarlo y controlarlo, y no ser devorados por él.

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Todos los días uno se enfrenta a decisiones sobre qué es lo más justo, lo honesto, lo bueno. Y casi invariablemente tomar partido por lo más noble y elevado conlleva arriesgar la posición, perder el suelo bajo los pies. Esto es de uso corriente, especialmente y como saben los más experimentados en la materia, dentro de la propia formación política. Pero hay un principio básico que funciona a la perfección – creo que no hay otro – : no ceder un ápice. La mayor corrupción comienza con una pequeña decisión equivocada, quizá muy irrelevante, pero de una naturaleza extremadamente perniciosa: el favor político de caracter personal, subjetivo. El que lo da invierte en el que lo recibe, y lo cobrará invariablemente. Este es el principio básico de funcionamiento de la mafia y su sistema de clanes, y la piedra angular de toda red clientelar. Esta red, hoy en día, manda en todos los partidos. No les quepa ninguna duda.

Pero les digo una cosa: cada vez hay más enamorados de lo inútil, de la transparencia de la verdad sencilla, del talento al servicio de todos, de la decencia sin concesiones. El criterio objetivo de mérito y las reglas del juego respetadas limpiamente, sin trampas que violen el espíritu de la norma – las peores -, han de defenderse con la máxima vehemencia.

La lucha será magnífica, y se dará. A los buitres y los zorros pareciera que les fuera la vida en la hoguera de las vanidades.

 

jaime trabuchelli

 

 

Una Decisión Primordial

Cuando se constituye un partido político sobre la base de defender los valores democráticos, la convivencia, la solidaridad y el interés general, se plantea el reto fundamental de redactar un manifiesto, elaborar un ideario y unos estatutos que supongan el primer paso para compartir esta iniciativa con tantos compañeros de viaje como sea posible; compañeros que remarán codo con codo para llevar a buen fin el proyecto. La ideología es, en cuanto a lo que voy a tratar aquí, irrelevante.

La democracia es en esencia repartir el poder de la manera más amplia posible, para garantizar un equilibrio de fuerzas que redunde en beneficio del colectivo, un progreso sostenible y una interacción ordenada y dinámica. La vida es compleja, plural y la constante es el cambio: no hay nada idéntico en ella. Es por ello que no creo en las identidades colectivas, sino más bien en la tolerancia y diversidad que se retroalimentan con los valores compartidos.

Así que un partido democrático es en esencia un movimiento civil que la sociedad se da a sí misma para ofrecerse una alternativa encaminada a administrar lealmente los recursos, garantizar la convivencia pacífica, favorecer el estado de bienestar sostenible y, en definitiva, actuar como leal delegado del conjunto de la ciudadanía, hoy en día entendido como una sociedad formada, capaz, culta y exigente. No; no necesitamos un mesías, ni tampoco un equipo de iluminados. Necesitamos demócratas capaces con voluntad de servicio.

forrest gump

Por tanto, aquellos que deciden constituir esta loable iniciativa y más aún quienes se postulan para liderarla, deberían tomar una decisión primordial, plenamente consciente: superar el miedo asociado a la necesidad de control. Los valores que sustentan la democracia son innegociables, pero la visión que tiene cada uno de cómo debe desarrollarse la iniciativa política es sólo una propuesta. Sostener un proyecto perfectamente conformado y cerrado dentro de sí, junto con una férrea voluntad de llevarlo a cabo aun a costa de los valores democráticos dentro de la propia organización, ha sido siempre la semilla de la corrupción. Y el problema no es el proyecto en sí, que puede ser incluso brillante. El gran problema es cerrarlo justo al borde de la propia epidermis. De esta manera, a lo máximo que se puede aspirar es a la brillantez artificial de las naranjas enceradas.

