La Toma de Conciencia

Jaime

La mentira es el peor abuso posible del lenguaje, excepción hecha de la agresión injustificada. Y la mentira, la falsedad, la manipulación y la intención deliberada de tergiversar la realidad, se han convertido, en política, en un hábito tan establecido, aceptado y normalizado que no es de extrañar el profundo desafecto que produce en la mayoría de las personas que conservan el respeto hacia ese valor tan principal, tan inicial, tan irrenunciable para una vida de provecho como es la verdad. Un ejemplo magnífico podría ser considerar este inicio de artículo como una “moralina”, como un “catecismo”. Excusa para tantos que consideran vivir junto a la verdad un hecho imposible de lograr, incluso temible.

La política no es un ámbito aislado de la sociedad, aunque a veces lo parezca, ya que lo ejercen personas que por mucho que se corporativicen y se dejen afectar por los múltiples vicios que la pueblan, siguen inmersas en una sociedad de la que se nutren principalmente. Y los políticos, especialmente. En esta sociedad la verdad se convierte a menudo en un obstáculo para lograr objetivos, digamos, menos inútiles. Es bárbaro, pero rigurosamente cierto. Piensen si no qué le responderían a su jefe, sea cual sea su oficio, si les dijera que le dieran su opinión sobre él, libremente. Nos hemos acostumbrado a vivir en una ausencia bastante notable de la verdad.

A estas alturas, el que se pregunte a qué verdad me refiero que no se esfuerce demasiado. No trato aquí grandes reflexiones y trascendencias. Si su mujer le pregunta dónde ha estado y le dice que en la oficina y en realidad ha estado en otro lugar, eso no es verdad, ¿verdad?. Pues cosas así.

Y así, entre mentir y robar – otra forma de mentira -, se va desarrollando una buena parte de la vida política de nuestro país y del resto del mundo. Como venimos hablando de regeneración desde unos años a esta parte – sobre todo Ciudadanos y UPyD, esa es la verdad – no está de más considerar de qué estemos hablando, no vaya a ser que pase como con el hermético concepto de Federalismo esgrimido desde el PSOE, un misterio inescrutable. Lo que degenera se debe regenerar para bien de todos, y en política, la gestión de lo público para la optimización del bien común – por ejemplo – la degeneración principal ha ocurrido por el abuso de poder. Olvidarse del otro es una tendencia tan humana como fuerza física es la gravedad. Sin esfuerzo ninguno nos sale perfecto. Pero cuando uno tiene un poder importante, y en política es lo que ocurre, este olvido adquiere unas dimensiones tales que la fuerza de la gravedad que nos sirvió de metáfora queda como un ridículo símil: más se ajustaría la capacidad de un agujero negro para tragarse hasta la luz que se aproxima. El Señor de los Anillos, que es la Odisea de nuestro tiempo, y bien Tolkien podría equipararse a Homero en su épica de la conciencia, nos provee de una cantidad tal de claves del comportamiento humano que perfectamente serviría como texto básico para enseñar ética en las escuelas. No desdeñen tampoco El Padrino de Mario Puzzo como una versión actualizada de la filosofía de Maquiavelo y sus derivas. Pues sin derivarme más, este abuso de poder ha llevado a un falseamiento de las reglas democráticas y a un blindaje de los poderosos – política y financieramente – hasta tal punto que el ultraje a la ciudadanía está provocando una reacción inusitada en la España contemporánea al punto de hacer tambalearse a las instituciones y sus representantes. Esto es tan peligroso como que lleva indefectiblemente al deterioro de la convivencia vía ruptura de la moral pública. El fin de muchas civilizaciones, si no de todas, vino precisamente por ahí.

Afortunadamente, la democracia, cuando no se ha llegado a vulnerar completamente desde la cúpula – blindaje ad hoc tipo Chavez, Putin, etc – perdiendo la razón de su nombre, tiene recursos para regenerarse, se dota de vías para poder restablecer unas bases sanas y fuertes que recuperen el impulso de un Pueblo, su convivencia y el equilibrio entre las fuerzas económicas, políticas y sociales que le lleven a las más altas cotas de bienestar. Pero para que esto suceda, el Pueblo tiene que haber madurado los suficiente como para TOMAR CONCIENCIA del delicado momento que vive y las vías de solución que se le presentan. Esta toma de conciencia en la que los medios de comunicación juegan un papel esencial, es el imprescindible punto de apoyo de las fuerzas regeneradoras para catalizar la transformación de un país.

