Más allá de la hora y el minuto

“Las soluciones a los grandes problemas no surgen de los mismos paradigmas que los generan”

Las épocas de bonanza económica suelen traer al final de su ciclo una crisis que aunque resulte ser finalmente igualmente económica, viene generada por una crisis ética. Es fácil pensar en la antigua Roma, incluso en la Grecia clásica e igualmente en la España del siglo XIX, por poner tres ejemplos.

En la España que nos toca vivir han confluido actualmente varias crisis que nos han traído a un momento moderada, peculiar y modernamente catártico: una crisis económica, una crisis política, una crisis social y una más, institucional. Seguramente otras crisis de carácter secundario pueden surgir o haber surgido ya a medida que se desarrollan las primeras. Realizar ahora un ejercicio de perspectiva, estando en el ojo del huracán, es todo un reto que voy a intentar abordar aunque sólo sea para no ser uno más que da la hora y el minuto.

La gran velocidad a la que se genera y caduca la información, las desigualdades crecientes entre las rentas del capital y el aumento del nivel de vida dado por un crecimiento económico más lento en proporción (Piketty) y una no menos notable crisis de valores sobrevenida con el creciente desprestigio de las religiones y la ausencia de referentes éticos de calado (el Papa Francisco es de las pocas excepciones), están llevando a una desorientación notable de la ciudadanía a la hora de posicionarse y de generar alternativas sólidas en torno a las que reconstruir una civilización que se enfrenta a retos de colosal magnitud: la sostenibilidad del planeta y la destrucción del hombre por el hombre.

Más que mezquina es atroz la frivolidad con la que enfrentamos nuestros problemas domésticos mientras olvidamos la esclavitud infantil y de la mujer, el hambre, la sed y la miseria en la que se encuentran cientos de millones de seres humanos.

Y no me desviaba del tema sino muy al contrario, esta visión global nos ofrece una visión de nuestra España (que no es más que todos nosotros conviviendo juntos) con los ojos del que mira a Europa y al Mundo con bien intencionado sentido crítico, y acaba con buena parte de la ceguera que genera mirarse permanentemente el ombligo. Para superar con éxito los grandes problemas a los que nos enfrentamos no podemos ser pequeños en nuestras ideas, en nuestra generosidad y en nuestra consideración del otro. No podemos estar permanentemente criticando al que piensa distinto en una actitud pueril crónica que nos saca por completo del espacio de las soluciones. Es la hora de ilusionarse con una nueva perspectiva, desmontando prejuicios y etiquetas y siendo valientes: los grandes pasos hacia delante se dan sólo con iniciativas que apuestan todo al bien común y que no dejan lugar a dudas sobre su bondad y conveniencia.

Si España quiere seguir avanzando en su solidaridad y en su camino hacia una integración europea no puede perder por el camino el afecto de sus ciudadanos y la convivencia de sus pueblos: debemos encontrar entre todos el espacio en que gustarnos, con fórmulas e ideas nuevas que pueden venir desde la descentralización de la capital financiera hacia otra comunidad que no sea la madrileña hasta la reubicación de otras muchas instituciones en un mensaje claro de unidad en la diversidad, redistribuyendo los centros del poder estatal y de paso la sensación de espectador que en buena lógica pueden llegar a sentir muchos habitantes extra capitalinos. Dos referéndums a nivel nacional serían más que convenientes: el del derecho a al autodeterminación de las comunidades autónomas y el de Monarquía – República. Háganse a nivel nacional ambos y el sentimiento de participación de la ciudadanía en la vida política del país, la voluntad de los partidos políticos y el gobierno de acercarse a los españoles quedará patente y tremendamente reforzada. Todos los análisis que se vienen haciendo estos días, estos meses, estos años sobre las consultas son extraordinariamente pequeños y miopes: la participación ciudadana en las decisiones de calado de un país nunca han perjudicado a ninguna nación del mundo. Pronunciémonos pues todos ante dos preguntas claras: ¿Quiere usted que las comunidades autónomas puedan decidir de manera vinculante sobre su independencia de España? Y ¿Prefiere usted la Monarquía Parlamentaria actualmente vigente en España o la República como forma de Estado?

Ya somos mayores. Ya estamos maduros y quien se crea en una élite superior poseedora de una sensatez y una razón superiores al pueblo español no está en condiciones de aportar nada a nuestra democracia. Bueno, sí: con toda seguridad, acelerará su decadencia.

A mí me parece muy bien que tenga que haber una estabilidad institucional, paz social y todo lo necesario para ser un país próspero capaz de conservar y mejorar su estado de bienestar. ¿Cómo no? Ahora bien, que no se puedan plantear cuestiones como las que he expuesto más arriba sin que a uno le tachen de anti sistema o de ingenuo que no sabe establecer las prioridades del momento, me parece lamentable y ciertamente reaccionario.

La corrupción generalizada en las instituciones es un problema de enorme magnitud no sólo por sus repercusiones económicas en el bolsillo del contribuyente, sino por el mazazo moral tremendo que impacta directamente en el ánimo de todos. Y el estado de ánimo de los habitantes de un país es la clave para el buen funcionamiento general de éste. El paro que vivimos actualmente es resultado de haber vivido al día en el amplio sentido de la palabra, con políticas oportunistas dirigidas a perpetuarse en el poder y con un desinterés flagrante por orientar la educación, la industria, la investigación, el desarrollo y la innovación hacia una creación de empleo sostenible, consistente y con visión de futuro.

Hay millones de personas en nuestro país que constituyen una mayoría muy silenciosa, muy trabajadora y responsable y que está muy desilusionada con el rumbo que han tomado los acontecimientos de un tiempo a esta parte. Hay un enorme talento en España, reconocido en el mundo entero. Enorme talento en Cataluña, Asturias, Canarias o Extremadura, qué más da. Empresas de gran éxito internacional, forjadas a base de brillantes ideas y muchísimo trabajo y sacrificio, a las que hay que ayudar, apoyar y defender. Pero España necesita también grandes políticos que sean capaces de escuchar el clamor de los ciudadanos y aplicar eficazmente medidas en todos los ámbitos que hagan nuestra vida mejor. Primero necesitan democratizar sus propios partidos para que todos podamos elegir a alguien que a su vez a sido elegido, y no un dedo que apunte y tache según los afectos. A partir de ahí los engranajes de la democracia podrán iniciar una nueva etapa en la que progresivamente podamos ser actores y testigos de una verdadera separación de poderes y un auténtico control sobre las buenas prácticas en todas las instituciones.

Con la casa en orden, seremos cada vez más capaces de poder ayudar a un mundo que se desangra, porque por muy mala que consideremos que es nuestra situación, la mayor parte de la humanidad se mata por el pan y la sal, y las más terribles atrocidades campan por sus respetos en la mayor parte de los territorios de esta Tierra tan maltratada. Por mal que estemos, no estamos en esas. Y debemos ayudar, mucho más que ahora.

Si has llegado hasta aquí, todo mi reconocimiento, porque hasta a mí se me ha hecho largo. Un abrazo,

jaime trabuchelli

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