De la misma manera que nuestros hijos son hijos de la vida y no réplicas nuestras, del mismo modo en que una obra de arte trasciende a su autor y una gran empresa a su fundador, un partido político trasciende de manera especialmente propia a los que impulsan su creación. Pero esto no ocurre a largo plazo, ni siquiera a medio: esto es desde el minuto uno. Cuando un grupo de fundadores lanza un partido político está diciendo: “Queremos proponeros un modelo de país, de región, de ciudad, desde estos posicionamientos, y hacernos merecedores de vuestra confianza para, en vuestro nombre, devolverla con el honor del trabajo bien hecho”. Bastante sencillo, obviado por sistema.

El primer paso es organizarse internamente en base a los principios democráticos, tal y como establece la Constitución y tal como dicta la más pura lógica democrática. No; no es que me iluminé y os conmino a que me sigáis, deslumbrados. La cuestión es que tengo vocación de servicio, iniciativa, capacidad y una gran ilusión para contribuir a un proyecto que mejore lo que me encontré, en el lugar en el que nací o en el que vivo.

Para garantizar esta democracia interna, que será la mejor prueba de lo que se es capaz de hacer en un futuro gobierno, la garantía de cumplimiento de las reglas del juego es de importancia primordial. Imaginen lo que supondría un parlamento capaz de generar las leyes más excelsas con un poder judicial y una fiscalía inoperantes, incapaces de asegurar su aplicación. Pues bien, eso es lo que nos encontramos dentro de los partidos políticos hoy en día: no hay independencia en sus órganos de control a la ejecutiva. Por aquí se desmorona la democracia interna; si no hay policía, la ley del más fuerte. ¿Les suena? Es el modelo exportado, desde el interior de los partidos políticos a nuestros parlamentos, a nuestro sistema judicial y, finalmente, a nuestros gobiernos.

alwayslookatbrightsideoflife

Una decisión primordial: manda la democracia por encima de mi apreciado criterio. No vulneraré los principios democráticos movido por la necesidad de control, la estabilidad de mi silla, mis ganas de figurar, mi íntima convicción de ser el custodio del santo grial. No. Desengáñese: usted nunca es para tanto. Y no se lo digo yo, se lo decimos todos.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

Educare, Educere

Las dos posibles etimologías del verbo “Educar” apuntan a dos acciones: introducir (educare) y extraer (educere). Es decir, la persona devuelve la información de una manera única, singular, después de un proceso de traducción impregnado de todo lo que es. La necesidad de establecer un código exento de ambigüedad nos lleva a obviar con demasiada frecuencia la visión esférica de la realidad, y por tanto, generamos un artificio que nos sirve para simplificar la experiencia y manejarla como las fichas de un juego de mesa. Poca duda cabe en cuanto a que este proceso nos lleva a la construcción de un mundo bidimensional, plano, en el que la pasión por descubrir el jugo de la vida brilla por su ausencia. La necesidad de control, que siempre proviene del miedo, se aferra desesperadamente al mapa para evitar hundirse en la inmensa realidad de la existencia. La mente busca referencias para construir un mundo previsible, y surge el edificio de la ciencia. Este es el paradigma cartesiano – newtoniano en el que aún nos hallamos inmersos y en el que casi nadie aguanta en su sano juicio más allá de unas horas. Afortunadamente dormimos todas las noches y el edificio se desmonta, en un ejercicio de anarquía espacio-temporal sorprendentemente coherente. Sin el sueño nunca asimilaríamos lo que en la vigilia aprendemos.

Nuestra cultura vive un momento en el que impera lo artificial, lo hiper estructurado, la programación: el mapa. Pero curiosamente las empresas buscan con afán personas capaces de adaptarse vertiginosamente al cambio, de generar soluciones creativas, de liderar e inspirar a sus equipos, extraer lo mejor de cada uno: educere.

Sócrates

En España, nuestro sistema educativo es eminentemente introductorio, en el sentido más penetrante de la palabra: cebar. El ejemplo extremo surge cuando llega el momento de preguntar al alumno – contenedor: si la pregunta no responde a lo que se supone se debe preguntar, la censura adopta un amplio abanico de formas y colores, que van de la reprimenda explícita al caso omiso. El maltrato a la pregunta es el certificado de defunción del espíritu crítico.

