Paco Umbral

Muy alto, con mucho abrigo, enjuto y serio. Era como un caballo de raza: singular, distinto. Negro en su transparencia.

Así le recuerdo en encuentros fugaces y mudos, cruzando una calle o tomando un café en un Vips. Muy madrileño pero como antes, tan pegado a la historia de esta ciudad como su propio nombre.

Su infancia fue vallisoletana, como si el destino le llevase allí para traerse un castellano arrebatado de contundencia y vigor, inflamado de una verdad distinta y sin atajos: una virilidad sucumbida a lo bello, esa belleza de cuarzo de su admirado Jorge Guillén, pero atrozmente humana.

Yo a Umbral lo recuerdo mío. Igual que mío ya es su Ramón y su Valle, su Ruano, su Cela. Se me ha quedado incrustado en el alma en mil columnas con café y cigarro en la mañana, allí donde me quedaba envuelto en la escritura y el mundo se me desenredaba y veía otras cosas. Porque Umbral traía otras cosas de ningún tiempo, de tantos que conoció y los hizo eternos, ingrávidos, magníficos arquetipos de sí mismos, tan mitificados como lo contrario, mezclados con su humor y su dramatismo en ese cóctel genial que le pertenece y ya nos pertenece.

Nadie logró ser tan bestialmente delicado y tan delicadamente bestia. Un arco iris vestido de esparto, una hostia como un beso o una ordinariez tan sutil como el lirismo de un empalme matutino. Todo tenía su glosa.

Todo estaba bien dicho; tan bien hecho como un muro de cantería viejo, acomodado por el tiempo y vestido de musgo y liquen, con vericuetos impredecibles, muy gallegos unos y muy castellanos otros, muy suyos siempre.

Directo; al corazón o a la frente y siempre desde la boca, como debe ser. Yo le echo de menos como a nadie que no hubiera conocido. Y le conocí muy bien.

Sólo uno que se coló en tu taxi de fiambre me consuela un poco.

Gracias Paco. Dónde coño te metes…

jaime trabuchelli

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *