Un Artículo Distinto

Cabalgamos confiados en la insostenibilidad.
El crecimiento demográfico es insostenible. La contaminación del planeta, es insostenible. Es insostenible la economía tal y como va. El modelo energético del mundo: insostenible. Y así podríamos seguir hasta la náusea.
Pero cabalgamos confiados, semi inconscientes, sobre el caballo desbocado de nuestra vida veloz y voraz, perdiendo poco a poco la conciencia del otro a la par que la propia, leyendo cada vez menos y peores libros, captados por el móvil y ausentes de la historia. Y aunque nos joda, es verdad.
El tiempo está acelerado y nuestro sistema nervioso también. Por eso vivimos cansados. La conciencia de nuestras posibilidades nos exige hasta la extenuación y nos falta valentía para parar y decir: yo soy, no necesito adornarme con tanto logro y tanto oro.
¿Quién hará la película de nuestro mundo para que nos demos cuenta de nuestra locura? Aquí mismo fabricamos bombas para que se las lancen unos a otros por ahí… pero ya veo las miradas de irónico desprecio, que te ponen el sello de näif bobalicón. Sí. Soy culpable de detestar las bombas – todos las detestan, naturalmente – y las armas. Y soy culpable, sobre todo, de detestar una civilización que no sabe cómo intervenir para anular la voluntad de coger esas armas y matar. Porque qué peligro tendrán si nadie las quiere usar.
“A veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas”. Marcel Proust.
Qué gran pensamiento el de Proust. Yo añadiría que esta disposición se fragua en la ancestral indefensión aprendida del ser humano traumatizado por su conciencia de imperfección.
Pero tenemos una gran oportunidad. Una oportunidad única de situar nuestra conciencia ética y moral a la altura de nuestro desarrollo tecnológico. Desde luego que tenemos todos los medios técnicos para que nuestra civilización en su conjunto pueda lograr que este planeta sea sostenible y disfrutable para un 100% de la Humanidad. Eso significa el fin de las guerras y de la miseria, y el comienzo de la educación, salud, alimentación y vivienda dignos y universales. A partir de ahí estaremos en una situación inmejorable para aspirar a la felicidad.
A lo peor estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas. Y a lo peor también, en una perversión lógica, estamos demasiado prontos a considerar que las alternativas a este presente son sólo extraíbles del pasado.
Pero miren: yo creo que el mayor problema viene del paradigma del principio de escasez, que rige la economía misma desde su origen etimológico. En los años sesenta comenzó a aflorar la Psicología Humanista como una élite intelectual y espiritual dentro de la Contracultura norteamericana surgida dentro del movimiento hippy, alimentada por el principio subyacente de “ganar-ganar”. Esto abrió una brecha que ha pasado desapercibida a casi todos y que acabará por romper el edificio-trampa que el pensamiento cartesiano-newtoniano a construido para mayor desdicha del hombre moderno. Aquel enfoque alberga una infinitamente mayor y más generosa inteligencia que la de considerar tus fichas de parchís como la única realidad del mundo o explicado de otro modo, como si la tierra nunca llegara a ser tomate, o la célula jamás acabara siendo filete.
Acabemos con la estupidez: los recursos no son escasos; los recursos son infinitos como infinito es el Universo. El talento es infinito, igual que la estupidez. Tan poderoso es el uno como la otra para llevarnos a la plenitud o a la miseria respectivamente. Hay que ser mentecato, y digo bien, para pensar que el Universo es finito. Todavía ando buscando el cartel que diga “Aquí se acaba el mundo. A partir de aquí, la nada.” Y es que por mucha imaginación que le echo no acabo de imaginarme la existencia de la nada. Sólo me encaja su inexistencia.
Y no me queda otra que observarnos como niños inconscientes que rompen los juguetes una y otra vez, pero que lejos de divertirse, lloran sin cesar. Ciegos. Ciegos perdidos.
El principio de escasez surgió de una mente escasa de principios. Surgió de un enfoque mezquino y tacaño de la vida, por definición insostenible. Hubiera valido la observación directa e intuitiva de la naturaleza para poder apreciar la grandeza de lo que nos rodea y poderla sentir a su vez como propia. Albert Einstein, este genio polivalente, intentó transmitir durante toda su vida otra concepción del mundo que él mismo veía en los huecos de la materia. Enlazó perfectamente sus hallazgos científicos con la filosofía perenne y fue un perfecto antecesor de la revolución del pensamiento que vendría en la segunda mitad del siglo veinte y que seguramente llevará una generación más que florezca entre nosotros.
Aún quedan por caer muchas metáforas de este pensamiento pequeño y reduccionista en nuestra vida cotidiana. La crisis económica generada por el hito-caída de Lehman Brothers es una de ellas – el epítome del principio de escasez llevado al absurdo – y los problemas generados por el consumo del petróleo, otra. Estamos rompiendo el suelo que nos sostiene, consumiendo y envenenando el aire que nos da vida, contaminando el agua que nos mantiene y ya empezamos a acumular basura en el espacio, porque ahí si creemos en la infinitud-basurero. Fíjense sólo en una cosa muy tonta: en la naturaleza apenas hay nada cuadrado, pero los seres humanos somos verdaderas máquinas de producir cosas cuadradas. Algo no encaja – ironías…-. Pensar sólo en dos dimensiones, origen filosófico del bipartidismo, el maniqueísmo y el trastorno bipolar.
La generosidad es un signo de sabiduría, de inteligencia sublimada, y naturalmente, empieza por el pensamiento, por aquello que elegimos creer. Toda actitud ante la vida se basa en creencias, porque la vida misma es tan cambiante que destroza las certezas de forma casi indefectible. Realizamos tal cantidad diaria de actos de fe, que la mera toma de conciencia de ello dinamita nuestra auto imagen de seres racionales. Venga ya… Pero podemos elegir el sentido que queremos darle a todo esto. Al fin y al cabo manejamos recursos infinitos en el tiempo limitado en que conservamos este fascinante artilugio dual que es el cuerpo. Y las posibilidades de que todo esto merezca la pena son enormes. No hace falta cargarse el sistema, sino pasar del blanco y negro al color.
Hala. A fluctuar entre querer creer y temer creer.
Se me olvidaba un apunte: el verbo creer y el verbo crear se declinan igual. Pero sólo en primera persona del presente. No parece delegable ni en el tiempo ni en el espacio.

jaime trabuchelli

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