Evidentemente esto es una exageración de la realidad, en tanto en cuanto hay muchos profesionales de la educación que se sitúan al margen de esta visión militarizada de la formación y aportan un estilo de auténtico valor educativo, en el que el respeto a la individualidad, a la singularidad de cada uno de sus alumnos rige su proceder diario. Incluso hay centros donde esta filosofía genuinamente humanista de la enseñanza subyace a todos sus planteamientos y actividades.

Luego existen individuos e instituciones que promulgan la formación integral de sus alumnos, pero que a la hora de la verdad, siguen aplicando los patrones de la instrucción rígida, dirigida con mano de hierro.

Educar no es tarea fácil. No lo es porque el educador, el maestro, ha de poner toda la carne en el asador. El educador es parte de la ecuación, no puede ser el cucharón de la sopa – “pruébala, ¿no es deliciosa?” – pero que jamás la probó, impermeable como el acero. Educar es compartir tu propia experiencia, ofrecer conocimiento vivo, vívido y vivido, y ser lo suficientemente valiente como para exponer tu ingnorancia llegado el caso, que es en casi todo momento, sobre todo a la hora de preguntar. Sólo se puede preguntar genuinamente cuando se desconoce la respuesta.

Hablamos de “pacto nacional para la educación” como la gran prioridad de nuestra sociedad, pero reflexionamos muy poco sobre lo que debe suponer la misma. Filósofos y poetas no parecen encontrar lugar en el momento de la historia que vivimos, porque todo sucede con tal rapidez que parece que estas vocaciones condenan indefectiblemente a la exclusión social. Filosofía y poesía quedan para la tercera copa, para los enamorados, para los locos. Hablamos de educación y pensamos en las materias, en los planes de estudio, en los presupuestos necesarios, en la formación de los profesores, pero hablamos muy poco del objetivo principal de la educación: que la persona sea feliz. La felicidad, la plenitud, han llegado a ser consideradas una utopía, un fin inalcanzable, y por tanto, todo se enfoca a la satisfacción material y a la diversión en los ratos libres, en el poco tiempo que queda después de la maldición del trabajo. El viernes por la tarde se ha institucionalizado como el nirvana de los tiempos modernos.

La educación es para la felicidad. La instrucción per se es instrumental, cosificante y profundamente insatisfactoria. La información es difícilmente asimilable si no tiene un sentido vital. Soy consciente de la radicalidad del planteamiento, tanto como consciente soy de la crisis profunda de valores que vivimos. Por tanto, esta radicalidad es directamente proporcional a la distancia que nos separa de una vida plena, llena de sentido.

Charlie

Hablamos de “pacto por la educación” y sólo hablamos de cambio en el modelo productivo, de competitividad, de bienestar material, de salidas laborales. ¿Cómo podemos pensar en impulsar los valores democráticos, altruistas, de convivencia, tolerancia, etcétera, si no dedicamos ni la mínima parte de nuestro discurso a debatir, plantear o profundizar en el objeto final de la educación? No hay nada más importante que lo inútil, porque es esencial, nunca instrumental. Es un fin en sí mismo. No tiene sentido, pero todo adquiere sentido en torno a ello. Es inefable.

¿Cómo vamos a educar verdaderamente a nuestros hijos, a nuestros alumnos, si ignoramos lo que hace la vida digna de ser vivida y nos apostamos cínicamente en la convicción de que la felicidad es imposible?

El amor a cada cosa que se hace, a cada minuto que se vive, es el corazón de la educación. Los profesores que amamos y recordamos con gratitud, los padres que amamos y recordamos con gratitud, han establecido un verdadero pacto por la educación, porque nos han ofrecido con respeto y amor lo que son, y lo que han aprendido.

Un pacto por la educación es un verdadero acto de respeto y amor de una generación por la siguiente. A partir de ahí, cobra sentido hablar de modelo productivo, competitividad, crecimiento, pleno empleo y demás utilidades, completamente legítimas.

