Etica y Etiquética

Johann Sebastian Bach era un genio.
En una ocasión, fue retado por Federico el Grande, rey de Prusia del S XVIII, a improvisar una pieza musical a partir de un tema del propio rey. El resultado fue la Ofrenda Musical: un ricercar (una fuga) que ha quedado como obra maestra para la posteridad. Aquí quedó patente algo muy característico de Bach: su creatividad musical iba mucho más allá de la originalidad de los temas – que también aportaba -, pues su dominio de la armonía, el contrapunto, de todas las técnicas musicales y de aquello que no se enseña – el genio – era tal, que era perfectamente capaz de convertir cualquier materia bruta en algo sublime. En su línea, Michelangelo Buonarroti a partir del mármol.

A mí me parece que a la sociedad le pasa lo mismo. El ser humano en su conjunto, por mucho que algún congénere intente manipularlo desde dentro – y desde los más diversos ámbitos – imbuido de un curioso sentimiento de superioridad auto atribuida, acaba encontrando soluciones que van mejorando las precedentes, con el tiempo, en un proceso de adaptación asombroso que, quitando esa tendencia a la superioridad mencionada – y que no es poco -, resulta admirable.
Y así, con los temas dados, que fundamentalmente versan desde la supervivencia hasta la auto realización, pasando por la necesidad de reconocimiento social – como muy bien explicó A. Maslow en su famosa pirámide -, vamos conformando una manera de organizarnos política, social y económicamente, y desarrollando una cultura que habla de nosotros como ninguna otra cosa.

Hay un continuo que subyace a todas estas evoluciones y revoluciones que podríamos llamar “hilo ético” y que vendría a manifestarse como el paradigma que en cada momento dicta, de manera semiconsciente pero muy patente, lo que es correcto y lo que no, lo que va a ser apoyado por una mayoría y lo que va a ser rechazado por la misma. Indudablemente muchos pretendemos tener nuestra propia moral, nuestros propios principios – el humor de Groucho Marx viene a ser un caso aislado – de manera independiente a nuestro entorno, lo cual no deja de ser una pretension bastante pueril cuando falta generosidad y altruismo en el mejor sentido de la palabra. Y aquí llegamos al punto: el liberalismo se ha revelado en este momento de evolución ética de la humanidad como el sistema político y económico que mejor gestiona los equilibrios dentro de las sociedades. A medida que ha ido implantándose en los países, sus sociedades han prosperado y elevado sus condiciones de vida de una manera antes desconocida. Por otro lado, los territorios que mantienen o restauran sistemas autoritarios sean del signo que fueren – que no nos despiste el tema dado (ideología-excusa), que aquí lo importante es la obra desarrollada -, con un intervencionismo estatal que fagocita hasta su práctica totalidad toda iniciativa individual o colectiva independiente, ven como su población se empobrece política, económica, social y culturalmente de manera progresiva e implacable. Eso, es así.

Evidentemente este liberalismo en la práctica y sus consecuentes democracias, no son perfectos. Pero son mejores o menos malos, como quieran decirlo. Y esto, también es obvio que es así. Ahora hablemos de sus matices, sus distintas versiones, del modelo estadounidense, el europeo y dentro de este, las social democracias nórdicas, el caso francés, el italiano o el español. Todos superan con creces aquél sistema del que procedían: los poderes absolutos.

Ahora está muy de moda practicar el innoble arte de la demagogia para proclamar que la solución a todos los males de este liberalismo económico que supone una tiranía del poder financiero, se soluciona con un mayor intervencionismo estatal en todos los ámbitos: participación en las principales empresas de los sectores estratégicos de la energía, las comunicaciones, alimentación, transporte, etc; intervención del estado en los medios de comunicación porque están en manos de perversos multimillonarios – estigmatización de la riqueza – y una subliminal justificación del uso de la violencia para vencer a ese enemigo que es “la oligarquía capitalista” u otros culpables de estar alejados de su ideología. Lo más curioso, lo más chocante de estos planteamientos es que buscan devolver al estado un grado de poder que históricamente ha demostrado una y otra vez tener unas derivas devastadoras: el abuso del mismo y la corrupción que genera. Identificar un estado más poderoso y con un mayor control de los medios de producción y comunicación con una devolución al pueblo y al sistema de esos recursos y esa información, más justa y equitativa, en definitiva, una mejor redistribución de la riqueza y el conocimiento, es no saber trascenderse como individuo y obviar que el éxito en este tránsito no depende de cinco cabezas iluminadas sino de la capacidad del ser humano en su conjunto de actuar por amor a la causa y no por intereses personales. Todo esto sin tener en cuenta que el mérito individual, tanto en capacidades como en valores, queda arrasado por el camino cuando se avanza por la vía de la expropiación indiscriminada y sin mediar más justicia de por medio que una idea vaga, difusa y a menudo prejuiciosa de lo que supone “tener”. Y destaco que este mérito personal es lo que la ciencia nos cuenta que va configurando nuestro ADN para grabar en lo más profundo de nosotros aquello que nos lleva a vivir más y mejor. Porque de eso se trata, digo yo.

