Apple: el Amante del Cerebro

En el principio fue el talento. No hay excusa.

No son las materias primas, los recursos, la ubicación, en fin. No son las cosas, son las personas. La persona es el PIB, la persona, es el crecimiento. Las personas son la cultura y la ciencia, la experiencia que tenemos de la vida en sentido amplio. En la medida en que confiemos en el talento de las personas y seamos capaces de apostar por él, nuestra empresa tendrá éxito.

Steve Jobs no era un buen estudiante, pero tenía una pasión inusitada y aborrecía profundamente el aburrimiento y la mediocridad. La mediocridad es una opción, no una condición, y él era perfectamente consciente. Tanto, que llegaba a ser cruel. Funcionaba como una parturienta cuando una idea le poseía, y llegaba a crear una especie de campo de influencia en las personas que le rodeaban en la que su visión de lo que era posible era asumida casi hipnóticamente por ellas, por muy disparatado que pudiera parecer. Creó máquinas que estaban vivas por las soluciones y las posibilidades extraordinarias que ofrecían. Y aún hoy, aparece el Apple Watch, y es portada en todos los periódicos del mundo.

Esta es la persona y esas son sus cosas, pero nos debiera interesar aún más el principio que subyace a su legado y que es extrapolable a la experiencia humana en su conjunto: lo nuevo y fascinante es siempre posible. El talento es el motor de esta vivencia y la fe en las ideas que genera llevan, sin lugar a dudas, a nuestra especie a un nivel superior de realización.

No des a la gente lo que quiere sino lo que no saben que quieren y les fascinará descubrirlo. Este fue un principio fundamental que llevó a Jobs a fundar la que hoy es la mayor empresa de la historia.

La política no es más ni menos complicada que el mundo de los ordenadores, teléfonos, etc. que ocupaban la vida de este hombre. El cruce entre la Ciencia y las Humanidades que tanto inspiraba al de Cupertino es quizá una clave que pudiere llevar a buen puerto cualquier empresa humana. Es saber qué experiencia quieres generar a través de la tecnología, y aquí el análisis y la visión son lo primero. Naturalmente encontrarás al Wozniak que lo haga posible, al Jonathan Ive. Las nuevas tecnologías no son ya algo específico y pequeño, dentro de los intereses de los ciudadanos. Se han vuelto algo tan determinante para nuestras vidas que ni nos hemos dado cuenta. Nuestra manera de relacionarnos ya no es la misma, el tiempo ya no se experimenta igual, la manera en que gestionamos nuestras emociones o generamos y recibimos refuerzos afectivos han cambiado radicalmente. Nuestra independencia y capacidad de interacción no es lo que era: llevamos móvil. Perdón: ordenador. Perdón: el mundo en el bolsillo.

El político de hoy no ha integrado su historia reciente. No lo ha hecho por falta de análisis y por falta de visión. Es aquí donde Jobs aporta unas claves determinantes para las mujeres y hombres contemporáneos que quieran entender el momento en que viven y dar solución a los retos que plantea. Los pensadores actuales, aunque brillantes en muchos casos, no son atractivos ni inspiran a una generación, porque son aburridos y sus brillantes ideas chocan con el formato de su presentación. Aquí podría entender alguien porqué Christian Felber hace piruetas antes y después de sus charlas sobre la brillantísima Economía del Bien Común que propone. Sus muy peculiares maneras y su estilo coherente con su mensaje generan una experiencia, no un rollo patatero. Una experiencia que transmite con profundidad aquello que plantea y que permite adivinar, intuir (la razón acelerada), aquello que vendrá detrás. El político de hoy, aún, repite compulsivamente los mismos esquemas dentro de un paradigma lineal y obtuso que fueron superados en otras disciplinas hace muchas décadas: el pensamiento cartesiano – newtoniano de aplicación indiscriminada. Esto viene a ser una visión plana de la realidad, aunque con múltiples conexiones, en la que la innovación parece surgir de nuevas combinaciones de los elementos existentes que en realidad no generan nada nuevo porque las reglas del juego siguen siendo las mismas.

Está empezando a romperse este paradigma de pensamiento, aunque de forma muy tímida y embrionaria, y aún más tímida y más embrionaria en nuestro país y en su política. Es un reto extraordinario para nuestra especie abordar una revolución que no genere destrucción sino integración y participación, una revolución que no pase factura sino que encuentre en sus medios de eclosión la misma naturaleza de los fines que persigue. Esto es una suerte de sostenibilidad energética en la evolución de las sociedades que habría encontrado en Gandhi o antes en Buda o Jesucristo hitos fundamentales que han marcado nuestro inconsciente colectivo y que, se crea o no en la realidad histórica de este último, el arquetipo ha generado comportamientos equiparables a nivel ético en muchos de nuestros congéneres desde entonces.

El ciudadano hoy vive bajo toneladas de información diarias, a gran velocidad y sin referentes éticos. En consecuencia, somos muy vulnerables. Una reacción violenta e irreflexiva a esta vulnerabilidad es una pérdida de energía enorme, y sobre todo, la pérdida de una oportunidad de oro. Esta oportunidad de oro la vivimos hoy, ahora. Es el momento de aprovechar el enorme talento y formación que hay en la población, y liderar con visión de futuro, inteligencia y generosidad una transición a un nuevo paradigma de cooperación e innovación que conduzca al mundo contemporáneo a un verdadero progreso sostenible y a la recuperación de la Etica, la recuperación de la filantropía como principio subyacente a una prosperidad eficiente y en definitiva, a una civilización de la que nos podamos sentir realmente satisfechos.

Estos diez párrafos son una rayuela deliberada, una propuesta ambiciosa en extremo y a mi modo de ver rigurosamente necesaria. Orbitan hoy en nuestro mundo multitud de crisis y multitud de oportunidades, donde alguien tendrá que proponer lo que todos estamos deseando descubrir, lo que no sabíamos que estábamos esperando.

jaime trabuchelli

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