Es posible.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

El Bien Común

No hay nada que dé más prestigio y que aglutine tanto reconocimiento como ser un verdadero impulsor del bien común.

¿Qué es el bien común? Las condiciones idóneas para que todo individuo pueda desarrollar una vida plena: salud, desarrollo intelectual, integración social, desarrollo emocional, realización laboral y desarrollo espiritual o filosófico.

Para que todos los aspectos mencionados alcancen un desarrollo óptimo, la educación en valores debe adquirir un lugar preeminente en todo ello; debe situarse no en la cima, sino en la sima. En la cima se encontrará el fruto último de todo: una sociedad feliz.

Esto se llama utopía, habitualmente. Pero hagamos el esfuerzo de “escalar el tiempo”. En el universo todo ocurre por ciclos. Si uno está inmerso en un ciclo que le trasciende, es decir, que supera lo que conoce en cuanto a que ni su vida, ni lo que conoce más allá de su época, suponen un ciclo temporal mayor del necesario para alcanzar tal fin. Un ejemplo: ¿pudo conocer el hombre de Neanderthal el grado de bienestar que alcanzaría, miles de años después, el Homo Sapiens? ¿Qué pensaría el hombre del medievo si le hubieran dicho en su época que el hombre pisaría la luna a bordo de una nave espacial?

ElBienComun

Hemos podido comprobar en nuestra época que el presente disfruta de avances que en el pasado, no muy lejano, hubiera resultado demencial considerar siquiera posibles.

Lo más llamativo es que ofrecemos una llamativa resistencia a pensar en el futuro como el lugar de lo inimaginable, y seguimos siendo máquinas de escupir la palabra imposible. La realidad empieza con un sueño, por tanto, el sueño guarda en su seno la semilla de la realidad.

Sólo aquello que nos hace más felices nos genera ilusión, y querer ser más feliz siempre es soñar, soñar y dar pasos valientes.

Yo sueño con el bien común. Sueño con un mundo de buenas personas, capaces, generosas, innovadoras, creativas y trabajadoras.  Y como tengo un espíritu acentuadamente científico, estoy convencido de que se hará realidad, como todo lo que el ser humano ha sido capaz de soñar a lo largo de su historia. No me ciega el plazo ni me abruma mi ignorancia. Hay demasiadas pruebas de que lo imposible es alcanzable y está en el destino de aquellos que lo creen posible.

Por eso, creo en la democracia. No en la quimera que vivimos, salpicada de honrosas luces. Los cínicos tienen los días contados, aunque haya que contar durante mucho tiempo.

Nunca es tarde si la dicha es buena. Qué sabio refrán.

 

jaime trabuchelli

 

 

Democracia Interna

El artículo 6 de la Constitución Española  dice:

“Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”

Los partidos políticos se deben a la sociedad, pues son sostenidos económica y estructuralmente por el conjunto de la ciudadanía. A ella deben rendir cuentas en todos los aspectos, tanto económico como informativo, tanto organizativa como representativamente.

Nos hemos acostumbrado a que en ninguno de estos aspectos cumplan, y no podemos esperar buena salud en nuestra democracia con la vulneración de este principio insoslayable. La salud de la democracia interna de los partidos políticos es la primera piedra de la regeneración democrática, demandada casi a voces por la ciudadanía.

democracia interna

Felipe González se lamentaba en sus memorias, en un arrebato de sinceridad, de no haber sido capaz de impulsar otros liderazgos, que sería mejor describir como “crear las condiciones adecuadas para su surgimiento”.

Para que la democracia dentro de un partido político sea su verdadero modus operandi, tiene que existir una voluntad fundacional absolutamente decidida de que así sea. Los órganos de control del partido deben intervenir únicamente cuando el curso de los acontecimientos sea verdaderamente grave, y permitir el desarrollo natural de las distintas agrupaciones en cualquier otro caso, entendiendo desde el principio que cada una de ellas debe aprender de sus errores y no caer en un paternalismo que, muy lejos de ser proteccionista, acaba cayendo invariablemente en una manipulación decidida por imponer criterios de poder e influencia basados en el principio ancestral: “mi criterio es mejor que el tuyo porque lo digo yo”.