Un ejemplo clarificador: si un anarquista tiene que optar por una forma de vida dentro de una sociedad liberal, lo lógico es que se decantara por la cooperativa, que es una especie de forma de ser autónomo en conjunto con otros trabajadores, y una iniciativa privada colectiva. Pues bien, piensen ustedes en las posibilidades de prosperar de una cooperativa en un régimen como el cubano, el venezolano (atípicamente), o el chino antes de la liberalización económica, donde el estado todopoderoso decide a sus anchas y de manera casi siempre arbitraria, cuando cambia las reglas de juego sin filtro alguno de la población civil. Recordemos, por cierto, que la sociedad comunista tal y como fue concebida era una sociedad sin estado. Ni siquiera consideremos otras opciones de iniciativa individual en esos contextos porque desgraciadamente, no hay. El anarquista convencido que hubiera vivido ambos regímenes ciertamente añoraría la democracia liberal mientras sufriere a sus falsos primos, falsos comunistas.

Vivimos un momento de cambio muy claro: la izquierda y la derecha ya nadie sabe qué son. Ambas están obligadas a vivir dentro del liberalismo imperante, político y económico, en los regímenes democráticos donde su actividad es posible. Y dentro de ese posibilismo buscan su identidad, sin darse cuenta de que al ciudadano le importan cada vez menos las etiquetas y cada vez más las realidades. La ideología que todos demandamos es la ética, el comportamiento honesto: no abusar del poder. Porque tener el poder da muchas más opciones para todo, tanto benéficas como perversas, y en la gestión del mismo es donde todos los votantes y conciudadanos esperan un comportamiento ejemplar. Aquí es donde se halla la paradoja: si el comportamiento de los comunistas hubiera sido ético, el estado no habría tenido lugar y todo el poder hubiera pasado a los ciudadanos, que éticamente también habrían trabajado duro para llevar al conjunto de su sociedad a una prosperidad y justicia de enormes proporciones. Si un régimen conservador actuase al igual con completa ética, completando y manteniendo unas reglas de juego justas y limpias y utilizando el poder de forma recta, no distaría mucho del éxito del régimen anterior. Y así con todas las opciones que se hallan entre medias.

La democracia y el liberalismo se han consolidado como los mejores garantes conocidos hasta ahora del equilibrio del poder. El intervencionismo del estado se debe centrar en legislar para corregir los defectos del sistema y garantizar que esta legislación en su conjunto se cumpla de manera efectiva. Por ello la Justicia, la Sanidad, la Educación las Infraestructuras y la Defensa deben ser sus mayores preocupaciones, así como su intervención constante en la defensa de los valores que la Constitución libremente votada por sus ciudadanos defiende y promueve.

Hoy día, en este país nuestro, la Constitución está pobremente custodiada. Y remediar esto es lo más importante. Abordar la crisis económica es urgente, pero es consecuencia de lo primero y no su causa. Este Gobierno no ha demostrado darle prioridad a este gran problema. Ni siquiera ha abordado la vergüenza de la corrupción política con voluntad y solvencia. Pero lo peor es la falta de dignidad: empezaron negando con irónico cinismo la necesidad de regeneración democrática y ahora quieren abrir un falso debate sobre ella. La realidad violada.
jaime trabuchelli

P.D.: la democracia la heredamos de los griegos y estamos eliminando esta lengua de nuestras aulas. La mayoría ignora el conocimiento que trae consigo.


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