El Poder y Tú

Jaime

Hace mucho tiempo que pienso que cualquier persona que se quiera dedicar a la política debe realizar una reflexión previa muy seria sobre los motivos e intenciones que le llevan a ello. Yo mismo sigo haciéndome esa pregunta para comprobar cómo evoluciona la respuesta que me di un día y que, aún hoy, sigue pulsando en mi voluntad.

Evidentemente cualquier trabajo que sea a tiempo completo – no es mi caso – se convierte – salvo algunas excepciones ricas en posibles – en una forma de vida. Yo no critico esto, más bien al contrario: me parece justo, necesario y digno. ¿Cómo si no se iba a ejercer la política o cualquier otra profesión o disciplina?

¿Qué valores nos impulsan a formar parte del poder público? Poder aportar algo al bienestar de todos los ciudadanos, contribuír al bien común, servir para poder mejorar, en la medida de lo posible, las condiciones de vida en nuestro pueblo, nuestra comunidad, nuestra ciudad, nuestro país o en nuestra comunidad transnacional. Y seguimos profundizando, queriendo llegar a lo que esto significa de verdad.

Yo creo que uno debe sentir y creerse de verdad que incorpora unos valores que suponen un bien público. El gran Khalil Gibran dijo algo impactante, radical: “Si no puedes trabajar con amor sino sólo con desgana, mejor será que abandones el trabajo y te sientes a la puerta del templo a recibir limosna de los que trabajan con alegría”. Ahí es nada. Seguramente la desgana por el trabajo en sí lleva a buscar el enriquecimiento ilícito o el poder por el poder, por ejemplo, como motivación sustitutiva.

El ocaso de las religiones nos ha llevado a un vacío ético y moral en el que se supone que cada uno construye sus valores y sus principios de vida de uno modo muy libre y respetable. Yo, que me considero una persona nada religiosa pero proclive a lo espiritual, considero que este declive de las religiones ha dejado un vacío ético sobresaliente entre una
gran cantidad de personas que no estaban preparadas para tomar el relevo de la religión como guía ética de vida. La política era una rama de la moral hasta que vino Maquiavelo a separar, con fortuna en la teoría y mayor desventura en la práctica, ámbos terrenos y preparó el camino para una toma de decisiones finalista en la que una gran mayoría de los gobernantes aún hoy, toman sus decisiones no movidos por principios éticos sino por el resultado que les va a dar en función de los fines que persiguen. Aunque fue principalmente descriptivo, el autor no pudo esconder una pasión extrema por la practicidad cortoplacista.

Así las cosas, lo verdaderamente revolucionario hoy es funcionar por principios. Y por principios muy simples: no mentir, no robar, reconocer el mérito del adversario y el demérito propio y del compañero de partido, y cosas similares. Nada difícil. Tomar decisiones con visión de futuro, con conciencia de planeta – combatir la pobreza y las enfermedades infecciosas, el hambre, el problema del agua potable, los asesinatos masivos de mujeres… – ,con verdadera responsabilidad y sin resultadismo ni ganas de que te voten a cualquier precio, es hoy, absolutamente revolucionario. Esto debería avergonzarnos profundamente.

Este artículo u otro parecido no aparecerá en ningún editorial de ninguna cabecera importante de éste país y seguramente de ningún país del mundo, al menos por ahora. Deberíamos preguntarnos por qué. Pero ahora se ha puesto de moda hablar de regeneración. Ya me gustaría a mí creerlos a todos, pero tristemente hoy no puedo elegir en mi país más de un partido que realmente transite esta vía en el amplio sentido de la palabra: Ciudadanos.

A medida que dedico una pequeña parte de mi tiempo, la que no me ocupa mi trabajo y no le quito a mi familia, me sigo haciendo la misma pregunta que hace muchos años: ¿por qué quiero participar activamente en política? La respuesta es clara para mí: cuando una persona pone sus valores, sus mejores cualidades a trabajar para los demás, alcanza un tipo de felicidad que da sentido a toda una vida. Por el camino nos encontramos con la vanidad, la soberbia, la codicia y todo tipo de tentaciones mucho más antiguas que las religiones y cualquier disciplina filosófica. Si en cada encrucijada somos capaces de dar la justa lucha y de no dejarnos llevar por los instintos más primarios, la recompensa que recogemos no puede explicarse, ni falta que hace.

No es fácil muchas veces, y erramos continuamente. Muchos caen, lo estamos viendo, de manera flagrante. Pero el sólo hecho de mantener estos principios, estos valores en mente nos hace jugar en otra liga.

En los Estados Unidos de Norteamérica, una cultura muy diferente a la nuestra, se da un gran valor al arrepentimiento público, a reconocer los errores, algunas veces en caliente, asumir las consecuencias de los mismos y poder seguir el camino con dignidad. Muchos casos me vienen a la memoria. En nuestro país no reconoce errores casi nadie, casi nunca. Estoy convencido de que los españoles seríamos muy benevolentes si los políticos fuesen capaces de admitir públicamente y sin ambages sus errores, pero impera la soberbia y el apego a una imagen de cartón piedra, la mezquindad de confiar en la bruma de la incertidumbre para ocultar nuestra miseria moral, el camuflaje de la desinformación al servicio del a ver si cuela. Esta es una traición al servicio público de primera magnitud.

Debemos asumir que nuestra clase política es un reflejo de la sociedad en la que vivimos. Quizá no es un reflejo simplista ni pura aritmética, pero sin duda es una consecuencia de una suma de actitudes de todos nosotros. Hace poco escribí un tweet en el que decía que si los mejores renegaban de la política estábamos jodidos. Pienso que debemos romper esa circularidad histórica que lleva a que los grandes políticos sólo surjan a raíz de terribles conflictos o durísimas páginas de nuestra misma historia. O quizá sea que esta crisis económica severa – en nuestra miope y terrible relatividad, sin duda – sea la que haga surgir a las personas adecuadas para liderar nuestro mundo a una nueva era que parece que todos pedimos a gritos – gritos tan silenciosos que me inquietan profundamente -.

El discurso político que necesitamos hoy no necesita ser complejo. No necesita ser populista, efectista, oportunista, resultadista… ni siquiera necesita ser excesivamente optimista. Necesitamos un discurso profundamente honesto, profundamente sincero, profundamente humano y de una ética irreprochable; incontestable. Esto lo veo en buena medida en Albert Rivera.

También digo una cosa: seguimos siendo excesivamente burgueses, excesivamente acomodados. Terriblemente, diría yo. Nuestro país, nuestra política hoy por hoy no mira al mundo más que para aumentar las exportaciones, más que para ver cómo pueden pesar más nuestros intereses y cómo podemos influir más. Pero nuestro discurso no tiene ideología ni valores. No tiene verdaderas inquietudes. No refleja lo enormemente solidario que es el pueblo español ni no sensibilizados que estamos con la pobreza o la desgracia ajena. Esto no es anecdótico, es un tema central.

Pero la ética y lo más importante en la vida, que es aliviar el sufrimiento del otro, no está de moda.

El tiempo pasa y miles de seres humanos se juegan la vida saltando vallas mortales. Lo mismo seguimos pensando que sueñan con tener un móvil de última generación. A lo mejor será que sueñan con que no les maten o con no morir de hambre o de ébola.

Ahí lo dejo.
Muchas gracias.

jaime trabuchelli


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