Excalibur

Jaime

En agosto de este 2014 me pronuncié en contra de repatriar al religioso Miguel Pajares, un hombre que realizó una impagable labor en Liberia y que dio finalmente su vida por los más necesitados. Argumente que podía tratársele allí, enviando un equipo para el que no faltarían voluntarios y haciendo un poquito más llevaderos sus últimos días (su edad y estado avanzado de la enfermedad no daban margen a la supervivencia). En el otro lado de la balanza estaba la seguridad de 47 millones de españoles, importando una enfermedad terriblemente letal de la que sabemos aún muy poco y para la que no hay cura. En twitter recibí cumplida crítica y reproche moral de propios y extraños, y finalmente callé. Ya estaba hecho.

El gobierno se llenó la boca de gritar a los cuatro vientos que no había riesgo de contagio, mientras veíamos a los profesionales con indumentaria de astronautas. Primer insulto a la población.

Ahora sabemos que asociaciones de enfermería llevan reclamando desde mayo formación para atender enfermos de ébola y sólo han obtenido 45 minutos apresurados. Segundo.

Ahora sabemos que la indumentaria tiene un nivel de seguridad nivel 2, y no nivel 4 como en los hospitales de EEUU o Alemania donde se atiende a estos pacientes. Ahora sabemos que los guantes de látex con los que equipan a los profesionales están unidos al traje con cinta adhesiva. Ahora vemos como colgaban sábanas en la conserjería de La Paz como medida de seguridad y aislamiento. Tercero.

Sólo salieron políticos henchidos de vanidad moral para anunciar la repatriación del religioso. Cuando ha habido que dar la cara por la desgracia del contagio de la Auxiliar de Enfermería, nuestra vicepresidenta se ha rodeado de médicos. Qué vergüenza me da. Cuarto.

A la grave irresponsabilidad de la decisión de un gobierno que expone a su población a un riesgo para la salud pública de manera innecesaria, creyendo estar a la altura de los EEUU o Alemania – y pudiendo estarlo en este extremo si no fuera por su mezquina actitud – en este tipo de atención, se suma su cobardía a la hora de dar la cara y la insidia de no dar la información necesaria a los ciudadanos.

Como broche, maten al perro. Un perro que según los expertos no sólo es más que probable que no esté contagiado, no sólo es que sea uno más de la familia de la auxiliar a la que este gobierno ha expuesto innecesariamente a una enfermedad letal, sino que además, según los expertos, puede ser de gran utilidad para la ciencia.

Este sacrificio es una aberración moral: un signo de los tiempos en que vivimos.

A ver quién saca la espada de la roca.

jaime trabuchelli

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