A todo lo dicho subyace el igualmente ancestral miedo a perder el control. Digamos que cuando un partido político surge, su manifiesto fundacional pretende responder a las inquietudes y sueños de una importante parte de la población, en el mejor de los casos. De esta manera, acierta en cuanto resuena en un amplio sector de la ciudadanía, y tiene éxito a largo plazo si involucra a ésta misma en el desarrollo del proyecto y el ejercicio del liderazgo, mucho más sólido cuanto más compartido, y mucho más eficaz cuanto más horizontal y más se apoye en una metodología coherente con su ideario y unas reglas del juego claras y comunes.

Especial atención merece el órgano de control que debe garantizar el funcionamiento democrático de un partido político. El llamado usualmente comité de garantías, debe funcionar como el “poder judicial” dentro de la formación, manteniéndose independiente de los órganos de dirección y preservando los derechos del conjunto de la afiliación, que en su conjunto es el órgano supremo del partido. Mucho hay que recorrer en este camino.

Lo que ningún partido hace y resulta tan necesario como evidente, es constituir un Comité de Garantías realmente independiente de la formación en la que se inscribe. Un correcto desarrollo legislativo obligaría a los partidos a constituir un comité formado por miembros independientes, ajenos a la formación y con un reconocido prestigio por su pertenencia a asociaciones de carácter ético, filantrópico o similares. Personas cuyo prestigio ofrezca una garantía extraordinaria de independencia y defensa de los derechos de los afiliados, que se encuentran invariablemente en una situación de extrema desprotección ante las todopoderosas estructuras de poder de los partidos políticos, verdaderas máquinas de defenestrar a los críticos e independientes, mucho más cuanto más invisibles y faltos de poder se hallan dentro de dichas estructuras.

Es muy loable la iniciativa de Transparencia Internacional en cuanto al fomento de la transparencia en los partidos políticos. Ciertamente se encuentra esta asociación en proceso de encontrar su equilibrio, pasando en pocos meses de una evaluación medianamente rigurosa a otra de una generosidad inverosímil, asignando una puntuación media a los partidos políticos españoles que está a años luz de su verdadera condición actual. En cualquier caso, sólo se equivoca el que trabaja, y estoy seguro de que con el extraordinario talento que se haya en su seno, la asociación encontrará más pronto que tarde la medida justa de la realidad, para ser una referencia necesaria en la medida de la salud política en nuestro país.

Como muy bien explicó Jesús Lizcano, presidente de TI, la medida de la transparencia no debe confundirse con la medida de la corrupción dentro de un partido político. Resulta evidente que cuanta más transparencia real haya, la corrupción se reducirá en la misma medida. Ahora bien, por el camino, la profundidad de la transparencia y su traducción en datos realmente relevantes, son elementos que el perfeccionamiento de la metodología de su medición debe garantizar, para resultar verdaderamente válida y fiable.

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La democracia interna de los partidos políticos actualmente es un brindis al sol. Esto está fuera de toda duda. Elaborar unos estatutos y reglamentos que contemplen todos los aspectos fundamentales para establecer unas reglas de juego democráticas ineludibles, y configurar un Comité de Garantías independiente y eficaz, verdarero fiscal que evite los abusos de poder consustanciales a los órganos de gobierno de los partidos, son las dos columnas necesarias y suficientes para garantizar no sólo el funcionamiento democrático de un partido político en su seno, sino para asegurar que, en su eventual labor de gobierno en todas las adminsitraciones, los representantes electos de dichos partidos sean verdaderos abanderados de una democracia de calidad.

Valga para ilustrar y poner el broche a este post, el título de una obra del gran Shakespeare: “A buen fin no hay mal principio”.

 

jaime trabuchelli