Ser algo más. Una fábula.

Era una niña preciosa. Su padre, de Mérida. Su madre toledana. Ambos llegaron a Cataluña a finales de los cincuenta, cada uno por su lado. Ella consiguió un trabajo en Capellades en una papelera y él en Palafrugell, en una planta de corcho. El destino los hizo coincidir en Vic, un lustro después. Largas horas extraordinarias en una fábrica cárnica los llevó hasta el matrimonio. Allí conocieron a Carles Puig, un próspero tendero de la ciudad con el que entablaron una buena amistad. El les hablaba largamente de la historia de la nación catalana, de Macià, Companys…y le prestó los libros de Carner, Ferran de Pol y otras joyas que conseguía a través de la frontera francesa. Así, y con él, aprendieron catalán y muchas otras cosas.

Poco a poco, Francisca y Joaquín fueron absorbiendo una suerte de orgullo, como por ósmosis, a la par que una amnesia de sus orígenes manchegos y extremeños que les hacía sentir bien. Sentir mejores, ya no inferiores, ya no incultos e iletrados. Ellos se sentían catalanes.

Así que Anna era una niña preciosa, verdaderamente. Enormemente curiosa, vivaz y muy querida, nacida en 1970, hablaba perfectamente catalán y castellano. Ella, Anna, era catalana. Sus padres le repetían a menudo que era muy afortunada de haber nacido en un país tan extraordinario. Un país que bien merecía ser considerado algo diferente, especial: Catalunya. Le explicaban que aquello imprimía carácter, de manera análoga a los sacramentos católicos, aunque fuera distinto.

Anna creció y con ella las preguntas; muchas preguntas. Si mostraba simpatías o preferencias un poco fuera de lugar, como un libro de Eugenio D´Ors – era una adolescente adelantada -, obtenía un reproche sordo, no muy explícito, algo así como una sutil retirada del afecto.

En su casa, progresivamente, cada vez que se hablaba de la crisis política y económica en los años 80, la nación española salía mal parada. Catalunya estaba siendo maltratada por el Gobierno; primero Suárez, luego el PSOE de Felipe González… “…que ya ves ha donde nos han llevado, Anna.”

Sus padres lo han dado todo por ella, su única hija. Han trabajado sin descanso para que pueda estudiar, ir a la Universidad, tener todo lo que ellos no tuvieron. Ella no les puede fallar, no les puede decepcionar.

“Claro, mamá. Claro, papá. Se les veía venir…es que estos andaluces…la cabra tira al monte.”

Estos pensamientos, estos recuerdos se agolpan en la mente de Anna, mientras forma la cadena humana con su hija Montse, tratando de formar en su interior un todo coherente, una estructura de pensamiento que la haga sentir bien, una persona digna, merecedora de respeto, un ejemplo para su hija.

“Tus raíces son lo que da sentido a tu vida, hija. Montse, tú perteneces a este País, y debes defenderlo porque sin raíces no somos nada”.

Montse traga saliva e intenta apresar a sus 13 años lo que puede significar eso de las raíces sin lo cual se deja de existir. Siente, desesperadamente, una imperiosa necesidad de descubrir qué es y de aferrarse a ello como sea.

Todo lo demás vendrá después.

jaime trabuchelli

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