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Jaime

Recuerdo siempre con simpatía ese pequeño droide astromecánico de “La Guerra de las Galaxias”,  que es algo así como un niño travieso, un enfant terrible robotizado. Nunca pensé que me llevaría a describir lo que hoy significo con este titular: Rajoy, dos dedos.

Una vez más, Gru coloca a sus minions. En el partido donde disentir es pecado que te cuesta el puesto aunque no lo tengas, donde el peloteo y la adulación están a la orden del día y ahogan cualquier atisbo de pensamiento crítico, donde la gente brillante con ideas innovadoras es expulsada o ninguneada sin miramientos por el miedo y el desprecio de los mediocres, llega al puesto el que no hace ruido o lo hace con tal sonoridad y efectividad que no queda más remedio que abrirle la puerta con la esperanza de que con el impulso salga por la ventana.

Mucho se especula ya con lo apropiado de la sentencia digital y el descabalgue en pleno galope desde el ático de un candidato que se ha quedado más solo en su postularse que un Don Tancredo cuyo toro se fue a otra plaza. El problema no son unos candidatos u otros. La cuestión es que el PP no tiene ganas de hacer nada más que lo que ha venido haciendo todo este tiempo: perpetuarse en su eterno lampedusiano, a saber, ir cambiando todo para que todo siga igual.

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R2D2. Dos dedos mas de Rajoy para estructurar un partido muerto que surge de su cabeza de registrador de la propiedad, noble oficio que a la sociedad le aporta orden y seguridad en lo que le concierne, y artrosis y estatismo en lo que a la política revierte vía Mariano Rajoy. Ni atisbo de democracia interna, ni sombra de regeneración, ni intento de transparencia ni medio brillo en los ojos. Acaso una ironía de vez en cuando por rescatar alguna luz.

Umbral hubiera descrito a la perfección ese tránsito del Rajoy ministro que fue, allá por los albores del siglo, al Rajoy opositor y más tarde al gobernante, como el progresivo desajuste de un hombre que más allá de su puro y sus lecturas, en esa humeante segunda fila en la que se sentía cómodo, sólo hizo realmente bien una cosa: “descaudillar” AP. Esa elegancia británica atribuida con parte de acierto por el cervantes, que incluso le llegó a denominar “místico de la política”  o “apóstol de la honradez”, ha ido degenerando en el histrión de la oposición en el medio tiempo, y finalmente en un gobernante deliberadamente de espaldas a la ciudadanía, en lo que seguramente resultará el final de su andadura, y esperemos ponga fin a la quinta del plasma.

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Un político de verdad, de los que enriquecen la civilización, no podrá ser nunca un droide astromecánico que escupe datos equívocos a conveniencia, insulta sin reparo en el debate más importante del país y reparte cargos según se le ponga en la punta del dedo. El mundo que viene le lleva dos siglos de ventaja. Y ya está aquí.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

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