Ciertamente siento este artículo como un verdadero dejà vu, una especie de vuelta a los años 70 en España, en la que dejábamos atrás una dictadura de 40 larguísimos años para entrar en lo que ha sido una época de bonanza, libertad y estabilidad que no se pueden poner en duda mas que con una voluntad deliberada de faltar a la verdad o unas dosis de ignorancia tales que pondrían en duda el sistema educativo. Un régimen fue el franquista, lo que vino después fue un buffet libre enmarcado en una democracia de circunstancias, a contra reloj, consensuada por extrañísimos compañeros de cama en un ejercicio más meritorio que criticable y con unos resultados que bien habrían firmado con toda alegría todos nuestros padres en 1977. Es muy fácil hablar cuando en la vida no te ha faltado nada de lo fundamental, que por una vez voy a recordar – la memoria es más frágil que la paciencia -: alimento, vivienda, libertad de expresión, educación gratuita, sanidad gratuita, PAZ, ausencia de pena de muerte, ausencia de presos políticos, respeto a los derechos civiles, democracia – con sus fallos, pero puedes votar -, y decenas de logros sociales, políticos y económicos que ocuparían toda la extensión que quisiéramos darle a este artículo. Es muy fácil hablar, Pablo Iglesias, de todos los defectos de la Transición, de sus artífices, de los logros que el conjunto de los españoles alcanzamos en esos años fundamentales para nuestro país. Es muy fácil ponerle nombres a todo, caer en el simplismo y borrar de un plumazo todos los enormes méritos de unas décadas cruciales en nuestra historia. Es muy fácil cuando no te ha faltado en tu vida ninguna de las diez cosas vitales antes enumeradas y que, sin ellas, no podrías ni entender quién eres y por qué, hoy en día. Creo que el rechazo de ésta época en el que incurren buena parte de los líderes de este partido emergente que pretende ser el máximo exponente de la regeneración, no deja de ser una reacción inmadura de niños mimados por una generación de luchadores que fueron capaces de dotarnos de una Constitución, unas libertades y un bienestar desconocidos en España. Hay buenos modos, hay inteligencia, hay preparación y yo creo que buenas intenciones en este grupo de intelectuales, activistas y estrategas políticos que configuran la cúpula de Podemos – si bien estoy muy lejos de muchos de sus planteamientos, perteneciendo como pertenezco a Ciudadanos -, pero me resulta indudable que tras ese entusiasmo revolucionario hay una bisoñez flagrante que cree haber descubierto el ungüento amarillo, el bálsamo de Fierabrás o la Piedra Filosofal, cuando en realidad de lo que se trata aquí es de honrar y conservar lo que nos ha mejorado, recuperar lo que lamentablemente hemos perdido o nos han robado y diseñar un futuro para nuestros hijos y nietos del que sentirnos orgullosos cuando muramos. En estos tiempos en que vivimos ya no se construye sobre ruinas, ya no se demuele indiscriminadamente para después recoger el escombro y rehacer los cimientos. Mucho se ha hecho bien, hay mucho que aprender – por eso tenemos bibliotecas y museos – y no necesitamos un mesías que nos salve. Sólo necesitamos gente valiente, que sea capaz de decir la verdad y esforzarse por hacer las cosas de forma limpia y eficiente.

Los partidos tradicionales han sucumbido a la política como una forma de vida cómoda en la que se ha infiltrado la voluntad generalizada de conservar la silla cuando no de prosperar a cualquier precio e incluso delinquir con impunidad. Aquí, decir la verdad, denunciar la corrupción o incluso disentir del que te puede hacer “ascender”, se han convertido en una verdadera heroicidad, que cuando se ejerce incluso desde la noble intención despierta dudas y recelos, una tendencia maligna a interpretarlo como venganza, arrogancia o falta de disciplina de partido o modales. ¡Hasta un filósofo de la talla de Fernando Savater criticó a Sosa Wagner por contar en un periódico lo que habría ahogado la cúpula de UPyD de contarse en el irrelevante Consejo Político! Hasta los mejores empiezan a perder la perspectiva de la inmensa crisis ética o moral – como quieran llamarla – que estamos viviendo en la sociedad. Nos hemos aburguesado hasta tal punto que los valores fundamentales empiezan a desplazarse al ámbito de la utopía en el imaginario colectivo. Muta el arquetipo, como diría Jüng.

Hay una confusión tremenda en la práctica para distinguir lo que está bien y lo que está mal.

Es por eso que no sé muy bien qué palabra utilizar para definir mi sentimiento cuando oigo hablar de ideología política, de izquierdas y derechas… ¿Ideología? ¡¡Valores, señores!! Ustedes quieren decorar un búnker reventado por las bombas con muebles de coleccionista. Si tuviera la certeza de la honradez y la búsqueda sincera del bien común y la sensatez, me importaría un pimiento la ideología del candidato. Ninguna ideología que suscribiese tal persona sería incompatible con el buen gobierno.

Ojala estuviéramos en la situación de poder elegir la decoración de la casa común. Nuestro inmueble necesita una reforma completa, de arriba a abajo, fontanería, electricidad, suelos, ventanas… Afortunadamente aún estamos los ciudadanos en condiciones de encargar esa reforma a la empresa más adecuada. Ni PP, ni PSOE, ni IU, ni CiU ni similares, ni los sindicatos ni la patronal están en condiciones de ser motores de la regeneración democrática de este país. Tienen una inercia irrevocable. Sus intentos son sólo cosméticos, estratégicos, falsos e insultantes. Su red de intereses es tan fuerte y adictiva que ahoga los nobles intentos – que los hay – de renovación desde dentro. Son pocas las alternativas. A UPyD, por cierto, no está de más recordarle que para hacer política ética, no robar, no ser corrupto es condición necesaria pero no suficiente. No puedes ser un partido castrense de puertas adentro, y sobre todo negarlo y decir que eres lo contrario.

En cualquier caso, en la aldea global en la que vivimos, nada es ya sólo nacional. La crisis de valores que sufrimos es mundial. España lleva poco aquí. Llevamos 40 años en proceso de apertura, muy rápido y acelerado, cierto, pero las conciencias tardan un tiempo en cambiar a nivel colectivo. Mirar a nuestro alrededor y conocer las realidades de otros países cercanos o lejanos geográfica y culturalmente ayuda mucho a conformar la propia escala de prioridades y a apreciar en perspectiva los problemas y las virtudes. Esta visión engrandece la política y al mismo ser humano. Tomemos conciencia clara de los problemas y las realidades, formémonos un criterio propio sobre cada tema, y sobre todo, no nos rindamos a aceptar como normal lo que no es normal en absoluto. La situación de la democracia en España no es normal, y la corrupción no consiste en casos aislados como quieren hacernos pensar, sobre todo, los mayores responsables de ella. El que niega la realidad nunca podrá transformarla.

jaime trabuchelli

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