El Derecho a Decidir

En el origen, estaban los territorios. Quiero decir, que parece que los territorios estaban antes que sus pobladores, aunque sólo sea por una cuestión de estar en algún sitio para poder ser.

Nuestro sistema electoral español parece que confiere al territorio, no sé si en base a esta preeminencia temporal, un privilegio por encima de sus pobladores para establecer su peso en lo que a política se refiere. Y no sólo este sistema premia o castiga al votante con más o menos poder, sino que afecta también a quién paga qué, cuanto y cómo. Vamos, que nuestro sistema de hecho mira a la Constitución como diciéndola que quién se cree que es para decir que todos somos iguales.

Nuestra Constitución Española – y no es la única, no vayamos a caer en españolismos – más que la Carta Magna parece la carta de un restaurante: la consultas y luego tomas y dejas lo que te da la gana. También hay clientes que ni la miran: “póngame tal y tal” y punto. Faltaría más. El ‘derecho a decidir’ por encima de todo.

Este semáforo dura demasiado. ¡Mi “derecho a decidir”, por dios! Me lo salto y punto.

El IVA es un abuso. ¡Venga ya, que les den! Sin factura venga, ¿cuánto es? Mi “derecho a decidir”.

Y oigan, que parece que sí, que se tiene la capacidad de decidir lo que a cada uno le de la gana, con las opciones disponibles. Así está diseñada hasta la fecha esta vida. Ahora, el derecho lo marca la ley. Las capacidades son muchas, pero los derechos van siendo menos porque han de ser compatibles con los de los demás.

Parece que las primeras formas de poder político aparecieron en la Sumeria de hace algo más de seis mil años y desde entonces, hemos ido desarrollando sistemas que tienen como objetivo satisfacer las necesidades comunes sin matarse, o al menos intentarlo. Invariablemente, cada vez que una minoría quería ejercer su “derecho a decidir”, empezaba a morir gente. También cuando lo ha ejercido una mayoría, indudablemente; pero sobre todo cuando esta mayoría quería asumir el poder, ejercido despóticamente por, obviamente, una minoría.

Un golpe de estado a una democracia es una minoría ejerciendo el “derecho a decidir”. Una tiranía, es una minoría ejerciendo su “derecho a decidir”. Es curioso que allí donde los territorios tienen más valor que las personas, el “derecho a decidir” es reclamado por una minoría: dos reglas básicas son suficientes para esto, a saber: restringir la “demo” y maximizar la “cracia” (la carta del restaurante).

Parece probado que todas las fronteras se han marcado con sangre cainita. Parece claro que la esperanza de la humanidad pasa por ir diluyendo las fronteras, fomentando la solidaridad y haciéndonos cargo TODOS del bien común. En los países civilizados, en las escuelas, lo que se le enseña a los niños es a respetarse entre ellos y aceptar unas normas básicas de convivencia para poder crecer y formarse como seres humanos. De tal modo que si un niño prefiere hablar cuando le apetece sin tener en cuenta si está hablando alguien más, se le invita a esperar su turno. Así, aprende que su derecho a decidir es algo que se adquiere cuando se ejerce teniendo en cuenta el derecho a decidir de los demás. De tal modo que cuando hay conflicto entre ambos ‘derechos’, se acude a las normas y se prioriza uno sobre otro o se compatibilizan de forma respetuosa. Si a alguno, aun así, no le parece bien la norma que arbitra los conflictos, se queja e intenta que se cambie. Si aun así, no consigue su objetivo, se aguanta. Si se rebela, se intenta que entre en razón. Y si no hay manera, se le obliga.

Aquí parece que existe un grupo de personas que quieren ejercer su ‘derecho a decidir’ cuando la ley no les asiste. Es más, explican que lo que quieren es ser consultados pero luego reclaman su ‘derecho a decidir’. Parece que no es sólo que les consulten lo que quieren.

La democracia ha demostrado se un éxito de convivencia indiscutible, cuando lo comparamos, obviamente, con otras alternativas de organización política. Además, somos muy conscientes una buena parte de la población de sus defectos y necesidades de mejora. La fragilidad de la democracia viene dada por la generosidad de su naturaleza. Toda generosidad es vulnerable, ya que la invulnerabilidad está muerta. La democracia es generosidad y vida. La democracia no es nada sin los valores que la asisten y que están defendidos por la ley que la representa. Si te saltas la ley sin que te asista un valor superior, pierdes el respeto de la sociedad y te conviertes en una vergüenza histórica.

En el caso del nacionalismo separatista catalán, ese ‘derecho a decidir’ que se reclama, se hace desde una minoría que quiere violentar el derecho de más de 40 millones de españoles y cientos de millones de europeos, porque no olvidemos que quieren saltarse también la legalidad europea para pasar a formar parte de ella en una hipotética Cataluña independiente al modo que les parezca conveniente.

El influjo mágico de la tierra sobre las personas parece que infunda poderes o imprima carácter. Parece que hubiera cierta envidia del hombre a la tierra, que le sobrevive siempre, y quisiera poseerla más allá de su puñado de años, a través de su semilla.

A mí no me preocupa la nacionalidad de mi hijo. No me preocupa en qué´país acabe asentándose y formando o no una familia. Me importa su felicidad, y esa dependerá de su capacidad de amar, de comprender, de compartir, de ser solidario, de escuchar al otro y formar su criterio en base a valores y no sólo a impulsos y proclamas. Dependerá de su anhelo por realizarse como persona, huyendo de prejuicios y máscaras y siendo valiente para dar el primer paso en aquello que sienta como cierto, respetando al otro.

La tierra no se secuestra, se comparte. Las fronteras son las cicatrices de la historia, no hagamos nuevas heridas.

jaime trabuchelli

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